No fue España: fue la Monarquía

Lo que no quiere reconocer Felipe VI es que está explotación financió las guerras europeas de la Corona española durante más de dos siglos.

Por Lucio Martínez Pereda | 23/03/2026

Felipe VI ha pronunciado hace días un reconocimiento tibio de los “abusos” cometidos en Latinoamérica durante la colonización. En un discurso cargado de eufemismos, el rey aludió a “sufrimientos” y “errores” del pasado, pero evitó deliberadamente las palabras históricamente exactas: genocidio, esclavitud, exterminio sistemático de decenas de millones de indígenas para enriquecer con oro las arcas de la monarquía.

Este supuesto mea culpa no es más que una maniobra retórica, un guiño para apaciguar voces críticas. La Corona, aferrada a su “prestigio autoritario”, se niega a asumir la responsabilidad de una Monarquía que convirtió el oro americano en armas y soldados para sus guerras europeas, diezmando poblaciones enteras bajo las Leyes de Burgos, que fueron papel mojado ante la codicia del monarca. Lo que no quiere reconocer Felipe VI es que está explotación financió las guerras europeas de la Corona española durante más de dos siglos.

El colonialismo español fue violencia integral, una violencia que integró destrucción cultural, abuso económico y desaparición física, no fue una una colonización evangelizadora y benigna. ¿Dónde está el perdón explícito por los 70 millones de amerindios reducidos a 3,5 millones en siglo y medio? No hay mención al saqueo, a las encomiendas y mitas que devoraron vidas ni a la teología del “derecho divino” que bendijo esta masacre.

La monarquía española -aun ejerciendo su poder en un sistema democrático- mantiene una percepción autoritaria del prestigio que le impide reconocer culpas, similar a un estado dictatorial. Mientras el Vaticano, desde Juan Pablo II en 1992 hasta Francisco ha multiplicado gestos de perdón reconociendo abusos en América como crimen histórico, Felipe VI se refugia en vaguedades auto exculpatorias. Esta asimetría es reveladora: la Iglesia, autocrítica, gana legitimidad moral; la monarquía, obstinada por la debilidad en su impunidad: la pierde .

Los Estados modernos heredan las responsabilidades históricas de sus predecesores, y no caben excusas sobre rupturas institucionales o prescripciones temporales que blanqueen crímenes pasados. La Historia demanda una petición de perdón rotunda , sin atenuantes, que integre el genocidio americano al ADN monárquico, como hicieron Bélgica por el Congo o Holanda con Indonesia. Un verdadero reconocimiento exigiría renunciar a eufemismos para pronunciar palabras exactas y no este no perdón-trampa que excusa pero no reconoce. De lo contrario, este gesto de Felipe VI no será sino otro capítulo en la crónica de una Corona que se sigue protegiendo con el silencio y no con la Verdad.

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