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Cuando se observa el régimen de apartheid y ocupación que Israel mantiene sobre los territorios palestinos, es posible identificar mecanismos de deshumanización, violencia burocrática y destrucción de la personalidad jurídica y moral que remiten a los análisis arendtianos sobre el totalitarismo.
Por Isabel Ginés | 11/07/2025
El concepto de banalidad del mal, acuñado por Hannah Arendt a raíz del juicio a Adolf Eichmann, ofrece una herramienta filosófico-política potente para pensar formas contemporáneas de violencia estructural, deshumanización y dominación burocrática. Más allá del nazismo, esta categoría permite repensar contextos actuales donde el daño infligido no obedece a pulsiones demoníacas ni a odios explícitos, sino a la reproducción automática de órdenes, a la irreflexión y a la supresión de la capacidad de juicio moral. Uno de los casos contemporáneos donde este análisis resulta especialmente pertinente es el del sistema de ocupación, apartheid y violencia institucional que Israel sostiene sobre la población palestina.
La banalidad del mal según Arendt
Arendt, al asistir al juicio de Eichmann en Jerusalén, quedó impactada no por una figura monstruosa o sádica, sino por la insignificancia moral del acusado. Eichmann era un burócrata corriente, incapaz de pensar desde la perspectiva del otro, de ejercer juicio moral o reflexionar sobre el sentido último de sus actos. Su mal no era radical, no tenía profundidad ni maldad deliberada, sino superficial, banal: consistía en su incapacidad de pensar.
Esta tesis se diferencia de la idea kantiana del mal radical, que implica una voluntad desviada o perversa que actúa contra el deber moral. En el caso de Eichmann, y de tantos otros colaboradores del régimen nazi, Arendt detecta un mal menos espectacular pero más inquietante: el del hombre que, sin motivaciones demoníacas, contribuye a la destrucción masiva simplemente porque no piensa.
Israel y Palestina: ¿una banalidad del mal contemporánea?
Cuando se observa el régimen de apartheid y ocupación que Israel mantiene sobre los territorios palestinos, es posible identificar mecanismos de deshumanización, violencia burocrática y destrucción de la personalidad jurídica y moral que remiten a los análisis arendtianos sobre el totalitarismo. Las prácticas de control, encierro, demolición de hogares, asesinatos selectivos, restricciones de movimiento, y vigilancia masiva se legitiman y ejecutan desde un aparato estatal que las presenta como racionales, necesarias y técnicas.
Tal como en el análisis de Arendt sobre los campos nazis, aquí no se trata de un estallido de odio irracional o de venganzas individuales. El mal opera desde sistemas institucionales, desde estructuras jurídicas “legales”, desde órdenes ejecutadas por soldados y funcionarios que no necesariamente odian al palestino, pero que tampoco lo ven como sujeto político o moral. El daño infligido se torna “banal” en la medida en que muchos de sus ejecutores no se plantean su legitimidad, ni se preguntan por el sufrimiento del otro.
Como en el caso de Eichmann, la cadena de mando israelí fragmenta la responsabilidad. El piloto que bombardea una casa en Gaza no ve los cuerpos. El funcionario que niega un permiso de viaje en Cisjordania no conoce el drama humano que causa. El soldado que encierra a niños no se pregunta por qué. Esta separación entre acto y consecuencia, entre decisión y dolor, permite que el mal se perpetúe sin remordimiento ni pensamiento.
Y, como en el régimen nazi, muchos actores implicados repiten que “sólo obedecen órdenes” o que “cumplen con su deber”. La obediencia, convertida en virtud institucional, anula el juicio moral. Lo que debería ser escandaloso, como el encierro de dos millones de personas en Gaza sin agua ni electricidad durante días, o los bombardeos que matan a miles de civiles, se normaliza.
Arendt subraya que el mal banal se basa en la incapacidad de pensar desde el lugar del otro. En el caso de Israel, la propaganda sostenida durante décadas ha despojado a los palestinos de rostro y voz. Se les presenta como amenazas, como entes abstractos, como números estadísticos. Así, los ciudadanos israelíes (y gran parte de la comunidad internacional) pueden aceptar la violencia sistemática porque no ven a los palestinos como sujetos dignos de derechos.
Esta irreflexión es reforzada por la educación, los medios y la narrativa estatal. No se trata de odio activo, sino de indiferencia cultivada. Y esa indiferencia, como advertía Arendt, es más peligrosa que el odio explícito, porque permite que el mal se extienda sin oposición interna.
Pensar para resistir
Hannah Arendt insistía en que pensar es una forma de actuar, y que sólo el pensamiento crítico puede impedir la repetición del mal. Aplicar su concepto de banalidad del mal al caso palestino no implica comparar cuantitativamente los crímenes del nazismo con la ocupación israelí. Se trata, más bien, de identificar estructuras de irreflexión, mecanismos de obediencia ciega y sistemas de anulación del juicio moral que, en ambos casos, permiten la producción masiva de sufrimiento humano.
Lo que Israel hace con Palestina no puede entenderse como una defensa legítima ni como un conflicto simétrico. Es un sistema de dominación estructural que convierte a los palestinos en superfluos, en palabras de Arendt, es decir, en seres a los que no se les reconoce la capacidad de aparecer en el mundo como iguales. Es precisamente esa anulación de la humanidad del otro lo que define la banalidad del mal: no la maldad demoníaca, sino la decisión de no pensar. Y, como Arendt supo ver con lucidez, en esa decisión reside la semilla del desastre.
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