Maternidad hoy: cuando criar sigue siendo cosa de mujeres

La maternidad se sigue vendiendo como experiencia plena, natural y gratificante, y cualquier malestar se interpreta como fallo individual. El cansancio extremo, la soledad, la pérdida de identidad, la ansiedad o la depresión posparto se silencian o se medicalizan, pero rara vez se politizan.

Por Isabel María Durán Báez | 4/05/2026

La maternidad en la actualidad se presenta como una elección libre, consciente y acompañada. Sin embargo, basta rascar un poco esa narrativa para encontrar una realidad mucho más cruda: ser madre hoy sigue implicando una sobrecarga física, emocional y económica que recae casi exclusivamente sobre las mujeres. La maternidad ha cambiado de discurso, pero no de estructura.

Se nos dice que vivimos en tiempos de igualdad, que los hombres “ya ayudan”, que los permisos son más largos y que la corresponsabilidad es una meta alcanzada. Pero la experiencia cotidiana de millones de madres demuestra lo contrario: criar sigue siendo, en lo esencial, un trabajo feminizado, invisibilizado y profundamente desigual.

La maternidad como responsabilidad total

Desde el momento del embarazo, la maternidad se convierte en un campo de escrutinio permanente. El cuerpo de la mujer deja de pertenecerle: qué come, cómo duerme, cuánto engorda, cómo pare, cómo amamanta, cómo vuelve al trabajo. Todo es observado, evaluado y juzgado.

La madre es responsable de todo y culpable de cualquier cosa que salga mal. Si el bebé no duerme, si enferma, si llora, si no come “bien”, si no se desarrolla según el calendario esperado, la pregunta rara vez es colectiva. La pregunta es siempre la misma: ¿qué ha hecho o dejado de hacer la madre?

El padre, en cambio, suele ocupar un lugar opcional. Su implicación se valora como virtud, no como obligación. Su ausencia se justifica; su presencia se celebra.

Padres presentes… de forma intermitente

Muchos hombres se consideran hoy padres implicados por hacer lo mínimo: “ayudar” en casa, “echar una mano” con los niños, pasar tiempo de calidad los fines de semana. El lenguaje no es casual. Ayudar no es responsabilizarse; colaborar no es sostener. Las tareas invisibles de la crianza —pensar, planificar, anticipar, organizar— siguen recayendo sobre las madres:

Pedir citas médicas y acudir a ellas.

Saber qué talla usa la criatura, qué come, qué necesita.

Coordinar horarios, actividades, cumpleaños, vacunas, reuniones escolares.

Gestionar el cansancio, el miedo, la culpa y la carga emocional de la crianza.

Muchos padres aparecen para ejecutar, pero no para sostener. Están cuando se les pide, no cuando hay que pensar.

El precio laboral de ser madre

La maternidad sigue penalizando a las mujeres en el mercado laboral. Reducciones de jornada, excedencias, contratos precarios, renuncias profesionales “voluntarias” que en realidad son forzadas por la falta de corresponsabilidad y de políticas públicas suficientes. Mientras tanto, la paternidad continúa funcionando como un capital simbólico para muchos hombres: ser padre no interrumpe su carrera, no cuestiona su disponibilidad ni su compromiso laboral. Al contrario, a menudo se asocia a estabilidad y madurez.

La pregunta no es por qué las mujeres renuncian, sino por qué los hombres no lo hacen.

La romantización de la maternidad y el silencio sobre el malestar

La maternidad se sigue vendiendo como experiencia plena, natural y gratificante, y cualquier malestar se interpreta como fallo individual. El cansancio extremo, la soledad, la pérdida de identidad, la ansiedad o la depresión posparto se silencian o se medicalizan, pero rara vez se politizan.

Nombrar que la maternidad duele, que agota y que muchas veces se vive en soledad sigue siendo incómodo. Porque hacerlo implica señalar una verdad incómoda: el sistema se sostiene sobre madres exhaustas y padres irresponsables amparados por la norma.

La irresponsabilidad paterna no es individual, es estructural

No se trata de demonizar a padres concretos, sino de entender que la irresponsabilidad masculina en la crianza está socialmente permitida y estructuralmente protegida. A los hombres no se les educa para cuidar, ni se les exige hacerlo en igualdad. Y cuando no lo hacen, las consecuencias no las asumen ellos, sino las mujeres.

El problema no es que “no sepan”, sino que no se les exige aprender.

Maternidad feminista: politizar la crianza

Una perspectiva feminista no idealiza la maternidad ni culpabiliza a las madres. La politiza. Exige corresponsabilidad real, no simbólica. Exige políticas públicas que sostengan la crianza. Exige que los padres asuman la crianza como responsabilidad propia, cotidiana e ineludible.

Porque criar no es ayudar.

Cuidar no es opcional.

Y la maternidad no puede seguir siendo una trampa para las mujeres.

Hablar de maternidad hoy es hablar de poder, de desigualdad y de justicia social. Y hasta que la crianza no deje de recaer mayoritariamente sobre las mujeres, no habrá igualdad posible, por mucho que el discurso diga lo contrario.

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