‘Neofascismo e ideología del deseo’: Michel Clouscard y la crítica al capitalismo libidinal

Según Michel Clouscard , el deseo ya no es reprimido como en el capitalismo industrial clásico, ahora se estimula sin cesar para ser capturado y vendido.

Por David Hurtado | 25/11/2025

El filósofo francés marxista Michel Clouscard (1928-2009) es uno de los pensadores más originales y más silenciados del siglo XX. Su obra principal, Le Capitalisme de la séduction (1981), y especialmente el libro que nos ocupa, Néofascisme et idéologie du désir (1984), constituye una de las críticas más potentes y anticipatorias al modelo de sociedad que hoy conocemos como “capitalismo de plataforma”, “capitalismo de la atención” o “capitalismo cool”.

El diagnóstico central: el mercado total del deseo

Para Clouscard, el liberalismo no es solamente un programa económico; es, ante todo, una antropología. El capitalismo, en su fase avanzada, deja de reprimir el deseo (como hacía el capitalismo industrial clásico) y pasa a gestionarlo, a producirlo y a mercantilizarlo. Lo que la izquierda libertaria de los años 60-70 celebró como “liberación del deseo” (la revolución sexual, el consumo lúdico, el cuerpo liberado, la creatividad permanente) fue, según Clouscard, la mayor operación ideológica del capital en el siglo XX.

El famoso “está prohibido prohibir” del Mayo del 68 se convierte, paradójicamente, en la mejor consigna publicitaria del nuevo capitalismo. El deseo ya no es reprimido; es estimulado sin cesar para ser capturado y vendido. El cuerpo, la sexualidad, la juventud, la transgresión estética, la marginalidad chic, todo se convierte en mercancía. El capitalismo ya no necesita la moral burguesa tradicional: inventa una nueva moral, la moral del deseo permitido, del “todo vale”… siempre que se pague.

El neofascismo según Clouscard

Aquí aparece el concepto clave: neofascismo. No se trata del fascismo histórico con camisas negras y desfiles militares, sino de una forma nueva, blanda, seductora y libidinal de dominación. El neofascismo clouscardiano tiene tres rasgos esenciales:

La alianza estructural entre el gran capital y los nuevos ‘marginales rentables’

Los yuppies de los 80, los creativos publicitarios, los DJ, los diseñadores, los influencers de hoy: todos forman la nueva “aristocracia obrera” del deseo. Son los que producen y legitiman el estilo de vida consumista “transgresor”.

La disolución de la lucha de clases en la lucha de mercados

Se oculta el conflicto entre burguesía y proletariado y se potencia la competencia entre segmentos de mercado. El deseo se segmenta (gay, eco, punk, hipster, wellness, BDSM, etc.) y cada segmento se convierte en un nicho de consumo. La identidad sustituye a la clase.

El Estado como gestor del mercado total

El Estado liberal-libertario no desaparece; se transforma en el gran organizador del “mercado del deseo”. Garantiza la libertad de circulación de mercancías libidinales (pornografía, drogas recreativas, turismo sexual, redes sociales) y reprime selectivamente a quienes cuestionan el sistema en su conjunto.

El ‘capitalismo de la seducción’ y la izquierda libertaria

Clouscard dedica páginas demoledoras a lo que llama la “izquierda lúdica” o “izquierda Lacoste”: aquella que, desde los años 70, abandona la lucha social por la lucha cultural y por los “nuevos movimientos sociales”. Para él, Deleuze, Guattari, Foucault (en su fase “californiana”), Baudrillard o el propio Mayo del 68 son los ideólogos involuntarios del nuevo espíritu del capitalismo.
El famoso “deseo” deleuziano, desterritorializado y nómada, es exactamente el tipo de sujeto que necesita el capitalismo flexible: un consumidor creativo, móvil, siempre dispuesto a reinventarse, a cambiar de estilo de vida, de pareja, de ciudad, de identidad sexual. El “rizoma” es la forma perfecta de organización del mercado global.

Vigencia brutal

Leyendo a Clouscard hoy, uno tiene la sensación de estar frente a un profeta. Describió con treinta o cuarenta años de antelación fenómenos que ahora son evidentes: Las redes sociales como gran mercado libidinal donde cada uno vende su imagen, su deseo y su vida privada; La pornografía mainstream y la hipersexualización de la publicidad; El auge del “capitalismo woke” que combina progresismo cultural con explotación económica feroz; La gentrificación como forma de colonización libidinal de los barrios populares; La conversión de la transgresión en marca comercial (Che Guevara en camisetas, BDSM en perfumes, punk en grandes almacenes).

Esta crítica le ha valido el rechazo de buena parte de la izquierda posmoderna. A Clouscard se le ha acusado de conservadurismo cultural, de no entender la liberación real de las minorías sexuales o de reducir todo a la lógica economicista. Sin embargo, incluso sus críticos reconocen que su diagnóstico sobre la mercantilización del deseo sigue siendo válido. Pocos autores han explicado tan bien cómo el capitalismo logró transformar la crítica artística y la rebeldía juvenil en sus propios motores de acumulación.

Néofascisme et idéologie du désir no es un libro cómodo. Es un mazazo filosófico que obliga a mirarse al espejo a toda una generación (y a las siguientes) que creyó estar luchando contra el sistema mientras estaba construyendo el nuevo rostro del capital.

En palabras del propio Clouscard:

«El capitalismo ya no tiene necesidad de reprimir: seduce. Y la seducción es la forma más perfeccionada de la dominación».

En la actualidad, cuando el algoritmo conoce nuestros deseos mejor que nosotros mismos y los vende al mejor postor, releer a Michel Clouscard no es solo un ejercicio intelectual, es una urgencia política.

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