Negar la violencia machista: el nuevo rostro del patriarcado

Negar la violencia machista es una forma de resistencia al cambio. Es el último refugio del patriarcado herido: el discurso de la duda. Si logra convencernos de que “no es para tanto”, el poder no necesita justificar nada más.

Por Isabel Durán Báez | 11/11/2025

En los últimos años, una corriente política y mediática ha comenzado a cuestionar abiertamente la existencia de la violencia machista. No se trata de una simple discrepancia, sino de una estrategia ideológica peligrosa que busca desarmar décadas de avances feministas y reescribir la realidad para reorganizar el poder de quien nunca lo perdió.

Mientras las cifras de mujeres asesinadas crecen, los discursos negacionistas se expanden. Se habla de “violencia intrafamiliar”, de “violencia doméstica”, de “conflictos privados”. Se diluye el origen estructural del problema para presentarlo como una suma de casos aislados, sin contexto, sin sistema, sin patriarcado. Pero cada negación, cada palabra suavizada, es una forma de violencia lingüística más.

Nombrar la violencia machista es un acto político. Es reconocer que no hablamos solo de “violencia en pareja”, sino de una violencia que tiene causa, patrón y objetivo: mantener la subordinación de las mujeres dentro de un sistema patriarcal.

Llamarla de otra manera —“violencia doméstica”, “violencia familiar”— no es neutral. Es una forma de violencia contra las mujeres. El lenguaje no solo describe la realidad: la construye y la modifica. Y cuando eliminamos la palabra “machista”, eliminamos la responsabilidad del patriarcado.

La violencia de género no es producto de emociones, ni de pobreza, ni de conflictos personales. Es una herramienta de control social. Y quienes niegan su existencia, aunque no lo digan abiertamente, están defendiendo el orden que la hace posible.

Cada avance del feminismo provoca una reacción. Hoy, esa reacción adopta el rostro del negacionismo. Se presenta como una defensa de la “igualdad real” o del “sentido común”, pero su objetivo es afianzar los privilegios masculinos que el feminismo cuestiona.

El negacionismo no grita, susurra. Dice que las mujeres exageran, que los hombres también sufren, que “no todas las violencias tienen género”. Se disfraza de equidad para ocultar una agenda que busca devolver la violencia al ámbito privado, donde históricamente ha sido silenciada.

Negar la violencia machista es negar la historia: siglos de leyes que legalizaron el maltrato, de religiones que santificaron la obediencia femenina, de culturas que enseñaron a los hombres a dominar. Es borrar la memoria colectiva de las mujeres que lucharon, que resistieron, que murieron por salir de ese ciclo.

Los medios de comunicación, en lugar de servir como herramientas de concienciación, a menudo se convierten en cómplices de esta banalización. Informan de los feminicidios como si fueran sucesos, sin contexto estructural. Se repiten frases como “un hombre mata a su pareja” o “amor pasional”, ocultando que fue un asesinato para ejercer poder.

Además, los debates televisivos se llenan de voces que equiparan la violencia machista con “otras violencias”, generando confusión y desgaste social. En lugar de avanzar en políticas de prevención y educación, se retrocede hacia la duda constante: “¿Existe realmente la violencia de género?”

Pero cuando el discurso público se contamina de relativismo, lo que se debilita no es la teoría, sino la vida de las mujeres. Cada vez que se niega la violencia machista, se desprotege a las víctimas, se invisibiliza el peligro y se envía un mensaje de impunidad a los agresores.

El patriarcado actual ya no necesita gritar. Se infiltra en los discursos de la modernidad, en las redes sociales, en los programas de entretenimiento, regresa como antaño disfrazado de humor o de “opinión libre”. Se burla del feminismo, ridiculiza la denuncia y cuestiona a las víctimas.

Mientras tanto, las estructuras que sostienen la desigualdad siguen intactas:

  • Mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas cada semana.

  • Niños y niñas huérfanos, víctimas del machismo.

  • Mujeres prostituidas, violadas o explotadas como si sus cuerpos fueran mercancías.

Todo ello ocurre en una sociedad que presume de igualdad, pero que sigue funcionando sobre los cimientos del poder masculino.

¿Por qué cuesta tanto reconocerlo?

Porque aceptar la existencia de la violencia machista implica reconocer que la desigualdad no es un fallo del sistema, sino su engranaje principal. Y eso pone en cuestión privilegios, creencias y estructuras que muchos no están dispuestos a soltar.

Negar la violencia machista es una forma de resistencia al cambio. Es el último refugio del patriarcado herido: el discurso de la duda. Si logra convencernos de que “no es para tanto”, el poder no necesita justificar nada más.

El feminismo abolicionista advierte que no habrá fin de la violencia mientras exista el género como sistema jerárquico. No se trata solo de sancionar a los agresores, sino de desmantelar las condiciones culturales, económicas y simbólicas que hacen posible la dominación masculina.

Por eso, abolir la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler no es una causa separada: es parte de la misma lucha. Todas esas prácticas se basan en la idea de que las mujeres existen para ser usadas, poseídas o compradas. Y mientras esa idea siga vigente, la violencia machista seguirá encontrando legitimidad.

El debate sobre la violencia machista no es una batalla de ideas: es una batalla por la verdad. Cada vez que un político, un tertuliano o un ciudadano niega su existencia, miles de mujeres vuelven a ser silenciadas.

Nombrar la violencia machista no es dividir: es revelar la estructura del poder. Es mirar de frente al patriarcado y decirle que ya no podrá esconderse tras eufemismos.

No hay libertad posible mientras la mitad de la humanidad viva con miedo. Y no habrá igualdad real mientras sigamos discutiendo si la violencia de género “existe”.

Negarla es perpetuarla. Nombrarla, reconocerla y combatirla es el primer paso para erradicarla.

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