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Nuestros compañeros Jayro Sánchez y Guadi Calvo conversaron sobre los grandes temas de la geopolítica actual, recorriendo desde Ucrania a Venezuela, y desde Palestina al Sahel.
Por Jayro Sánchez | 1/02/2026
Guadi Calvo (Buenos Aires, 1955) es un periodista argentino. Sus artículos, profundos y críticos, versan sobre regiones marginadas por los grandes medios de comunicación. Ha colaborado con diversas plataformas periodísticas alternativas, como la ALAI, y siempre se ha esforzado por llamar la atención sobre cuestiones complejas y calladas. Hoy, charlamos con él sobre algunos de los asuntos que más acucian al conjunto del planeta.
Hace casi cuatro años que Rusia invadió Ucrania, un acto que ha provocado el surgimiento y la reanudación de guerras civiles e internacionales en todo el mundo. Aunque Occidente siempre ha afirmado que la derrota de Moscú sería rápida y fácil, la contienda prosigue en Europa. ¿Su lectura del carácter del conflicto ha sido equivocada o interesada?
Europa ha perdido el norte. Lleva siendo el patio trasero de los Estados Unidos desde 2013. En especial, hemos podido observar su sumisión tras la caída del Gobierno del presidente ucraniano Víktor Yanukóvich, que fue orquestada en 2014 por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, en sus siglas en inglés) estadounidense y el Mossad israelí.
Los líderes de la Unión Europea (UE, en sus siglas en español) vieron en este acontecimiento la oportunidad definitiva para atraer a Ucrania a su órbita. De hecho, intentaron introducirla en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) con el objetivo de seguir acercando sus fronteras y misiles al territorio ruso. Y, para ello, alentaron a los grupos fascistas ucranianos estructurados durante las revueltas contra Yanukóvich a tomar el poder.
Lo que no previeron fue la decidida respuesta de la población de las regiones rusófonas del país, que sabía de sobra cuál era la disyuntiva ante la que se hallaba: o se aliaba con sus vecinos, o se resignaba a padecer todo tipo de abusos. Entre ellos, el del genocidio.
Pocos investigadores y periodistas han hablado con rigurosidad sobre el tema. Como bien dices, el Estado ucraniano ya estaba inmerso en una campaña política y militar contra parte de su propia ciudadanía con anterioridad a la intervención rusa. Esta se produjo después. ¿Por qué?
Moscú lo dejó claro hace décadas: Ucrania era una línea roja que Occidente no podía cruzar. En 1990, el secretario de Estado del expresidente George H.W. Bush, James Baker, se comprometió a impedir que la OTAN se expandiera hacia el Este si el líder de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, aceptaba la reunificación de Alemania.
Pero EE. UU. y sus aliados no cumplieron con su palabra. Aprovecharon el derrumbe del entramado institucional soviético y sacaron ventaja del caos subsiguiente para establecer a sus tropas en casi toda la Europa Oriental.
Con el final de la presidencia de Boris Yeltsin en la Federación Rusa, su primer ministro, Vladimir Putin, llegó al poder. El nuevo mandatario revivió la economía nacional e inició una guerra contra las mafias y los oligarcas corruptos nacidos bajo la irrupción del capitalismo en el Este.
Así, Rusia volvió a cobrar conciencia de su posición en el mundo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no podía tolerar ni una afrenta más de Occidente. Y la incorporación de Ucrania a la OTAN lo es, en tanto en cuanto pone en riesgo la existencia del Estado ruso.
En febrero de 2014, Yanukóvich huyó de su país después de que 108 personas murieran durante las manifestaciones del Euromaidán. Pocos días antes fue filtrada una llamada telefónica en la que dos altos funcionarios estadounidenses establecían quién debía gobernar la nación cuando este hubiera sido depuesto. ¿Cuál fue el papel de Estados Unidos en las protestas?
Se sabe que Washington D.C. las financió a través de la CIA y de su embajada en Kiev. El Gabinete ucraniano fue derrocado por la presión externa. Desde entonces, se han producido y se están produciendo concentraciones de igual o mayor calado que las del Maidán en diferentes lugares.
Mira EE. UU., donde el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, en sus siglas en inglés) reprime, intimida y asesina con brutalidad a la gente. O Irán, o Bangladesh. ¿Por qué las cosas no terminan de estallar allí? Los manifestantes no pueden derribar a sus Gobiernos sin planes, dinero ni apoyo diplomático y mediático externo.
En cambio, si esos hechos tuvieran lugar en Cali, Sao Paulo o Morelia, ¿qué resultados crees que obtendrían? Yo estoy seguro de que provocarían la destitución de Gustavo Petro, Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum.
«El principal empeño político de Kiev fue el de anular los derechos y la autonomía de la población rusófona en Ucrania»
¿Los estadounidenses influyeron en la formación de los posteriores Ejecutivos ucranianos y en la orientación de sus políticas?
Claro. Tras el golpe contra Yanukóvich, la situación del país seguía siendo la misma. Sin embargo, y seguro que por causalidad, las protestas se calmaron de inmediato. Su primer sucesor fue Oleksandr Turchínov, un neoconservador que no dudó en arrodillarse ante la ultraderecha.
Y a él lo siguió Petró Poroshenko, un pragmático magnate cuyo imperio económico se extendía desde el sector de la fabricación de chocolate hasta el de la venta de armas. Su única meta era ganar el máximo dinero posible a cualquier precio, así que no dudó en incluir en su Gobierno a gente salida de las tres principales organizaciones neonazis ucranianas: el Batallón Azov, Pravy Sektor y Svoboda.
Para que te hagas una idea de su carácter, estos grupos siguen venerando a Stepán Bandera, un dirigente ultranacionalista ucraniano colaborador de los nazis y exterminador de su propio pueblo.
Desde ese momento, el principal empeño político de Kiev fue el de anular los derechos y la autonomía de la población rusófona en Ucrania. El hecho de que Rusia se dispusiera a protegerla le dio la excusa perfecta para transformarse en el ariete de Occidente contra ella. Y eso que sus supuestos amigos de la UE y la OTAN siempre habían despreciado a los ucranianos, pensando que solo producían trigo, mafias y prostitutas.
Aun así, Ucrania se ha conformado con ser la pared contra la que el Departamento de Estado de EE. UU. quiere desgastar la cabeza del martillo ruso. Y lo está pagando con cientos de miles de muertos, la destrucción de su infraestructura y la fragmentación de su sociedad. Ahora mismo, gracias a los «favores» armamentísticos de sus amigos occidentales, es el segundo país más endeudado en el mundo con el Fondo Monetario Internacional (FMI, en sus siglas en español).
En la llamada telefónica que te comentaba, la entonces subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos y Euroasiáticos de los Estados Unidos, Victoria Nuland, afirmaba que la intervención de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Ucrania favorecía sus intereses y ponía en cuestión los de la UE. ¿Existían matices entre las posturas de ambos aliados?
Si nos atenemos a la realidad, las prioridades de Europa pocas veces han coincidido con las de Washington en los últimos años. Sin embargo, la primera siempre mira por sus amigos americanos antes que por ella misma.
En agosto de 2013, EE. UU. amenazó con bombardear Siria después de provocar un ataque químico de falsa bandera sobre el barrio damasceno de Guta. En él, murieron más de 1.500 civiles. Rusia, que sabía que la injerencia de otras potencias complicaría la tarea de mantener en el poder a su aliado Assad, advirtió que obraría en consecuencia y consiguió evitarlo.
Ese era el primer gesto que hacía para recuperar su tradicional rol geopolítico desde que el Ejército Rojo se retiró de Afganistán en 1989. Y este venía a significar el fin de la unipolaridad estadounidense. Fue en ese instante cuando Europa tomó conciencia de que solo podía aspirar a ser el palafrenero de EE. UU., una actitud que reiteró en la crisis del Maidán.
El actual presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, llegó al poder en 2019 con la promesa de poner fin a la guerra que Kiev estaba llevando a cabo en la Ucrania oriental. No obstante, su discurso ha ido variando a lo largo de los años hasta llegar al punto de pedir la entrada de su Estado en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). ¿Qué fue lo que le hizo cambiar de opinión?
Es cierto que Zelenski ganó las elecciones de 2019 con esa intención. Recién asumido su cargo, viajó al este del país y, a pesar de su condición de judío, fue recibido por los grupos fascistas que operaban allí. Casi por arte de magia, y quizá porque se le amenazó con repetir otro Euromaidán apoyado por Washington, olvidó la idea de la paz.
Para los neonazis ucranianos y sus aliados estadounidenses, el fin último de su presencia en las regiones orientales siempre ha sido el de presionar la frontera rusa.
Respecto a Zelenski, hay que recordar que la única profesión que ha ejercido antes de asumir la presidencia del Estado ha sido la de cómico. De hecho, su candidatura fue una payasada más. Y, con seguridad, la de peor gusto. Su preparación para afrontar responsabilidades en situaciones tan graves es nula, y así lo está demostrando.
«Recuerdo haber visto con mis propios ojos cómo grababan la crucifixión de un miliciano del Donbás»
A lo largo de las últimas preguntas has mencionado un tema de especial importancia en relación con la contienda ucraniana: el de la participación de grupos nazis en ella. ¿Está demostrada, o solo es un rumor generado por la propaganda rusa?
Las pruebas son contundentes. Dejando aparte la gira del presidente ucraniano, los fascistas han dejado un rastro documental de sus acciones subiendo imágenes y vídeos a sus redes sociales. En ellos se mostraban torturas, ejecuciones y otras bestialidades. En particular, recuerdo haber visto con mis propios ojos cómo grababan la crucifixión de un miliciano del Donbás.
Sabemos también de dónde extraen estas organizaciones a sus reclutas: de las bandas callejeras y delincuenciales, y de entre los ultras de varios equipos de fútbol, como el Dínamo de Kiev o el Metalist de Járkov. Todos ellos han sido integrados sin problemas en unidades de la Guardia Nacional.
Los Gobiernos y los medios de comunicación occidentales acusan al presidente ruso, Vladimir Putin, de ser un dictador y de tener intenciones agresivas contra un bloque de países que ellos entienden que representa a la «civilización europea» frente a la «barbarie rusa». ¿Cuál es tu opinión sobre estas afirmaciones?
En la historia reciente, ¿cuándo ha atacado Rusia a otro país sin amparar su acción en el principio de autodefensa? Incluso su intervención en Afganistán fue por dos motivos que, en principio, eran bastante razonables: el apoyo a un Gobierno amigo y la errónea lectura que hizo el Kremlin de la Revolución iraní de 1979.
Desde un punto de vista personal, a estas alturas de mi vida, y sin temor a arrepentirme, digo que soy un descreído de la democracia porque las nuevas tecnologías la pueden manipular según los antojos del cliente. El resto es fantasía.
Hagamos una lista de presidentes que han llegado por la vía democrática a las instituciones: Donald Trump, Narendra Modi, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Mauricio Macri, Carlos Menem, José Antonio Kast, Daniel Noboa, Shehbaz Sharif, Silvio Berlusconi…
Todos fueron elegidos, pero ¿eso significa que fueran o sean demócratas? Putin encontró el Estado más grande del mundo, con una población de cerca de 150 millones de personas, al borde de la disolución. Acechado desde casi todas sus fronteras, estaba gobernado por cárteles y mafias.
Y en un cuarto de siglo, después de superar varias guerras y de acabar con su absoluto descontrol, lo ha convertido en la tercera potencia mundial. Esa no ha sido una labor de colegial.
¿Cuál de los jefes de Estado señalados más arriba ha hecho por su país lo que Putin por el suyo y apegándose, como lo ha hecho él, a las leyes?
La figura de Zelenski ha sido dulcificada en Occidente como la de un héroe popular que resiste con enorme valor la agresión de un tirano de mayor poder que él. No obstante, ha ilegalizado a sus opositores políticos y se escuda en la ley marcial para no convocar unas nuevas elecciones presidenciales. ¿Se trata de un hombre íntegro o de un oportunista sediento de poder?
El presidente ucraniano ha sido y sigue siendo un payaso, un monigote de la Casa Blanca que se somete a las humillaciones de Donald Trump como un sadomasoquista de manual. El atractivo slogan de su campaña como mendicante internacional se ha deslucido. Él nunca ha ido ni irá al frente.
Además, no ha dudado ni un segundo en hacer lo que fuera necesario para perdurar, ni siquiera cuando ha estado a punto de arrastrar al planeta a una guerra nuclear.
Hace menos de un mes que EE. UU. llevó a cabo un operativo militar ilegal sobre suelo extranjero para detener al presidente venezolano: Nicolás Maduro. Muchas personas intentan comparar por una u otra razón esta violación del derecho internacional con la cometida por Rusia en Ucrania. ¿Pueden hacerlo?
La operación rusa ha sido un acto desesperado de defensa propia. Incluso hay expertos que opinan que Moscú debería haberla ejecutado mucho antes y de manera concluyente para no dar a Kiev la oportunidad de reaccionar. Esas voces no se equivocan. La guerra hubiera sido más breve y hubiera habido menos muertes.
Lo de Trump en Venezuela ha sido un exabrupto más del azafranado empresario. Nunca le han importado un pimiento las leyes internacionales. Hace décadas que estas se encontraban heridas de gravedad, y las han terminado de asesinar con lo que ocurre en Gaza. El mundo ha entrado en una nueva Edad Media en la que cada reyezuelo hará lo que quiera con el resto del globo.
«El expresidente venezolano y su camarilla de traidores son lo peor que le ha pasado a la izquierda latinoamericana»
El presidente estadounidense ha acusado de manera repetida a Maduro de ser el líder de una organización de narcotraficantes, el cártel de los Soles, y al Gobierno venezolano de no tener legitimidad democrática. ¿Es cierto?
La Revolución Bolivariana naufragó desde la muerte de Chávez como mínimo. Dos personas tienen la responsabilidad de ello: el propio comandante, quien no quiso o no supo crear un digno sucesor, y Maduro, que intentó aferrarse al poder en vez de pasar al lugar en el que fuera más útil para su pueblo.
El expresidente venezolano y su camarilla de traidores, que lo ha entregado y se ha alineado con Trump incluso antes que María Corina Machado, son lo peor que le ha pasado a la izquierda latinoamericana. Han dado pasto a las bestias que hoy amenazan al continente.
Nuestras naciones han tenido grandes líderes. Fidel, el Che, Allende, Lula… ¿Cómo se ha podido degradar la talla de estos hombres hasta el punto de llegar a aceptar a Maduro como a uno de sus iguales? Con Venezuela hemos perdido una oportunidad. Y pasarán muchos años antes de que volvamos a tener una semejante.
La pobreza allí, de la que tantos de sus habitantes se quejan, es un hecho indiscutible. ¿A qué se debe?
Hay múltiples factores que la explican, aunque estoy lejos de ser un economista para dar una opinión sustanciada sobre el tema. Si es verdad que los oponentes internos y externos del pueblo venezolano han jugado mucho en el empeoramiento de la situación. No obstante, hay que reconocer que no estamos hablando del bloqueo al que se ha sometido a Cuba.
Yo conocí muy bien la Venezuela anterior a Chávez. Y seguí visitándola hasta el 2004 o 2005. Es cierto que habían pasado muy pocos años desde que el comandante había ganado las elecciones, pero no registré cambios sustanciales en la manera de hacer las cosas.
Me pareció preocupante la gran corrupción policial. Los agentes iban a cualquier comercio vestidos de uniforme y en vehículos oficiales, arramplando con todo lo que querían. Una tarde, desde la ventana de la casa donde me alojaba, vi a varios oficiales llevándose prostitutas de un burdel como si fueran botellas de cerveza. Jamás presencié cosas similares en Cuba. Allí, la dignidad flotaba en el aire.
También tenemos que considerar que, desde la llegada de Maduro al Gobierno, entre 8 y 9 millones de venezolanos han abandonado su patria. No creo que todos lo hicieran por cuestiones políticas. La economía influyó, y los grandes bolsones de corrupción no eran solo un argumento de la oposición. No sería justo encubrir al expresidente, ya que, por acción u omisión, ha traicionado la revolución.
Muchos exiliados venezolanos han celebrado la caída del madurismo. Lo que no esperaban era que Trump dejara a sus más importantes colaboradores en el poder. A pesar de ello, los hermanos Rodríguez y los ministros Vladimir Padrino y Diosdado Cabello siguen manejando los hilos en Caracas. ¿Cómo es posible?
Porque sus opositores son una pandilla de inútiles. Ni siquiera han sido capaces de aprovechar la pésima gestión de Maduro. Asimismo, los nuevos gobernantes han sido rápidos y han negociado con los yanquis para quedarse con la administración y no ser investigados por corrupción.
¿El petróleo es lo único que le interesa a Donald Trump de Venezuela?
Por supuesto que no. Es uno de los países más ricos de Latinoamérica. Posee grandes acuíferos y todo tipo de minerales. Además, es la puerta de entrada al subcontinente sudamericano y tiene fronteras terrestres con las dos naciones más conflictivas de la región para EE. UU.: Colombia y Brasil.
«Los palestinos fallecidos en la ofensiva son muchos más que los que confirman los medios y las organizaciones de derechos humanos»
Otra crisis internacional que se ha querido comparar de forma desacertada con la de Ucrania es la de Palestina. En octubre de 2025, después de destruir la Franja de Gaza y de asesinar a más de 70.000 palestinos, el Gobierno de Israel firmó un alto el fuego que no ha respetado. Sus enemigos de Hamás son incapaces de medirse con él en términos militares. ¿Por qué no cesan sus matanzas?
Acabar con lo que queda de Gaza y Cisjordania es el objetivo último de los sionistas. En cuanto completen su ocupación de Palestina, se anexionarán Siria, el Líbano, Jordania y partes de Arabia Saudita y Egipto. Derramarán toda la sangre que sea necesaria para ello.
Los palestinos fallecidos en la ofensiva son muchos más que los que confirman los medios y las organizaciones de derechos humanos. ¿Por qué crees que los israelíes no quieren limpiar los restos de los edificios destruidos, sino empujarlos directos hacia el mar? Intentan disimilar la matanza.
Trump está inmiscuido por completo en ello, dado que su yerno, Jared Kushner, acaba de presentar el plan que convertirá a Gaza en una simulación de la Costa Azul francesa, poniendo fin a la existencia de Palestina.
Después de ignorar durante mucho tiempo los crímenes cometido por su aliado en Oriente Medio, EE. UU. ha convencido al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, para que se una a la Junta de Paz que se encargará de administrar la Franja en el futuro. ¿Puede y debe estar el principal responsable del genocidio del pueblo palestino en un órgano de esas características?
Netanyahu evaluará a su tiempo si acepta o no la invitación de Trump. Desde el mismo inicio de su existencia, Tel Aviv ha ignorado por completo a la ONU y al resto de entidades internacionales que protestaban contra sus graves acciones. La Junta de Paz, siendo cada día más dudosa la continuidad del presidente estadounidense en el poder, representa un ancla al cuello para los sionistas. No creo que se pillen las manos con ella.
Se supone que algunos países de la zona, como Marruecos, Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos, serán también miembros de ese organismo. ¿Tolerarán que se pisoteen los derechos de sus hermanos étnicos por sus propios intereses regionales y geopolíticos?
Los tres Estados que nombras son los más corruptos, despóticos y seguidistas con las políticas estadounidenses de todo el mundo árabe y musulmán. Todos ellos han pactado con Israel y traicionado la causa palestina.
Marruecos es el que lo ha hecho de forma más reciente al firmar los Acuerdos de Abraham (2020), normalizando sus relaciones con los sionistas a cambio de que Washington reconociera su soberanía sobre los territorios de la República Árabe Saharaui (RAS), los cuales ocupa sin legitimidad desde 1975.
Por su parte, los Emiratos se han convertido en la marioneta de los israelíes, e intervienen en todos los conflictos en los que estos no pueden ingresar con oficialidad. Véanse los ejemplos de Sudán, Yemen o Etiopía.
Rusia ha aceptado su membresía dentro de la Junta. ¿Es una manera de limar asperezas con Trump y de comenzar las negociaciones para llegar a un acuerdo de verdad en Ucrania?
Tanto Putin como su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, son excepcionales jugadores de ajedrez. Jamás tocan una pieza sin tener asegurada la jugada, por lo que puede que estén haciendo lo que tú dices.
Aunque para mí, lo que pretenden los rusos es profundizar la grieta entre los aliados occidentales. Ten en cuenta que países de segundo orden a nivel global, como Francia y el Reino Unido, le han faltado el respeto a Moscú. Y tengo mis dudas de que Putin no se va a cobrar ese atrevimiento, ya sea a corto o a largo plazo.
«El verdadero problema de Al Golani es que muchos de sus hombres son muyahidines fanáticos que lo han arriesgado todo en su yihad contra Occidente y los judíos»
El mundo afronta otros desafíos en Oriente Medio. Después de 13 años de guerra civil y del derrocamiento de los Al Assad, el régimen islamista y proturco de Ahmed al Sharaa afronta la tarea de configurar el nuevo Estado sirio y reconstruir un país que ha quedado en ruinas. ¿Será capaz de pasar esa prueba?
Al Sharaa ha sido ascendido a la presidencia de Siria por EE. UU. e Israel. Ha cometido crímenes espantosos como emir del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés) y ha conducido a las hordas de fanáticos que lo seguían a una guerra de demolición. Pero Occidente lo ha recibido como a un verdadero héroe, dado que lo necesita allí para proteger las espaldas de Israel en el Golán y contener a Turquía.
Está claro que va a tener recursos a su disposición. El verdadero problema de Al Golani, que es su antiguo nombre de guerra, es que muchos de sus hombres son muyahidines fanáticos que lo han arriesgado todo en su yihad contra Occidente y los judíos. Y ahora que han ganado la guerra, ¿por qué van a convertirse en los meros guardias de seguridad de los intereses sionistas y norteamericanos?
Las matanzas contra las minorías religiosas sirias que se han producido a lo largo del 2025 son un aviso para el propio Al Golani, más que para Washington.
¿Crees que el nuevo líder sirio tendrá el talante y el poder necesarios para edificar una democracia en las que sus antiguos enemigos posean los mismos derechos que sus amigos y seguidores?
Al Sharaa tiene las cualidades básicas para ser un gran político burgués: pragmatismo y estómago para traicionar cualquier alianza anterior. No tengo dudas respecto a que sería muy capaz de construir la democracia que Washington le pida y que los israelíes toleren si no es derrocado en el proceso.
Más al este, Irán hierve por el autoritarismo de los ayatolás, la crisis económica y el crecimiento del poder de Israel y EE. UU. en la región. La revolución religiosa de los chiíes parece correr un gran peligro. ¿Sobrevivirá a las circunstancias?
A lo que tendrá que resistir es a Washington y Tel Aviv, que, sin duda, están detrás de las revueltas. Es obvio que estas tienen una base genuina motivada en la crisis económica y el bloqueo estadounidense, y quizá también en la estricta presencia de la religión en la vida cotidiana.
El caso es que, frente a las grandes manifestaciones antigubernamentales, se producen otras tantas de apoyo a sus líderes. Estamos hablando de un escenario propicio para iniciar una guerra civil en la que el Mossad y la CIA ya estarán trabajando.
Al sur de la península arábiga, Yemen se revuelve de nuevo con las luchas entre el Gobierno hutí de Saná y las fuerzas locales financiadas por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. El gran enfrentamiento geopolítico entre las dos principales corrientes islámicas parece darse en un país inmerso en una de las más graves crisis humanitarias del planeta. ¿Quién ganará la contienda?
Es demasiado pronto para decirlo. Pero la unidad entre Riad y Abu Dabi no es tal. Cada uno de sus Gobiernos tiene diferentes intereses. Hace algunas semanas, los sauditas bombardearon el puerto yemení de Al Mukalla, donde los emiratíes acopiaban armamento para sus amigos locales.
Hay una carta del juego en Yemen que todavía está tapada. Israel podría ocupar en un futuro Somalilandia, sobre el golfo de Adén. ¿Qué pasaría entonces? ¿Cómo reaccionarían Turquía, Egipto y Etiopía a ese movimiento?
«El mayor problema de Occidente en África es la Alianza de Naciones del Sahel»
Si hace diez años, las grandes potencias del mundo se alarmaron ante la creciente fuerza del yihadismo en el Levante mediterráneo y la antigua Mesopotamia, hoy deberían vigilar su flanco sur en el Sahel africano. Allí, el Grupo de Defensa del Islam y los Musulmanes (JNIM, en sus siglas en francés) y la rama local del Estado Islámico se organizan y arman a la espera de una nueva oportunidad…
Este conflicto ya está en pleno desarrollo. Bamako, la capital de Mali, está sitiada por los terroristas. Los ataques en el norte de dicho país y en el territorio de los vecinos Níger y Burkina Faso se suceden a diario.
El mayor problema de Occidente en África, dejando de lado la creciente presencia de China y Rusia, es la Alianza de Naciones del Sahel (ANS, en sus siglas en español). Está conformada por los tres países que he mencionado, que es donde con más impunidad han actuado los terroristas estos últimos años.
Ya sabemos que Francia y EE. UU. están intentando derribar a los nuevos Gobiernos anticolonialistas del continente para evitar que otros se sumen a su sociedad.
En particular, el Gabinete burkinés del capitán Ibrahim Traoré está demostrando al resto de sus homólogos que se pueden tomar medidas para acabar con el subdesarrollo económico, la inseguridad y el neocolonialismo que han asolado la región en los últimos tiempos. ¿Todavía existe una esperanza para África?
Es algo que nadie puede predecir. La situación es la que es: 54 países, 1.400 millones de habitantes, multitud de etnias, religiones y culturas, índices pavorosos de pobreza y corrupción, cuantiosas riquezas, guerras trágicas, terrorismo y los intereses cruzados de Occidente, China y Rusia. No puede haber una mezcla más confusa para dar respuesta a la incógnita que formulas.
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