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El paisaje político que encuentra Machado no es el de un cambio liderado por la oposición que ella encabeza, sino el de un gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez.
Por Gabriela Rojas | 26/10/2026
El regreso a Venezuela de la dirigente opositora María Corina Machado no ha sido como ella esperaba: el gobierno interino de Delcy Rodríguez opera bajo el tutelaje de Washington y Trump celebra el status quo.
El 25 de octubre, María Corina Machado anunció su regreso al país con un escueto mensaje en X: “Estoy aquí. Con ustedes”. Tras casi diez meses fuera —salió en diciembre de 2025 para recibir el galardón en Oslo, después de un periodo en la clandestinidad— y al menos siete intentos fallidos de retorno, reapareció en una eucaristía en el santuario de la Divina Pastora, en Santa Rosa (estado Lara), rodeada de seguidores. Edmundo González Urrutia, el candidato opositor de 2024, celebró el hecho y anunció su propia intención de volver pronto. Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, lo atribuyó a las “conversaciones de reconciliación” respaldadas por Washington.
Sin embargo, el evento, que en otro contexto habría sido presentado como el cierre de un ciclo épico de «resistencia», llega descafeinado. El paisaje político que encuentra Machado no es el de un cambio liderado por la oposición que ella encabeza, sino el de un gobierno interino liderado por Delcy Rodríguez, que desde el secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 ha consolidado una relación funcional y subordinada a Washington.
El idilio Trump-Delcy y el petróleo como moneda de cambio
Tras los ataques y el secuestro que llevaron a Maduro a prisión en Nueva York, Estados Unidos optó por trabajar con Delcy Rodríguez en lugar de impulsar de inmediato a la oposición. Trump y su administración han elogiado repetidamente a la presidenta interina. Ha habido reuniones (incluida una en los márgenes de la Asamblea General de la ONU), acuerdos petroleros de gran escala —que contemplan el desarrollo de campos con decenas de miles de millones de barriles, inversiones multimillonarias y un flujo significativo de crudo hacia Estados Unidos— y un restablecimiento de relaciones diplomáticas. Trump ha hablado de una “gran relación”, de que Venezuela “está ganando mucho dinero para su gente”, de que el país es “feliz” y de que “nos está yendo realmente bien”.
La frase se repitió el mismo día del regreso de Machado. Preguntado por periodistas, Trump declaró que no sabía nada del retorno, que ella es “una mujer muy agradable” (recordando que le entregó la medalla del Nobel), que espera que esté a salvo y, de forma inmediata, que “nos está yendo realmente bien en Venezuela”. En otras ocasiones ha llegado a hablar de control o dirección estadounidense sobre aspectos clave del país y de “acceso total” a recursos, especialmente energéticos. Analistas y reportes describen un tutelaje de facto: Washington prioriza estabilidad, flujo petrolero y una transición gradual sobre un cambio abrupto de poder. Delcy Rodríguez ha respondido con pragmatismo, promoviendo reformas en hidrocarburos y manteniendo el aparato institucional chavista adaptado al nuevo marco.
Machado fuera del juego principal
Machado entregó su medalla del Nobel a Trump en enero de 2026 como gesto de reconocimiento por el secuestro de Maduro. Trump ha dicho en momentos que le gustaría involucrarla, pero desde el principio señaló que carecía del apoyo y respeto internos necesarios para liderar de inmediato. El plan de tres fases de la administración (estabilización, recuperación económica con acceso preferente para empresas estadounidenses y, más adelante, transición política) se ha ejecutado principalmente con el gobierno de Delcy Rodríguez y sectores de la oposición que participan en las mesas de diálogo en Caracas, no con el núcleo duro liderado por Machado y González. Ella misma ha criticado en entrevistas recientes (como la publicada por The New York Times) haber quedado excluida de negociaciones clave y ha insistido en “terminar la tarea” de una democracia plena.
Su regreso, posible gracias a las condiciones creadas por el diálogo respaldado por EE.UU., no altera el eje central de poder actual. Trump no lo celebró como un hito decisivo; lo minimizó y reafirmó la satisfacción con el arreglo vigente. Sectores de la oposición ven en el retorno un intento de medir fuerza de calle y presionar por un calendario electoral más claro, pero el contexto es el de una Venezuela donde el sometimiento pragmático del interinato a los dictados de Washington —petróleo a cambio de estabilidad y reconocimiento funcional— ha desactivado la narrativa de ruptura total.
En resumen, lo que pudo ser un regreso cargado de «épica» se presenta hoy como un episodio dentro de un proceso tutelado. El gobierno de Delcy Rodríguez ha aceptado el marco impuesto por Estados Unidos, Trump lo califica de exitoso y Machado, pese a su popularidad y capital simbólico, opera en un tablero donde ya no es la apuesta prioritaria de Washington. El desenlace de la transición dependerá menos de su presencia física que de hasta dónde el arreglo petrolero y de estabilidad que funciona para ambas partes esté dispuesto a ceder terreno a elecciones libres y una renovación real del poder.
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