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Donde quiera que va, Mazón enfrenta gritos de “asesino” y “criminal”. Y aunque estas palabras son duras, tienen un peso que no se puede ignorar. No surgen de la nada. Son el resultado del hartazgo, del cansancio de una ciudadanía.
Por Isabel Ginés | 21/01/2025
“Los fascistas no son como los hongos, que nacen así, de la nada, en una noche. No. Fueron los patrones quienes los sembraron: los quisieron, los financiaron”. Estas palabras, de la película “Novecento” se pueden aplicar también al presente, a los líderes que, a pesar del rechazo popular, insisten en perpetuarse en el poder. Tal es el caso de la figura de Carlos Mazón, cuya política de ocultamiento y resistencia a la dimisión refleja las estrategias de una clase dirigente que, lejos de servir al pueblo, se sirve de él para proteger sus privilegios. Su pueblo se ahogaba, él estaba comiendo en el ventorro, no pidió perdón y ni ha sido un buen líder. Le importa el poder y no las víctimas provocadas por su negligencia.
Volviendo al tema, los fascistas no surgen espontáneamente ni operan en el vacío. Son producto de un sistema que los ampara, de intereses económicos y políticos que los necesitan para mantenerse intactos. En el caso de Mazón, no estamos hablando de un contexto tan extremo como el fascismo histórico, pero sí de una actitud que se le parece: la negación de la realidad, el desprecio hacia la voluntad popular y el refugio en la impunidad. Este líder, que enfrenta el rechazo creciente de la ciudadanía, no solo ha demostrado incapacidad para asumir responsabilidades, sino que además ha contribuido a profundizar el distanciamiento entre la clase política y el pueblo.
Donde quiera que va, Mazón enfrenta gritos de “asesino” y “criminal”. Y aunque estas palabras son duras, tienen un peso que no se puede ignorar. No surgen de la nada. Son el resultado del hartazgo, del cansancio de una ciudadanía que ve cómo los errores, la corrupción o la mala gestión nunca tienen consecuencias para quienes los cometen. Porque, como en el pasado, “los patrones” siempre encuentran la manera de protegerse a sí mismos, dejando que el coste político, social y económico recaiga sobre el pueblo.
La frase de partida también nos recuerda otro hecho importante: cuando los poderosos no saben qué hacer con su riqueza o su poder, inventan guerras. Las guerras de hoy no son necesariamente conflictos bélicos tradicionales, pero sí son batallas políticas y mediáticas que buscan dividir a la población, desviar la atención de los problemas reales y justificar lo injustificable. Mazón, en este sentido, parece seguir esa misma lógica: mientras se oculta tras un muro de silencio, deja que los ciudadanos enfrenten las consecuencias de sus decisiones, apostando por el desgaste y la desinformación como estrategia para perpetuarse en el poder.
Lo que queda claro es que, como en el pasado, “los que siempre pagamos somos nosotros”. La ciudadanía paga las malas decisiones, los recortes, la ineficiencia y, sobre todo, la falta de ética de quienes deberían estar al servicio del pueblo. La resistencia de Mazón a asumir su responsabilidad es un recordatorio de que, en política, el orgullo y el poder muchas veces pesan más que la verdad y el bienestar común.
En un contexto como este, las palabras de resistencia cobran más sentido que nunca. La increpación a Mazón por parte de quienes lo enfrentan no es un acto de odio gratuito; es un grito de justicia, un intento desesperado de hacerse escuchar en un sistema que parece sordo ante las demandas populares. Decirle “asesino” o “criminal” no es una simple provocación, sino un recordatorio de que sus acciones (o inacciones) tienen consecuencias reales para las vidas de las personas.
No pretendo comparar directamente a Mazón con los fascistas históricos, pero sí destacar las dinámicas de poder que los hicieron posibles. Porque si hay algo que debemos aprender de la historia, es que la impunidad y la indiferencia son los terrenos fértiles donde crecen las injusticias. Mazón, como cualquier figura pública, tiene el deber de responder a su pueblo. Y nosotros, como ciudadanos, tenemos el deber de exigir que lo haga.
Después de todo, los hongos pueden parecer inofensivos al principio, pero si se les permite crecer sin control, terminan envenenando todo a su alrededor.
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