Psicología de la confrontación y la ‘derechización’ juvenil

La rebeldía juvenil dejará de ser de derechas cuando el sistema vuelva a ofrecer un futuro seguro para estas generaciones.

Por José Luís Carpintero | 5/05/2026

En un artículo anterior El precio invisible de las redes sociales: cómo el diseño adictivo está dañando a los jóvenes analizaba como los jóvenes españoles, -por el uso de algunas redes-, se politizaban y radicalizaban digitalmente, hecho que explica el incidente protagonizado en febrero por una concejala del PP insultando al presidente de gobierno en un acto del PSOE en Teruel, que es factible como un hecho aislado de provocación fanática, pero que atendiendo a la Teoría de la Identidad Social (Tajfel y Turner) es frecuente en las personas que definen su valía mediante la pertenencia a un grupo («nosotros») frente a otros («ellos»), en contextos de alta polarización -frecuente en los jóvenes fanatizados-, para los que el adversario deja de ser un oponente legítimo para convertirse en una amenaza moral o existencial, y nada mejor que asistir a sus actos para provocar e insultar, al considerarlos una reafirmación de la propia identidad y muestra de lealtad al grupo propio.

Este comportamiento lleva implícito diversos componentes:

1- Gritar o insultar en un mitin opositor les funciona como una descarga de tensión, no se busca persuadir, sino liberar rabia y exhibir una valentía simbólica ante el «enemigo».

2- Su grabación y viralización de estos vídeos en redes sociales les otorga capital político y aprobación dentro de su entorno ideológico.

3-Su actitud atrae a otros colegas, haciendo que el yo personal se solape con el grupal, que convierten al individuo en un «guardián» dispuesto al hostigamiento para defender sus valores.

Estos actos reflejan una incapacidad para tolerar el disenso, al sustituir el pensamiento crítico por la moralización del conflicto, donde el «otro» es percibido como corrupto, malvado o deshumanizado. El boicot agresivo (gritos, insultos, interrupciones organizadas) funciona como expresión conductual de esa deslegitimación: si el otro es radicalmente ilegítimo, también lo es su derecho a hablar o a organizar actos sin ser interrumpido.

Para revertir la desafección y frenar la radicalización por frustración de la juventud española, no basta con mensajes moralizantes; se requiere una intervención estructural que combine seguridad material, alfabetización algorítmica y un nuevo contrato de participación. La experiencia internacional muestra que cuando se reducen la precariedad y la incertidumbre vital, disminuye el atractivo de los extremos.

Los analistas sugieren medidas tangibles en Políticas de vivienda con limitación de alquileres y creación de parque público real, así como en Educación Crítica abordando la alfabetización mediática para detectar desinformación en redes sociales. Junto a ello es necesario renovar el discurso, con mensajes progresistas, menos moralista y más centrados en soluciones cotidianas (empleo, salud mental, transporte).

Para frenar estas acciones se deben tener en cuenta algunas estrategias de éxito aplicadas en otros países europeos, comparándolas con el contexto español para trazar una hoja de ruta que favorezca revertir la desafección.

El «Modelo Aarhus» danés fue pionero en el intento de abordar la radicalización política (de cualquier signo), abordándolo no como un problema policial, sino como uno de psicología social y falta de pertenencia.

El Modelo Aarhus se basa en la colaboración entre policía, escuelas y servicios sociales, para que en lugar de sancionar al joven con ideas extremas, se le asigna un mentory se le ayuda a encontrar empleo o vivienda.

Dinamarca asume que detrás de un joven atraído por la extrema derecha suele haber un sentimiento de soledad o fracaso personal, y su aplicación en España -donde la respuesta de los jovenes suele ser la polarización en redes o el debate ideológico en medios- , pasaría por dar al joven un «sitio en la mesa» de la sociedad productiva, que le permita dejar de sentirse excluido aumentando su percepción de incluisión.

Sociológicamente el principal motor de frustración en España en jóvenes es la vivienda por lo que se debería valorar el modelo austriaco de contrato de viviendas. En Viena, más del 60% de la población vive en viviendas de propiedad pública o subvencionada, lo que garantiza que un joven de 20 años pueda independizarse sin destinar más del 25% de su sueldo al alquiler, ya que en Austria, la vivienda es un derecho garantizado que estabiliza el centro político.

En España, la vivienda se percibe como un bien de mercado inalcanzable, lo que genera un «pesimismo vital» que alimenta discursos antisistema. Habría por tanto que cambiar la sensación de incertidumbre por la de seguridad, aplicando políticas como la austriaca, ya que un joven con casa propia tiene un «interés creado» en la estabilidad democrática; un joven que no puede independizarse no tiene nada que perder apoyando opciones disruptivas.

El siguiente aspecto a valorar es la desinformación de los jóvenes españoles, y el modelo a estudiar es Finlandia, ya que ocupa el primer puesto en el índice de resistencia a la desinformación en Europa.

Desde la educación primaria, los alumnos finlandeses no solo aprenden política, sino cómo funcionan los algoritmos. Se les enseña a identificar cómo una plataforma intenta manipular sus emociones para retener su atención, lo que es radicalmente diferente de la actuación española donde la educación digital es mayoritariamente técnica (usar herramientas), pero no crítica lo que deja a los jóvenes vulnerables a la «manosfera» y a los contenidos virales de TikTok que simplifican problemas complejos.

Por ello la alfabetización mediática debería ser una asignatura educativa que enseñe a los jóvenes que «el algoritmo no es tu amigo», sino un modelo de negocio que se lucra con su enfado.
Los estudios sugieren que la exposición directa a opiniones opuestas a veces puede ser contraproducente (backfire). Las estrategias más eficaces incluyen la corrección de metapercepciones, el demostrar que el bando contrario no es tan radical ni odia tanto como se percibe; y los mensajes de despolarización en los que se recuerdan valores compartidos y similitudes políticas, que diversas experiencias han mostrado que pueden enfriar la animosidad en más del 10% de los casos.

El Ministerio de Juventud e Infancia, de Sira Rego, parece ser que está trabajando en una nueva ley de Juventud que incluye la rebaja de edad para votar a los 16 años; pero eso por si solo no aporta grandes cambios salvo que se combine con la «Demokrativerksted» noruega.

Esta estrategia se funda en el voto a los 16 años unido a talleres de democracia activa.

Los Demokrativerksted (talleres de democracia) son espacios donde los jóvenes debaten con políticos reales sobre presupuestos locales. No son simulacros; sus decisiones tienen impacto real en sus municipios, si lo comparamos con la política juvenil española, nos encontramos que es a menudo es «para los jóvenes pero sin los jóvenes», esta basada en el paternalismo, lo que genera la sensación de que las instituciones son un bloque impenetrable.

Por ello deseamos moderar a la juventud, hay que integrarla en la toma de decisiones, romper el paternalismo evita que la única forma de participación sea la protesta o el voto de castigo.

Concluyendo si deseamos que la juventud española regrese a consensos moderados, el Estado debe competir con el algoritmo. Esto no se logra con mejores vídeos en TikTok, sino garantizando que el «plan de vida» (estudio -> trabajo -> casa) sea una realidad tangible y no una promesa rota.

La rebeldía dejará de ser de derechas cuando el sistema vuelva a ofrecer un futuro seguro, pues la experiencia internacional muestra que cuando se reducen la precariedad y la incertidumbre vital, disminuye el atractivo de los extremos. Los jóvenes no se radicalizan porque quieran romper el sistema, sino porque sienten que el sistema ya se ha roto para ellos.

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