Psiconautas, inquietante ejercicio de rebeldía

Por Angelo Nero

Alberto Vázquez, el creador de Psiconautas, confiesa la influencia de la situación generada en Galicia -y en otros lugares del estado, como documentan Nacho Carretero en “Fariña” (Libros del K.O.), o Justo Arriola en “A los pies del caballo” (Txalaparta) – con la introducción masiva de la heroína, que derivó en una generación perdida, tal como esta estupenda metáfora de Birdboy, el chico que sabe volar, pero que es incapaz de escapar de sus demonios, en un combate contra las drogas en el que siempre pierde, y de sus compañeros de desventuras:  Dinki, una ratita que también busca una salida a su asfixiante familia disfuncional; el asustadizo Zorrito, víctima de acoso escolar que se une a este grupo de inadaptados; o la coneja Sandra, con brotes psicóticos que la empujan hacia la violencia contra su voluntad, y que juntos emprenden una huida desesperada de la isla en la que están encerrados. En una suerte de distopía post-apocalíptica, en la que un ejército de pequeños roedores (los niños olvidados) buscan cobre en montañas de basura, “Somos los niños olvidados. No tenemos futuro ni presente. Buscamos en la basura nuestro porvenir”, en una crítica velada hacia el capitalismo postfordista, que ha degenerado en una sociedad en la que imágenes como la del vertedero de “Psiconautas” es una pesadilla real en muchos lugares del mundo, donde legiones de niños olvidados buscan en los desperdicios de una cadena de consumo de la cual son el último eslabón.

Pero son muchos los temas transversales que toca la película, desde el papel de obediencia ciega de los cuerpos de seguridad (perros armados con escopetas a la caza de Birdboy), el amor adolescente que sufre Dinky, así como sus turbulentas relaciones familiares, la destrucción de la naturaleza (que aquí aparece como consecuencia de una catástrofe nuclear), la formación de grupos marginales (como los niños olvidados), el influjo de la religión (a la que Dinky ha dado la espalda, para disgusto de sus padres), la economía sumergida (el cerdito Zacarías, que pesca en un mar sin peces y tiene que recurrir al contrabando para sostener a su madre enferma)…

«La estética y la estructura narrativa son cercanas al cuento o la fábula, pero están abordadas desde una perspectiva iconoclasta», explica Pablo Rivero, co-director de Psiconautas. «Los personajes tienen los valores invertidos: el que asocias con un carácter protector resulta una amenaza, el débil es tu sustento… Tratamos de hacer una aproximación realista al mundo de la adolescencia, rompiendo la iconografía de los animalitos que hemos visto en tantas series. Solo que bajo una mirada perturbadora que nos sirve para hablar de la inseguridad y los problemas emocionales». Esta claro que la atmósfera del film está muy alejado de las animaciones a las que nos tiene acostumbrado la industria americana, y es más cercana, salvando las distancias, al universo de Hayao Miyazaki, en la creación de antifábulas que cautivan a un público más adulto, al que fuerzan a entrar en laberintos que nos obligan a pensar en los caminos que toman sus protagonistas, para pensar en los que tomamos nosotros.

Tal vez no sea una película para todos los públicos, puesto que son muchos los que prefieren ignorar a los “niños olvidados” que, hoy en día, sufren la degradación de la sociedad y del planeta, en Siria y en Gaza, pero también en Detroit y en París, enfrentados a los mismos problemas que los protagonistas animados de Psiconautas, como los que vieron Alberto Vázquez y Pablo Rivero en las calles de A Coruña y Bilbao en los años ochenta, demacrados por la irrupción masiva de la heroína en el paisaje post-apocalíptico de la reconversión industrial, la cara b de una transición política que no fue tan amable como nos la intentó mostrar Victoria Prego y otros medios de (des)información masiva a los que seguramente esta película les parecerá un inquietante ejercicio de rebeldía…

Psiconautas, los niños olvidados (España, 1916)

Pedro Rivero,  Alberto Vázquez

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