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Por Daniel Seixo

Hoy es obvio que América ha defraudado en este pagaré en lo que se refiere a sus ciudadanos y ciudadanas de color. En vez de cumplir con esta sagrada obligación, América ha dado al pueblo negro un cheque malo, un cheque que ha sido devuelto marcado “sin fondos”.

La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes. Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados en una única prenda del destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente

Martin Luther King Jr.

El  el 28 de agosto de 1963, ante cerca de 300.000 personas y tras finalizar la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad, Martin Luther King Jr. pronunció un discurso que pasaría a la historia por una icónica expresión contenida en el mismo: “I have a dream”.

Cuando se cumplen noventa y dos años del nacimiento del histórico orador, pastor y activista por los derechos civiles estadounidense y cincuenta y tres años después de que un segregacionista blanco le disparase desde el balcón del Lorraine Motel en Memphis, causándole la muerte, el sueño de igualdad, paz y justicia social de Martin Luther King, se encuentra hoy quizás más lejos que nunca de poder tornarse realidad en el país que lo vio luchar y que exigió su vida por ello. No olvido al escribir estas palabras los tiempos de la esclavitud o la acción segregacionista y criminal del Ku Klux Klan aferrándose firmemente al fuego y al acero como única ley, pero tampoco puedo permitirme en mi análisis pasar por alto la presencia de decenas de miembros armados de la Guardia Nacional en los pasillos del Capitolio de Estados Unidos, preparados para repeler los posibles ataques de fanáticos supremacistas durante la toma de posesión de Joe Biden. No me olvido de ello al hablar de un país en el que los jóvenes negros tienen en la actualidad las mismas probabilidades de sufrir discriminación laboral, en el acceso a la vivienda, las prestaciones públicas y la participación como jurado en el sistema legal que las que tenían en la época de Jim Crow. Una discriminación estructural que hoy es totalmente legal, soterrada y únicamente denunciada cuando la sangre de un afroamericano inunda de nuevo las aceras del llamado país de la libertad.

La única senda para la igualdad real, para lograr al fin materializar el sueño de la justicia social entre todos los estadounidenses independientemente del color de su piel, pasa por la transformación integral de las instituciones, la raíz económica y las bases sociales que sustentan en la actualidad al Imperio estadounidense

Suele asociarse a la lucha antirracista una cierta aura de serenidad e incluso resignación. Una especie de juego pactista, en el que en demasiadas ocasiones la víctima debe aceptar y encarar las normas del victimario. Una yincana de las relaciones públicas en la que figuras clave en la lucha contra las diversas formas de apartheid en sus respectivos países, como el propio Luther King, Nelson Mandela o Rosa Parks, son recicladas, suavizadas y transformadas como ineludible paso previo a su aceptación como referentes morales ante el gran público. Poco conocemos de la historia de Claudette Colvin y Mary Louise Smith, mujeres negras que en las fechas previas a la detención de Rosa Parks también habían sido arrestadas por negarse a ceder su asiento en los autobuses segregados de Montgomery. Colvin tenía 15 años cuando desafió las normas racistas de su comunidad y poco tiempo después se quedó embarazada de un hombre adulto, mientras que el padre de Mary Louise Smith era conocido por ser una persona alcohólica, los perfiles de esas dos valientes activistas contra el racismo fueron rechazados en el seno del activismo por los derechos civiles al no lograr cumplir el perfil que el hombre blanco podría llegar a considerar como digno de acceder a la concesión de la igualdad. Rosa Parks pasó en cambio a ser una figura capaz de superar fronteras y razas. Puede que un símbolo alejado de la realidad de una población explotada, abusada y sumida en cifras escandalosas en la más absoluta pobreza, pero a su vez un símbolo capaz de avanzar en la conquista del relato. Sucede lo mismo con Nelson Mandela, convertido en nuestros días prácticamente en un personaje de ficción, totalmente alejado de su compromiso revolucionario y su militancia socialista. Una figura edulcorada a la que se le ha arrebatado su sentido político, para transformarlo en otro tótem capitalista destinado a la veneración del sacrificio y la sumisión como única vía para el progreso social.

Cuando Luther King fue asesinado, la comunidad afroamericana rompió el silencio y la abnegada sumisión en la lucha por sus derechos. La ciudad de Washington se envolvió en llamas. La rabia y el dolor por la pérdida de un sueño que quizás en algún momento pudo llegar a tornarse realidad, provocó el inicio de importantes disturbios entre las calles 14 y U, que pronto desencadenaron en el lanzamiento de objetos, los saqueos y los incendios descontrolados que dieron lugar escenas de pánico que se extenderían por otras 200 ciudades de todo el país.  Cerca de 2.000 personas sin hogar, 5.000 personas sin trabajo, 13.000 soldados, 13 muertos y 7.600 personas arrestadas después, las protestas se silenciaron dejando tras de sí un saldo de cerca de 174 millones de dólares en pérdidas. Esa fue la cuenta que el sistema realizó oficialmente de aquellos sucesos, el precio por la vida de uno de los más brillantes referentes de la lucha antirracista estadounidense.

Los programas destinados a la integración de los sectores más acomodados pertenecientes a la comunidad negra, han servido únicamente como sedante para una comunidad que ha visto como el horizonte de un cambio radical desaparecía

Tras los disturbios, muchas personas, especialmente blancas, decidieron abandonar las ciudades para dirigirse a los suburbios. El alzamiento de la comunidad afroamericana serviría también para lograr importantes avances en torno ala lucha por los derechos civiles que garantizasen la igualdad entre ciudadanos, pero la violencia policial y racial, la discriminación o la pobreza, siguieron ancladas en la experiencia de millones de estadounidenses. Pese a que la Ley de Derechos Civiles de 1964 desmantelaba formalmente la estructura Jim Crow, las reformas económicas fundamentales para lograr la erradicación de la pobreza y la igualdad de oportunidades entre razas, seguían muy lejos de resultar alcanzables. Gran parte del Movimiento por los Derechos Civiles había centrado su mirada durante la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad precisamente en la situación socioeconómica y particularmente en su relación con el racismo, las personas negras no solo eran discriminadas racialmente, sino que a su vez eran condenados a seguir siendo pobres en una sociedad prospera.

El  proyecto de derechos civiles introducido por la Administración Kennedy no resultaba suficiente, no lograba encarar la raíz del problema. La discrepancia en torno a los objetivos de la lucha por los derechos civiles llegó incluso al seno de los organizadores de la marcha sobre Washington, para muchos de ellos no se trataba de aceptar gestos parciales, ni de abandonarse a intereses partidistas o meramente simbólicos. La lucha debía tornarse en una reivindicación de las condiciones materiales y para ello resultaba necesario tejer coaliciones con otros colectivos con los que se compartían objetivos políticos esenciales. El Movimiento por los Derechos Civiles avanzaba en ese momento apresuradamente cara a un “Movimiento proletario”. Una unión de clase que lograse congregar a personas pobres afectadas por la desigualdad del país. Martin Luther King abogó entonces por derribar las barreras raciales y construir un movimiento que se mostrase capaz de erradicar la desigualdad económica y exigir el cumplimiento de los derechos humanos en la sociedad estadounidense. La igualdad para la gente negra pasaba por una reforma total del sistema, por la estructuración de un proyecto transformador del mismo. En Palabras del historiador Gerald McKnigt, “El único líder de los derechos civiles del país se centraba en ese momento en temas de clase y planeaba caer sobre Washington con un ejército de pobres para sacudir los fundamentos de la estructura de poder y obligar al gobierno a responder a las necesidades de la clase inferior dominada”.

Pese a que la Ley de Derechos Civiles de 1964 desmantelaba formalmente la estructura Jim Crow, las reformas económicas fundamentales para lograr la erradicación de la pobreza y la igualdad de oportunidades entre razas, seguían muy lejos de resultar alcanzables

Los disturbios raciales de Chicago, la Masacre de Tulsa, el asesinato de Rodney King o las operaciones de terrorismo de estado destinadas a asesinar a Martin Luther King y Malcolm X. Todos los actos de violencia inusitada de Estados Unidos contra la población negra y sus líderes, se han centrado en la firme intención de evitar un proyecto de transformación social real y con bases sólidas para lograr dinamitar la estructura segregacionistas que todavía hoy rige el país. Las cuotas para unos pocos privilegiados, las políticas identitarias y los activismos decoloniales en demasiadas ocasiones meramente simbólicos, han funcionado como válvulas de escape incapaces de profundizar en un cambio real. Únicamente destinadas a funcionar como observadores escasamente participantes en una especie de soborno racial con el que el sistema de poder pretende evitar que tales iniciativas se muestren capaces de provocar un cambio de las estructuras raciales que todavía hoy rigen el país. Los programas destinados a la integración de los sectores más acomodados pertenecientes a la comunidad negra, han servido únicamente como sedante para una comunidad que ha visto como el horizonte de un cambio radical desaparecía al tiempo que la estructura social y económica del país condenaba a la pobreza y a la marginalización a cada vez más ciudadanos negros.

No se trata condenar las políticas destinadas a la supresión de desigualdades raciales, no se trata a su vez de oponernos por norma a las políticas de cuotas, pero no por ello debemos abrazar la idea un sistema que aboga únicamente por la integración en el mismo de los afroamericanos más excepcionales. Aquellos que resulten más intachables y asimilables para el relato oficial. Si el camino pasa únicamente por la extensión del privilegio socioeconómico a ínfimas minorías negras, si el precio a pagar por ese supuesto privilegio es el silencio acerca de la raza o las desigualdades sociales, el sueño de Martin Luther King Jr. sin duda quedará condenado por siempre a convertirse en pesadilla. La única senda para la igualdad real, para lograr al fin materializar el sueño de la justicia social entre todos los estadounidenses independientemente del color de su piel, pasa por la transformación integral de las instituciones, la raíz económica y las bases sociales que sustentan en la actualidad al Imperio estadounidense. No existen atajos posibles para lograrlo, no existe un camino que logre evitar estos cambios radicales. No puede existir un cuestionamiento real del statu quo cuando un Presidente o una Vicepresidenta de los Estados Unidos, debe renunciar previamente al poder real sobre la vida de millones de compatriotas, en favor de una estructura racial que únicamente los utiliza como válvulas de escape para la rabia y el dolor acumulados. El cambio real no entiende la dinámica del Tío Tom.


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