Por qué necesitamos las cuotas de género

María Martín


Estas últimas semanas han dado la vuelta al mundo dos imágenes, los líderes del G20 reunidos en Osaka, Japón, mientras sus parejas daban de comer a los peces en una ceremonia tradicional. No es tanto el hecho en sí ―hemos visto dar de comer a los peces a líderes de todo el mundo― como que, juntas, ponen en evidencia que la mayor parte de quienes dirigen el mundo son hombres y de quienes los acompañan, son mujeres.

De hecho, aunque había tres mujeres entre las máximas dirigentes, solo un hombre ejercía de acompañante.

La controversia ha servido para prender las ascuas de una polémica que pocas veces acaba de desaparecer del todo: la de la necesidad ―o no― de las cuotas de género. Ya había ardido unos días antes cuando en una entrevista para nombramientos a la Presidencia de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Aragón a la única candidata se le recriminaba con un tufillo paternalista por parte del presidente del Tribunal que mencionara el hecho de que solo hubiera hombres para el puesto al que optaba. Como si no fuese evidente.

Lo enfoco desde la necesidad porque es ese el argumento que suele mostrarse tanto por quienes están a favor como por quienes están en contra. Posiblemente tengas tu idea al respecto. Sin embargo, antes de hablar de la necesidad de las cuotas ¿sabes con seguridad de que se habla, legalmente cuando se habla de cuotas? Antes de seguir leyendo intenta dar una definición.

En cualquier tema, pero sobre todo en temas de género, es imprescindible asegurarnos de que cuando debatimos, conversamos, hablamos tranquilamente o nos enzarzamos en una discusión acalorada estamos cargando a las palabras de los mismos significados. Porque puede darse el caso de que hablemos de lo mismo y no nos demos cuenta. O de que hablemos de cosas diferentes y creamos que estamos de acuerdo.

Por ejemplo, cuando alguien habla de “derecho a decidir” dependerá de que se esté refiriendo a la llamada “cuestión catalana”, con lo que habla de derecho a elegir la autodeterminación del territorio; o que estemos hablando del cuerpo de las mujeres, con lo que nos referimos a la libre elección de la maternidad, es decir, el derecho o no, a interrumpir el embarazo.

No aclarar debidamente los conceptos hace, en ocasiones, que adoptemos una posición sin tener el 100% de la información. Pasa con el lenguaje inclusivo, que no gusta porque se cree que es decir absolutamente todo en masculino y femenino, aunque no es eso. Pasa con la igualdad, que suele creerse que es que hombres y mujeres seamos iguales, y no es lo que significa. Pasa con el Feminismo, que se nos quiere hacer creer que una especie de “machismo al revés” sin serlo. Pasa, también, con el tema que nos ocupa: las cuotas.

¿Qué se dice, habitualmente, contra las cuotas? Que nos hacen ver como incapaces y ponen en duda nuestra valía,que harán llegar a mujeres mediocres, que lo que prima es la capacidad y no el sexo de la persona.

Abordaré, por lo tanto, algunas cuestiones teóricas, mínimas que creo que pueden ayudar a tomar una decisión informada y, por lo tanto, más consciente y, posiblemente, mejor.

¿Qué son las “cuotas de género?

Son medidas correctoras de situaciones de desventaja que garantizan un número mínimo de participación de las personas pertenecientes al sexo menos representado.

Dada la formación de las estructuras de poder en la actualidad, los sistemas de cuotas buscan asegurar que las mujeres constituyan al menos una “minoría crítica” del 30 o 40%. No es exagerado si pensamos que somos, normalmente y como media, entre el 48% y el 52% de la población mundial. No es injusto para los hombres que quieran estar en la estructura de toma de decisiones, sino que obedece a una cuestión de desventaja históricade las mujeres en la participación política y en los espacios de toma de decisiones u otros en los que existe sobrerrepresentación masculina. Son parte un grupo más amplio de medidas conocidas, generalmente, como acciones positivas.

¿Cuál es su fundamento legal?

Los tribunales internacionales de derechos humanos y derechos laborales “reconocen que se ha producido un trato diferenciado justificado por el interés de corregir una desventaja previa, como la infrarrepresentación de determinados grupos en el lugar de trabajo”, así lo indica el “Manual de legislación europea contra la discriminación”.

¿Qué requisitos debe cumplir?

Esos organismos internacionales, incorporan tres requisitos para que las cuotas sean legales, que se han incorporado a la legislación comunitaria y, con ella, a la española:

  1. Ser temporales: hasta que se corrija la desigualdad preexistente. Es decir, no se trata de volver la tortilla del través, pues la propia medida impide que esto suceda.
  2. Son para el género menos representado. Se quiere evitar la sobrerrepresentación, no potenciarla ni invertirla. Por lo tanto, hoy son necesarias, generalmente, para mujeres, pero no siempre.
  3. Entre candidaturas con igual mérito y capacidad. Parte, justamente, de la necesidad de la valía. No se elige a alguien del sexo menos representado si los méritos no son, al menos, iguales. Por ello, evita la mediocridad de unos y otras.

¿A quién favorecen?

Las cuotas de género favorecen directamente al sexo menos representado. Si hoy favorece a más mujeres, es porque hay muchas mujeres infrarrepresentadas en puestos de todo tipo.

No obstante, hay casos en los que ya benefician directamente a hombres, son las cuotas de género las que hacen que tengan un mínimo del 40%, por ejemplo, en las listas de partidos políticos feministas en España.

De forma indirecta e inmediata, las cuotas de género favorecen a las organizaciones que las adoptan. De forma indirecta, y a medio/largo plazo, generan beneficios para toda la sociedad. Porque una sociedad que discrimina menos es una sociedad mejor. Cuando una sola persona gana en derechos, todas ganamos. Cuanto más se corrijan las desigualdades del sistema, menos probabilidades tenemos de sufrirlas.

La brecha de género y la sobrerrepresentación masculina en los espacios de poder y decisión son una realidad. En 2016 ninguna mujer recibió un Nobel, por poner un ejemplo significativo. En España, si miramos las altas instancias de las Academias, la judicatura, las secretarías de estado, los partidos políticos, las presidencias y jefaturas de Estado, las empresas del Ibex 35, los festivales de música y teatro, las listas de mejores libros y películas rara vez han incluido mujeres hasta que las mujeres no las han exigido o la ley no las ha impuesto ¿de verdad puede creer alguien que ahí no hay una cuota masculina implícita? ¿Por qué nadie se cuestiona, si llegan, si están ahí por sus méritos o están ahí por ser hombres? ¿Por qué la capacidad como requisito solo aparece cuando hay mujeres a la vista y mientras tanto infrecuentemente se la nombra?

Viendo a los hombres que presiden algunos de los países del mundo, no me atrevería a decir que sean los más capaces. Ni que no haya mujeres mejores y/o más capaces que ellos. ¿Por qué se prefiere a un tantas veces a un hombre mediocre o, directamente inútil, antes que a una mujer? ¿Por qué, en ocasiones, la mayor dificultad laboral de una mujer cuando opta a un puesto que implica capacidad de decisión es, justamente, ser mujer?

En la UE, la presencia femenina en la alta dirección es de un 12% aunque hace años que la media de ocupación de las universidades es de aproximadamente un 60%. Hay excepciones, como Letonia, donde hay más mujeres que hombres dirigiendo empresas. Y, salvo excepciones como la letona, es así aunque infinidad de estudios apoyen que la llegada de más mujeres a las empresas acelera el crecimiento económico.

Cuando hablamos de cuotas de género no proponemos que lleguen mujeres incapaces, sino de que lleguen las capaces que ahora se quedan por el camino, muchas veces, ante hombres a los que no se les exige probar la capacidad. Y no es una apreciación a la ligera, está comprobado: más mujeres en las instituciones reducen el número de hombres mediocres.

Las mujeres han tenido que ganar el derecho a estudiar, a trabajar, a cobrar su sueldo, a ejercer todas las profesiones allá donde pueden hacerlo. Y cuando consiguen que se reconozca el derecho a estar donde a los hombres rara vez se les cuestiona, tienen que demostrar no solo que valen, sino que valen más que todos y cada uno de ellos. Siempre. Cada vez. Cada una de las mujeres. Eso provoca el rechazo de muchas de ellas a que otras lleguen con “ayuda” cuando ellas lo pelearon solas, o sienten que así lo hicieron. Una muestra más de que ser mujer y no tener conciencia de género no son sinónimos. ¿Por qué queremos entonces que haya más mujeres? Porque tienen derecho a estar ahí, aunque no piensen como yo querría. Porque son parte de la mitad de la población. Porque son un referente para las generaciones futuras. Porque es justo.

Por eso es necesario seguir utilizando herramientas que consigan corregir ese sesgo hasta que desaparezca. Las cuotas de género no son cuestión de números, las cuotas de género son cuestión de justicia.


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