Néstor López: “Lo que quiere contar Semillas de Kivu, es que a pesar de que el mundo sea oscuro y hostil, seguir viviendo siempre merece la pena”

Entrevistamos a Néstor López, uno de los dos directores del cortometraje documental, ‘Semillas de Kivu’, nominado a los Premios Goya, donde intentan visibilizar la utilización de las mujeres como arma de guerra en la República Democrática del Congo.

Por Angelo Nero | 23/01/2025

En 2017, Néstor López y Carlos Valle, pusieron su mirada en las invisibles, en las miles de mujeres y niñas que fueron utilizadas como arma de guerra, en un lugar donde Conrad situaba el corazón de las tinieblas, el Congo, devastado por un conflicto bélico de tal intensidad que es señalado por algunos autores como la Guerra Mundial Africana, y que continuó hasta hoy en una espiral de violencia, en el que, como siempre, los no combatientes, en especial la población femenina, son mayoritariamente las víctimas. “Semillas de Kivu” recoge, en forma de corto documental, este capítulo de la guerra contra las mujeres, que, como en Bosnia o en Tigray, fueron violadas, mutiladas o asesinadas, como parte de una estrategia bélica.

Fotograma de Semillas de Kivu

El concepto de semilla nos remite a una imagen de resistencia, que puede crecer hasta en las condiciones más adversas, y por otro parte al fruto de la violencia, a esos hijos que no siempre son bien recibidos por su comunidad, ¿cómo llegáis a este terrible tema de la utilización de los cuerpos de las mujeres congoleñas como arma de guerra, y que queríais transmitir con Semillas de Kivu?

Hace siete años, -desde que surge la semilla de la idea, hasta la nominación de los Goya, han pasado siete años- estábamos trabajando en un proyecto anterior, con diversos capítulos documentales, que transcurrían en zonas de conflicto, y queríamos estudiar si eses conflictos se habían solventado o no, y para ello contábamos en una de esas zonas, con un Nobel de la Paz, que le habían dado el premio por haber intercedido por las víctimas. Justo en ese momento, en el desarrollo de investigación y filmación, le entregan el premio Nobel de la Paz a este ginecólogo que se llama Denis Mukwege, que es el doctor que sale en Semillas de Kivu, y esto nos permite a nosotros ponernos a estudiar esta figura, la cual la conocíamos muy vagamente, sabíamos que estaba en Kivu, en el hospital de Panzi, y un poco de lo que rodea a este conflicto. Leyendo libros de investigación, entrevistando a la gente, nos damos cuenta de que la dimensión de este conflicto es demasiado grande, que no es una cosa cerrada en Kivu, que las causas son mundiales, y además que es tremendamente injusto porque las consecuencias solo son locales. Y ahí es donde vemos que este proyecto tiene que ser una cosa independiente, que es demasiado grande y que tiene que tener entidad propia, y de ahí nació Semillas de Kivu.

Al principio pensamos en centrarnos un poco más en la figura del doctor, que es lo que a nosotros, desde Occidente, es lo que más nos llega, pero cuando empezamos a trabajar con el equipo de Panzi, el doctor va perdiendo un poco de peso protagonista, y lo van ganando varias de sus pacientes.

Porque nos dimos cuenta de que el doctor es una figura muy interesante, es casi un súper héroe, es una voz muy autorizada para explicar un conflicto y un contexto, y por lo tanto era muy interesante narrativamente desde ese punto de vista, pero nos parecía que el centro teníamos que ponerlo en las mujeres. Porque al final ese proceso de transformación tan duro, tan difícil y tan maravilloso, que muchas mujeres pueden lograr, no te lo va a dar el doctor, que es una persona que ejecuta, que salva vidas, que hace su trabajo, y que se juega la vida. Estas mujeres, a parte de todo eso, también hacen una labor titánica y se juegan la vida, muchas lo logran y otras no, pero son las que luego tienen que reinsertarse en la sociedad, y aquí es donde queríamos centrar Semillas de Kivu.

Nosotros, lo que queríamos contar, realmente, es ¿que se está haciendo en este conflicto? No hay acción internacional, Occidente no está haciendo nada, encima la causa de este conflicto, la razón por la que se realizan violaciones y otro tipo de violencias tan duras y sistemáticas la llevamos en el bolsillo, en nuestros móviles, ¿que está pasando aquí? Entonces nosotros queríamos contar la reinserción individual de cada una de estas mujeres, muchas no lo logran, pero muchas otras si, y generan pequeñas resistencias, pequeñas victorias. Esto es lo que quiere contar Semillas de Kivu, que a pesar de que el mundo sea oscuro y hostil, seguir viviendo siempre merece la pena.

Los directores Carlos Valle y Néstor López

Cuando decidisteis que el enfoque tenía que ser otro, que tenía que centrarse en las víctimas, ¿os costó conseguir los testimonios de las mujeres que narran sus heridas en la pantalla?

Hace un mes, realizamos un pase, con un coloquio muy interesante, donde estaba Médicos sin Fronteras, que colaboraba en ese coloquio aportando su visión, y una cosa que nos decían es “no sé como habéis conseguidos que estas mujeres se abran de esta manera con vosotros, porque nosotros llevamos tiempo trabajando en esto y no lo conseguimos”. Es una cosa difícil, pero nosotros lo hemos conseguido porque tenemos un arma a nuestro favor, y es que somos cineastas.

Yo no soy médico, yo no soy periodista, a mi no me interesa sacar el amarillismo de la situación, yo no voy allí a salvar ninguna vida, pero sé dirigir personas, son las herramientas que conozco, y aprovecharlas para que estas mujeres se abran y construir la narrativa. Es difícil, pero se consigue con confianza, seleccionando bien a la mujer que puede estar delante de la cámara, conociendo muy bien la historia. Al final son siete años de trabajo, un trabajo con mucho mimo y muchos cuidados, y consigues cosas que otros igual no conseguirían.

Y acercarse a una persona tan mediática como el ginecólogo Denis Mukwege, fundador del Hospital Panzi en Bukavu, donde ha tratado a miles de mujeres violadas, desde 1998, y que fue Premio Nobel de la Paz de 2018, que habrá hecho cientos de entrevistas, también ha debido ser complicado ganárselo…

Si, al doctor si que ha sido complicado ganárselo, yo lo entiendo, al final es una figura mundial, con un reconocimiento, y que está en una situación muy complicada. Este hombre sobrevive recluido en su propio hospital, le han intentado asesinar once veces, tiene casi setenta años, vive una situación muy compleja, sus hijos no están allí por seguridad, pero el tomó la firme decisión de quedarse trabajando en Kivu, porque él es de allí, de Bukavu, la capital de Kivu Sur, y tomó la decisión de trabajar para su gente, y de poner lo que el sabe hacer al servicio de su comunidad. El podría estar tranquilamente en Bruselas o en cualquier otro lugar ganando mucho dinero, porque es un ginecólogo muy bueno.

Entonces es muy difícil el acceso a él, que lo logramos, pero sobretodo lo difícil es ganarse la confianza de esta persona. Porque el está muy saturado de gente que le quiere entrevistar, acercarse a él, es una figura tan mediática, y normalmente está acostumbrado a que se acerquen, sobretodo, figuras periodísticas o televisivas, que lo que hacen siempre es buscar una cosa más sensacionalista, me refiero con respecto a lo que él hace allí, en Panzi. No les interesa tanto profundizar en historias, como hacemos nosotros en el documental, personales, de cada una de las mujeres, les interesa tratar el tema a grandes rasgos, porque es una labor, la que hace el doctor Mukwege, que es fácil caer en amarillismos y sensibilidades un poco complicadas.

Él pensaba que nosotros íbamos a ir un poco más por ese lado, por el que ya está acostumbrado, y del que ya está un poco cansado, y costó ganárnoslo. De hecho, nos lo ganamos cuando le enseñamos imágenes. Él no terminaba de confiar del todo en nosotros, incluso le llegué a entrevistar, en una entrevista bastante larga, y él estuvo aportando, pero no fue hasta que le empezamos a enseñar imágenes, que se dio cuenta de que había una intención poética, una intención narrativa, y él entendió que la condición artística no va a lucrase del horror, sino a aportar luz.

El doctor Denis Mukwege en un fotograma de Semillas de Kivu

Creo que el resultado refleja que está rodado con una sensibilidad extrema, con un gran respeto a las víctimas, como el que no he visto en ningún documental sobre el tema.

Gracias.

Y, además, rodar en la República Democrática del Congo, donde las condiciones de seguridad me imagino que no están garantizadas, y donde también tuvisteis que enfrentar varios problemas técnicos, como la falta de electricidad, no ha debido ser fácil, ¿cuánto sudor, ingenio y lágrimas ha costado rodar esos 29 minutos que vemos finalmente en la película?

El rodaje fue complicadísimo. Ha sido el más complicado de mi vida, y eso que yo he rodado en diferentes zonas de conflicto. Una cosa, tu lo has dicho muy bien, es la electricidad, que es esencial para nuestro trabajo, empezando por una cosa tan básica como cargar baterías, si no la cámara no funciona. Ya no digamos el sonido. El medio audiovisual sin electricidad no existe. Y lo segundo, que es volcar el material en discos duros, para ir liberando las tarjetas.

Lo que pasa es que nosotros no teníamos acceso a electricidad, estábamos alojados en un lugar, con una pequeña placa solar, que alimentaba a todo, porque no había tendido eléctrico. No podemos calentar el agua, es a lo que primero renunciamos, y las cámaras las íbamos cargando poco a poco, un diez por ciento, otro diez por ciento, nunca las cargábamos enteras porque no podíamos. Y, además, esa placa solar que nos alimentaba a nosotros, la electricidad se acababa bastante rápido, y entonces aprovechamos el resto del día, del rodaje, para ir a cualquier lugar que pudiéramos ver con placas solares, o con un generador de gasolina, poniendo en aislamiento tarjetas que no sabíamos si podíamos utilizarlas o no, y todo esto para un corto de media hora.

La complicación técnica hay que sumarla a la seguridad. Es una zona de guerra, entrar es difícil, salir también, la seguridad era muy complicada. Nosotros cumplimos dos características que nos señala como enemigos allí, una es que somos blancos, y otra es que somos blancos con una cámara, nadie quiere una cámara enl a zona, cosa que también es lógica.

Todo el rato había condicionantes de esto, a nivel técnico y de seguridad, teníamos que entrar siempre con una persona local, no te puedes fiar ni de la policía ni del ejército, con lo que no puedes contar con la seguridad habitual. Esto se mezcla con que nosotros en el documental nos desplazábamos continuamente, cambiando la ruta cada día para lograr detectar donde estaban por si te atacaban. Al final es estar continuamente en tensión, parece que estás amenazado y todos los días tienes que ir buscando herramientas para asegurarte la seguridad.

Al fin y al cabo, también estabais documentado crímenes de guerra…

Claro, pero ya de por sí, aunque vayas a documentar cualquier otra cosa, el ejército y la policía en diversas zonas no son de fiar, los sueldos son muy bajos, y se buscan en los sobornos, o en la delincuencia. Pero, encima, vamos a quitar una realidad que el país no quiere que saques. La obtención de permisos para rodar es difícil, puede ser una trampa, si pides un permiso para una zona, puedes llegar allí y te van a impedir el acceso. Nosotros estamos disfrazados, allí no somos cineastas, somos otra cosa. Estamos jugando todo el rato un doble papel y eso juega mucho con tu estabilidad mental.

Para esos 29 minutos del documental, me imagino que fueron muchas horas de rodaje, ¿fue muy difícil el proceso para decidir que se quedaba atrás en el montaje? ¿y ese material que no ha visto la luz puede ser la semilla para un largometraje?

Nosotros volvimos con 30 horas filmadas, eso significa que tenemos 29 horas y un minuto que no hemos montado. Es una barbaridad de material, aunque no es tanto para haber estado 20 días, pero es lo máximo que pudimos traer. Imaginate, de 30 horas, seleccionar que montamos para quedarnos con 29 minutos. El proceso de post-producción fue muy largo y muy pensado, con Cristina Otero, la montadora, estuvimos, continuamente, discutiendo, que poníamos, probamos muchas maneras de narrarlo, de hecho el cortometraje final que puede ver la gente, es la versión número 17 de montaje. Fueron casi dos años de post-producción, para probar absolutamente todo. Hasta que tuvimos la certeza de que esta era la mejor decisión posible. Y todo el material restante, estamos pensando en hacer algo más, en transformarlo en un largo, ya tenemos algunos apoyos, aunque no será suficiente, porque probablemente tengamos que volver allí para buscar una historia más grande. Pero alguna de estas imágenes podrían valer.

Imagino que lo más impactante fue entrar en el hospital de Panzi, y ver en directo la magnitud de la violencia contra las mujeres, y, al mismo tiempo, descubrir que en medio del horror existe un lugar seguro donde pueden curar sus heridas, las visibles y las invisibles, ¿es realmente el lugar donde puede germinar la semilla de la esperanza para las mujeres que sufrieron el horror?

Si. Lo más impactante, y lo más bello que allí vivimos, fue ver el lugar donde están las mujeres dentro del hospital de Panzi. Es un pequeño paraíso, un pequeño edén, aunque no deja de ser un lugar de acogida de refugiados, pero es muy bello porque hay allí centenares de mujeres conviviendo con sus hijos, fruto de estas violaciones. Es un lugar muy hermoso por como te reciben, por la sororidad que se crea, ya te das cuenta que ellas allí son plenamente conscientes de que este es un conflicto que las supera, y que son las principales víctimas, pero también a la vez se dan cuenta, en este lugar, de la importancia vital que tienen para la sociedad, porque si no la tuvieran no recibirían una violencia tan dura de los grupos armados. Ellas allí ganan una fuerza y una confianza en si mismas, que son vitales para la futura la reinserción.

Yo recuerdo la cámara oculta que grabamos en un prostíbulo de menores de edad, que son aquellas que no llegan al hospital, que a veces son captadas para la prostitución y ese también fue uno de los lugares más impactantes he estado en mi vida, pero como belleza si que fue el hospital de Panzi, que es una semilla, como dices, de esperanza, y donde lo primero que hay que hacer con estas mujeres es la recuperación física, sus cuerpos están dañados, han sufrido una violencia tan extrema que pueden tener sus genitales deshechos, y lo primero es esa recuperación física que está en manos del doctor y de su equipo, pero luego está la recuperación sicológica, que también transcurre en el hospital, donde te toca curar la herida invisible, que es una cosa un poco más compleja, y sin esa sanación, física y sicológica, no se plantaría esta semilla para la tercera fase, que es la futura reinserción. El hospital te prepara, te da herramientas, pero luego te tienes que reinsertar tú, y volver a hacer tu vida. Y eso solo es posible gracias al trabajo del hospital de Panzi.

Las mujeres de Kivu, como las de Tigray, o las de Sudán, que sufren la violencia sexual como una estrategia de guerra, apenas tienen eco en nuestros informativos, ni en nuestra prensa, ¿crees que con vuestro documental se puede abrir una brecha para concienciar a nuestra población de este terrible crimen?

Ojalá, es el objetivo principal, es nuestro mayor deseo, si nosotros hemos querido hacer este documental es por eso, hemos querido apostar por la mejor producción y distribución posible, por eso. Lo hemos movido en varios festivales relevantes, y lo seguiremos haciendo durante un año y medio, para intentar colarnos, llegar, a los Premios Goya, donde tenemos la suerte de estar nominados. Son altavoces, escaparates, para que la gente muestre interés, para que la gente mire hacia el documental, que es una herramienta, un telescopio para mirar hacia Kivu. Es un objetivo ambicioso, pero, al final, somos cineastas, y es lo que podemos hacer.

No podemos cambiar leyes, pero somos una ventana para mirar hacia ciertas cosas, y que eso despierte conciencias hacia otro lugar. Ese es nuestro trabajo, que durante media hora miremos hacia Kivu, suframos con Kivu, porque es una tierra y una gente que ha sufrido mucho, pero a la vez veamos la belleza, y lo tremendamente injusto de la situación, y que esa belleza merece ser recompensada. Merecemos poner punto y final a esto. Ese es nuestro objetivo, llevar la historia lo más lejos posible, a la mayor parte de la gente, para que se haga algo. Ponerlo en instituciones, en organizaciones mundiales, que se hable de él, que se generen foros de debate, y a partir de ahí que la gente lo conozca, porque es muy desconocido, es un conflicto fantasma.

La banda sonora de Arturo Cardelús es un elemento importante también a la hora de emocionarnos, pero creo que también es fundamental la labor de Inés Almirón en el montaje de sonido, ¿fue un reto enfrentarse a la grabación del sonido directo y trabajarlo para ofrecer este resultado tan notable?

Carlos y yo, como directores, hicimos una apuesta, y lo teníamos muy claro, no queríamos que el sonido fuera a la cámara, una cosa muy común cuando se hacen en zonas peligrosas, llevar la menor cantidad de gente posible, entonces sacrificas al sonidista, y ese sonido pasa a ser responsabilidad del operador de cámara. Nosotros no queríamos hace eso, queríamos que el sonidista fuera una persona totalmente independiente, y que el sonido estuviera captado de la forma más verosímil y real posible. Desde como suena la tierra cuando la pisas, cuando está la hierba mojada, queríamos captar el sonido de Kivu, de la forma más pura posible. Fue complicado porque añadimos una persona más al equipo, al sonidista Pancho Aguirre Vidán, y luego es Almirón es la que hace toda la mezcla.

Y ¿entonces que es lo que pasa? Que tenemos que meter una pértiga de dos metros, tenemos que meter más material, para poder viajar con el hasta allí, allí tenemos que estar disfrazados de otra cosa, allí no podemos ser cineastas. Esto complica el ocultamiento del material, y al trabajar con material allí siempre vas un poco más lento, el sonidista tiene que estar sincronizado, colocado en la dirección correcta, para captar el sonido, y eso ralentiza un poco durante los primeros días que no estaba el grueso de la narración, lo usamos para coordinarnos mejor.

Luego la post-producción de sonido, que entra después de las 17 versiones de montaje, Inés es muy efectiva, todas las pistas de sonido escuchadas, seleccionando sonidos concretos. Hay un momento en el que una mujer se toca la cabeza y suena un pájaro, ese pájaro es real. Aislamos ese sonido, le dimos fuerza, para construir la poesía que buscábamos con Semillas de Kivu, que tiene que ser sonora por encima de lo visual. Como sale la niebla, como sale el humo, como sale un pájaro. Este es un trabajo de hormiguitas, con Inés en el montaje.

El documental, estrenado en la Seminci de Valladolid, está nominado al Goya en la categoría de Mejor cortometraje documental, ¿qué expectativas tenéis con la película, dónde se puede ver y cuál es el feedback que estáis recibiendo?

La expectativa que teníamos con la película, antes de estrenarla, era tener un recorrido internacional que nos permitiera llegar hasta organismos e instituciones internacionales que recibiera Semillas de Kivu, y miráramos hacia el conflicto para intentar buscar solución. Lo que nos hemos encontrado es que estas instituciones nos han recibido de una forma más fácil de lo que nos esperábamos, y ya estamos trabajando con muchas, tanto a nivel nacional como internacional, desde el Parlamento Europeo hasta ACNUR, o la ONU, intentando buscar impactos con este documental, a nivel mundial.

Luego, la gente, el espectador medio, no nos esperábamos una reacción tan aplastante como la que hemos tenido, nosotros sabíamos que habíamos hecho un buen trabajo, siempre tienes dudas, como cineasta, si esto iba a funcionar o no, hemos apostado mucho con la narración como el inicio o la escena del ataúd, donde la protagonista se queda mirando, como dos o tres secuencias que nos hemos tirado un poco a la piscina y no sabemos como se iba a recibir, y lo que hemos ido recibiendo es que el impacto en el público es mucho más grande de lo que esperábamos, y esto hace que estrenando en octubre, en Seminci y en Avicine, un mes y medio después estés nominado al Goya. Ese catalizador, que ha sido el público, ha sido fundamental. Ahora, ¿dónde se puede ver? Este viernes, 24 de enero, se estrena en salas de cine. Es muy complicado que un documental se estrene en salas de cine.

También está en la plataforma Filmin, para aquel que lo quiera ver, y probablemente estará en abierto en RTVE en algún momento. Ahora tenemos varias proyecciones, lo anunciamos todo en el Instagram @semillasdekivu, y ahí contamos todos los pases que hay en cines. Siempre que hacemos un pase hacemos un coloquio después, hablamos sobre la película, los coloquios duran muchísimo, son realmente entretenidos, y yo invito a todos que vayan a ver Semillas de Kivu a una sala, porque les va a cambiar la perspectiva.

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