Memoria histórica, Historia  y Polarización  

Recordar es un acto  performativo: se recuerda para situarse y para alinearse. La  memoria se convierte en un campo de batalla donde no se discute tanto qué ocurrió, sino qué significado debe tener hoy
Por Lucio Martínez Pereda | 10/07/2026
La memoria histórica ha dejado de ser, hace tiempo, un ejercicio de reconstrucción memorialistico del pasado para convertirse en una herramienta activa de intervención en el presente. No se trata ya de recordar, sino de ordenar el recuerdo; no de comprender, sino de seleccionar; no de asumir la complejidad de lo ocurrido, sino de domesticarla en relatos que puedan ser movilizados políticamente. En este sentido, la memoria es un dispositivo contemporáneo de producción política.

La cultura política actual —especialmente en España, pero no de forma exclusiva— se articula cada vez más en torno a narrativas memorialísticas que funcionan como identidades condensadas. La Guerra Civil, el franquismo, la Transición o incluso episodios más recientes no operan en el plano de la opinion pública como objetos de estudio, sino como repertorios de hechos disponibles para la disputa política.

Esta disputa provoca una mutación en la forma en que las sociedades democráticas se relacionan con su pasado. Allí donde antes existía una tensión entre historia y memoria, hoy asistimos a una progresiva absorción de la primera por la segunda. La historia, con su vocación crítica, sus matices y su resistencia a la simplificación, resulta poco funcional en un ecosistema mediático que exige claridad moral y toma de postura política inmediata. La memoria ofrece relatos emocionalmente cargados, fácilmente traducibles en posicionamientos políticos. En este contexto, la memoria histórica actúa como un vector de polarización. No porque el pasado sea en sí mismo divisivo —que lo es—, sino porque su instrumentalización contemporánea responde a lógicas de confrontación identitaria. Recordar es un acto performativo: se recuerda para situarse y para alinearse. La memoria se convierte en un campo de batalla donde no se discute tanto qué ocurrió, sino qué significado debe tener hoy.

Este fenómeno se ve amplificado por la lógica de los medios de comunicación y, especialmente, por la dinámica de las redes sociales. La complejidad histórica se diluye en formatos breves, diseñados para generar impacto emocional inmediato. El pasado se convierte en un recurso narrativo al servicio de la inmediatez.

No es casual, por tanto, que la memoria histórica haya adquirido una centralidad tan marcada en la cultura política contemporánea. En un contexto de crisis de los grandes relatos ideológicos, la memoria ofrece una forma de anclaje identitario. Frente a la incertidumbre del presente y la indeterminación del futuro, el pasado proporciona una sensación de estabilidad narrativa.

Sin embargo, esta estabilidad es ilusoria. La memoria, cuando se convierte en instrumento político, tiende a rigidizarse, a perder su capacidad de autocrítica. Se construyen relatos cerrados, impermeables a la revisión, que funcionan más como mitologías que como interpretaciones históricas. En este proceso, el adversario político no es simplemente alguien con una visión distinta del presente, sino alguien que encarna una relación “incorrecta” con el pasado. De este modo, la polarización política se ve reforzada por una polarización memorial. se discrepa sobre la legitimidad misma de las narrativas históricas La memoria se convierte en una frontera que delimita comunidades políticas enfrentadas. Porque tal vez el problema sea que recordamos mal: no en el sentido de inexactitud factual, sino en el de funcionalidad política.

La memoria histórica resulta tan polarizante porque no funciona solo como recuerdo: sino como acabamos de ver funciona como identidad, como juicio moral y como arma de legitimación política. Tiene seis características que la hacen especialmente inflamable:

1.Es selectiva. No recuerda todo: elige qué episodios rescatar, qué víctimas destacar y qué silencios mantener.

2.Tiene una fuerte carga moral: no describe únicamente hechos; distribuye culpa, reparación, reconocimiento y vergüenza.

3.Se mezcla con el presente: lo que se dice del pasado suele ser, en realidad, una forma de pelear por el presente.

4.Produce identidades: cada relato memorial ayuda a construir comunidad, pero también a marcar adversarios.

5.Tolera mal la ambigüedad: exige relatos claros, y la complejidad histórica suele estorbar.

6.Es fácilmente instrumentalizable: partidos, medios y activismos pueden usarla para movilizar afectos y fidelidades.

Lo cierto e inevitablemente asumible es que la polarización aparece cuando la memoria se convierte en criterio de pertenencia política. Entonces no se discute solo qué ocurrió, sino quién tiene derecho a nombrarlo, interpretarlo y administrarlo. Eso transforma cualquier debate memorial en una disputa por la hegemonía simbólica, algo muy visible en democracias- como la española- donde el pasado traumático sigue sin haber sido plenamente elaborado. También polariza porque obliga a escoger marco moral. Quien habla de memoria suele hacerlo en términos de reparación y justicia: quien la rechaza muchas veces la presenta como revancha, imposición o manipulación. Este conflicto -en el caso español- ya no es histórico, sino de legitimidad democrática. Dicho de otra manera : la memoria histórica polariza porque es el punto donde el pasado deja de estar muerto y empieza a votar. Allí se cruzan el duelo, la identidad, el resentimiento, la pedagogía cívica y la propaganda, todo en el mismo saco. La memoria histórica polariza, en suma, porque no se limita a recordar lo que pasó: decide quién merece reconocimiento, quién carga con la culpa y quién controla el relato. Y en política- nos guste o no asumirlo- controlar el relato suele ser más importante que comprender el hecho.

Ningún historiador, cuando recurre a sus conocimientos históricos y los convierte en instrumentos de análisis del pasado, puede mantenerse por completo al margen de ese relato polarizante; algunos, de hecho, ni siquiera aspiramos a hacerlo. En la medida en que toda operación historiográfica implica selección, jerarquización e interpretación de los hechos, el historiador no solo describe el pasado, sino que participa, consciente o inconscientemente, en un campo de disputas donde cada interpretación arrastra presupuestos ideológicos y adhesiones. Los historiadores que nos empeñamos en señalar las genealogías del pasado en el presente estamos irremisiblemente condicionados por una toma de postura o moral o política sobre el presente. Es un error fingir que no estamos sometidos a ese condicionante cultural polarizante, porque hacerlo no nos sitúa fuera del problema, sino dentro de él, pero en una posición de falsa neutralidad. Toda interpretación histórica se produce dentro de un horizonte cultural e intelectual determinado, La cultura histórica y política en la que intervenimos nos atraviesa, nos condiciona y nos predispone ; negarlo no es un gesto de objetividad, sino una forma de autoengaño intelectual.

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