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La cuestión de fondo es incómoda pero inevitable: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar un modelo digital que convierte la atención —y la vulnerabilidad— de los jóvenes en su principal fuente de ingresos?
Por José Luís Carpintero | 6/04/2026
En muy poco tiempo, las redes sociales han pasado de ser herramientas para comunicarse a convertirse en el principal espacio donde los jóvenes construyen su identidad, se informan y se relacionan. Sin embargo, lo que ocurre dentro de estas plataformas no es neutral. Sus algoritmos están diseñados para captar y retener la atención el mayor tiempo posible, porque de ello depende su negocio.
¿Cómo lo consiguen? A través de mecanismos que se parecen mucho a los de las máquinas tragaperras: recompensas impredecibles, notificaciones constantes y contenido personalizado que aparece justo cuando el usuario está a punto de desconectarse. Cada “like”, cada nuevo vídeo, cada alerta actúa como un pequeño estímulo que engancha y empuja a seguir.
Este diseño resulta especialmente peligroso en adolescentes. Su cerebro aún está en desarrollo, especialmente en las áreas relacionadas con el autocontrol y la toma de decisiones. Eso les hace más sensibles a la aprobación social y más vulnerables a dinámicas de dependencia. No se trata simplemente de que “usen demasiado el móvil”, sino de que están interactuando con sistemas diseñados para que no puedan dejar de hacerlo.
Las consecuencias ya son visibles. Ansiedad, baja autoestima, frustración constante por no alcanzar ciertos estándares y una necesidad casi permanente de validación externa. Pero hay más: estas plataformas también están influyendo en cómo los jóvenes entienden el mundo. En España, cerca del 80% consume información política a través de TikTok, Instagram o YouTube, donde prima lo emocional, lo visual y lo inmediato frente al análisis o la verificación.
El problema no es nuevo, ni desconocido. En 2021, la exempleada de Facebook Frances Haugen reveló documentos internos que demostraban que la empresa sabía que Instagram empeoraba la autoestima de muchas adolescentes. Según esos datos, un 32% de las chicas con baja autoimagen se sentía aún peor tras usar la plataforma, y algunas desarrollaban trastornos alimentarios o incluso pensamientos suicidas.
Parte del problema está en los propios contenidos y herramientas: filtros que alteran la apariencia, métricas públicas de popularidad y algoritmos que priorizan imágenes y vídeos que generan comparación constante. El resultado es una presión silenciosa pero continua por cumplir con ideales físicos irreales.
Y esa presión tiene consecuencias reales. En España, un 39% de los jóvenes reconoce que las redes sociales han afectado negativamente a su autoestima. Los trastornos de la conducta alimentaria, que afectan a unas 400.000 personas —en su mayoría adolescentes—, aumentaron de forma notable tras la pandemia.
Los efectos tampoco son iguales para todos. En las chicas, el impacto se centra sobre todo en la imagen corporal: bastan unos minutos de exposición a ciertos contenidos para reducir significativamente la satisfacción con el propio cuerpo. En los chicos, el problema suele tomar otras formas: adicción a videojuegos, obsesión por el cuerpo musculado o modelos de masculinidad basados en la dureza y la falta de emociones, que pueden derivar en aislamiento o conductas de riesgo.
La reciente sentencia en California, que habla abiertamente de “diseño adictivo”, marca un punto de inflexión. Por primera vez, la justicia reconoce que no estamos ante un uso problemático individual, sino ante productos diseñados para generar ese problema.
Sin embargo, las sanciones económicas son pequeñas en comparación con los beneficios de estas empresas. Y mientras tanto, el contenido dañino sigue circulando con millones de visualizaciones cada día.
La cuestión de fondo es incómoda pero inevitable: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar un modelo digital que convierte la atención —y la vulnerabilidad— de los jóvenes en su principal fuente de ingresos?
No, la deriva de muchos jóvenes hacia la extrema derecha no es un accidente ni una simple “mala influencia”. Es el resultado de un ecosistema digital que monetiza la frustración, explota la inseguridad y convierte el malestar en ideología. Las plataformas no solo capturan atención: moldean emociones, ordenan deseos y, poco a poco, empujan a miles de chicos hacia relatos reaccionarios que les prometen identidad, fuerza y una explicación fácil para su rabia.
La manosfera funciona como una puerta de entrada perfecta. Empieza con vídeos de “éxito masculino”, gimnasio, disciplina o seducción, y termina normalizando discursos misóginos, antifeministas y abiertamente autoritarios. El salto no es brusco; es una pendiente resbaladiza, alimentada por algoritmos que detectan vulnerabilidades y devuelven más de lo mismo, cada vez más intenso.
Cuando un adolescente consume ese tipo de contenido, no está eligiendo libremente entre ideas en igualdad de condiciones: está siendo guiado por sistemas diseñados para retenerlo, excitarlo y encerrarlo en una burbuja ideológica.
El mecanismo es perverso porque ofrece respuestas simples a problemas complejos. Si un joven se siente solo, frustrado o humillado, la manosfera le dice quién tiene la culpa: el feminismo, las mujeres, la izquierda, los inmigrantes o el “sistema”. Esa lógica no educa; intoxica. No ayuda a madurar; radicaliza. Y lo hace en una etapa especialmente frágil, cuando la identidad aún se está construyendo y la necesidad de pertenencia pesa más que el pensamiento crítico.
Las grandes plataformas saben perfectamente lo que están haciendo. Un jurado en California acaba de considerar que Instagram y YouTube fueron diseñados para generar dependencia en jóvenes, y responsabilizó a Meta y Google por daños sufridos por menores, en un veredicto que puede abrir la puerta a miles de demandas más. No hablamos, por tanto, de un efecto colateral inesperado, sino de un modelo de negocio que convierte la vulnerabilidad en beneficio.
Y el daño no es solo psicológico. También es político. Un entorno digital gobernado por la indignación, el choque y la recompensa inmediata favorece narrativas autoritarias que ofrecen orden, jerarquía y enemigos claros. La extrema derecha no necesita convencer a estos jóvenes con grandes programas: le basta con prometerles poder, estatus y revancha. La manosfera hace el trabajo sucio de preparación emocional y simbólica.
En España, además, el problema se agrava porque las redes ya son una de las principales puertas de entrada a la información política entre los jóvenes. Eso significa que una parte creciente de su visión del mundo se está formando en territorios donde la mentira compite en igualdad de condiciones con la verdad, y donde el contenido más extremo suele ser el más visible. Cuando la educación cede terreno y el algoritmo ocupa su lugar, la democracia pierde capacidad de formar ciudadanos libres.
Conviene decirlo sin rodeos: la manosfera no es una subcultura inofensiva ni una simple conversación entre hombres desorientados. Es una maquinaria de resentimiento que convierte malestar en adhesión política reaccionaria. Y las plataformas que la amplifican no son observadoras neutrales; son las infraestructuras que la hacen rentable.
La pregunta, entonces, no es por qué tantos jóvenes se acercan a la extrema derecha. La pregunta es por qué seguimos permitiendo que sean educados por algoritmos cuya principal virtud comercial es empujarlos hacia el contenido que más les daña y más les enfurece
Meta (Instagram) y Google (YouTube) han sido condenadas recientemente en California por los efectos adictivos de sus plataformas en menores. Pero el problema va mucho más allá de unas cuantas sentencias o indemnizaciones: estamos ante un modelo digital que, de forma sistemática, está deteriorando la salud mental de toda una generación.
En muy poco tiempo, las redes sociales han pasado de ser herramientas para comunicarse a convertirse en el principal espacio donde los jóvenes construyen su identidad, se informan y se relacionan. Sin embargo, lo que ocurre dentro de estas plataformas no es neutral. Sus algoritmos están diseñados para captar y retener la atención el mayor tiempo posible, porque de ello depende su negocio.
¿Cómo lo consiguen? A través de mecanismos que se parecen mucho a los de las máquinas tragaperras: recompensas impredecibles, notificaciones constantes y contenido personalizado que aparece justo cuando el usuario está a punto de desconectarse. Cada “like”, cada nuevo vídeo, cada alerta actúa como un pequeño estímulo que engancha y empuja a seguir.
Los jóvenes no se hacen de extrema derecha por espontánea combustión. Los algoritmos los empujan ahí.
Primero: contenido “inofensivo” de dietas, gimnasio, éxito, seducción. Segundo: la manosfera entra en escena. Tercero: misoginia, antifeminismo, enemigos claros.
No hay saltos, sino una pendiente lubricada por la que se deslizan y que ha llevado a la condena de Instagram y YouTube a por diseño adictivo. Sabían que enganchaban a menores, pero lo siguieron haciendo. Ahora, ¿quién responde por la radicalización que generan?
La manosfera no educa. Intoxica. Toma frustración adolescente —ansiedad, soledad, baja autoestima— y la convierte en ideología. Culpa a mujeres, feministas, inmigrantes. Ofrece jerarquía, poder, venganza, pues es la combinación perfecta para su negocio. Y no podemos olvidar que en España, 8 de cada 10 jóvenes son informados por redes. ¿Dónde aprenden política? En feeds que premian la rabia sobre el razonamiento y que son creados por algoritmos que no son neutrales, sino máquinas de polarización que convierten clics en votos reaccionarios.
No llamemos “libertad” a esto, es manipulación algorítmica, es capitalismo digital que vende resentimiento como identidad, y que los jóvenes pagan con alto precio psicológico de adicción, odio, deriva política, ¿Qué se plantea la sociedad: seguir fingiendo que es su “elección libre”?
Si no despertamos y lo regulamos, tendremos que asumir que la próxima generación de votantes se ha formado en una fábrica de rabia privada por empresas de Silicon Valley, que propagan una ideología profundamente reaccionaria como la que defiende Trump.
Facebook está prohibido en Rusia.
Banalmente todo lo que es americano es m–rda. Es bastante sencillo.