El paro, la radio, y yo

Por Victor Chamizo | Ilustración: JRMora

Iba yo esta mañana sumergido en el tumulto del tráfico y de los semáforos, bajo una cúpula grisácea con la que el cielo había decidido techar la ciudad esa mañana, cuando se me ocurrió encender la radio. Hacía mucho tiempo que no sentía atracción alguna por desayunarme las tertulias matutinas, con las que las emisoras al servicio de este capitalismo brutal y absurdo en el que vivimos, tratan de lavarnos el cerebro y pintarnos la realidad del color con la que quieren que la veamos. Pues bien, no me pregunten por qué, pero el hecho cierto es que pulsé el botón y las ondas se expandieron por el reducido interior del vehículo. Enseguida escuché la voz de una mujer que hablaba de lo que enseguida identifiqué como los datos relativos al índice de paro. No me hizo falta prestar mucho interés, ni prestar demasiada atención para adivinar que su posición no era otra que defender la política del Gobierno y de su partido.

Quedé perplejo –aún no sé tampoco bien por qué, ya que estas frases no deberían dejarme de este modo a estas alturas de la película– cuando escuché que decía algo así como que deberíamos estar contentos porque, aunque reconocía que el empleo que se generaba era precario, era mejor tener un trabajo precario –es decir, una mierda de trabajo, hablando claro– que no tener ninguno. ¡Fantástico!, ¿no les parece? Añadió que ella conocía mucha gente que se hallaba en la plenitud de la satisfacción por haber encontrado un trabajo.

 

Analicen la frase, porque es demoledora. ¿Quiere esto decir que, dentro de un tiempo habrá que felicitarse porque alguien nos facilite la comida y el alojamiento a cambio de trabajo? ¿Hacia dónde vamos?¿Regresamos a un feudalismo moderno?

¿Cómo es posible que se puedan esgrimir estos argumentos cuando los bancos y las grandes empresas arrojan, en cada nuevo ejercicio, más beneficios? Y he dicho MÁS, no iguales, o ni tan siquiera beneficios. En la época en la que nos encontramos, con la enorme cantidad de individuos, de seres humanos con rostro, manos y sentimientos, que viven al límite, algunas empresas se permiten el lujo de alardear de que han incrementado sus beneficios. ¿No se les cae la cara de vergüenza cuando dicen que hay que estar contentos porque dieciocho mil, veinte mil o treinta mil personas hayan encontrado un trabajo de mierda?

¿No se le cae la cara de vergüenza a ese señor que vive en un palacio y nos habla en tono paternalista, mientras sus allegados roban al resto de la población, mientras algunos no pueden ni calentarse, dándonos lecciones de democracia cuando a él nadie le ha elegido?

¿No se le cae la cara de vergüenza cuando nos habla de justicia, de igualdad y de respeto a una Constitución que se utiliza en favor de unos pocos y en detrimento de otros muchos?

Tuve que desconectar la radio, porque cada día me resulta más insoportable escuchar estos panfletos de los que manipulan los hilos de la economía y de la política, mientras buscan enemigos fantásticos en otros lugares del mundo con los que atemorizar a la población para poder continuar mangoneando a su antojo, seguir aprovechándose de la población para enriquecerse, lavándoles el cerebro con la idea absurda del comunismo, el bolcheviquismo y el bolivarianismo. Todo vale para que ellos vivan su vida de lujo y abundancia mientras los demás sobreviven a duras penas.

¿Hacia dónde vamos? ¿Regresamos a un feudalismo moderno?

Lo peor es que muchos se tragan la dosis diaria de esa píldora, atemorizados por los peligrosos partidos de izquierda. todavía no se han dado cuenta de que el peligro consiste en continuar así.

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