Luz Bustén: ‘Nos enfrentamos a la burocracia y a los negocios millonarios que hay detrás del cuidado de los ancianos’

Bustén explica que una de las mayores dificultades para tratar la soledad involuntaria es la falta de apoyo estatal. / NR.

Entrevistamos a Luz Bustén, impulsora de una asociación que busca acabar con la soledad no deseada entre las personas mayores.

Por Jayro Sánchez | 6/11/2025

Luz Bustén (Sabana Grande de Boya, 1975) es auxiliar de enfermería y una de las creadoras de la Asociación Misioneros Avancen las Yayas, un organismo volcado en acabar con la soledad no deseada entre las personas mayores de España y Latinoamérica. Hablamos con ella sobre su labor de voluntariado y el abandono al que son sometidos los ancianos por parte de las sociedades contemporáneas.

Eres una de las fundadoras de la ‘Asociación Misioneros Avancen las Yayas’. ¿Qué te llevó a crear la organización?

Un problema personal. Justo antes de la pandemia tuve una profunda depresión. Ya había criado a mis hijos y construido mi vida, y pensaba que no tenía nada más que hacer en el mundo. Sentía una enorme soledad y la necesidad de tener un proyecto vital.

Lo encontré en esta institución, que nació con un lema muy claro: «Sin abuelos no hay hijos y sin hijos no hay nietos». Queremos devolver a los mayores el lugar que se merecen, porque ellos son la raíz de todo.

Dedicáis vuestro tiempo a atender a ancianos que se encuentran en situación de soledad involuntaria. ¿Hay alguna manera de aliviar su sufrimiento?

Claro. Los mayores no necesitan muchas cosas. Si les prestas atención, los escuchas y les dedicas tiempo de calidad, les haces sentir que son una parte importante de tu vida.

¿Cómo es vuestro trabajo diario?

Acompañamos a estas personas y compartimos muchas horas con ellas. Realizamos visitas, talleres, cafés y actividades en los lugares que habitan. Queremos devolverles la ilusión y las ganas de vivir. Muchas veces se quejan de que ya no valen para nada, pero nosotras estamos presentes para que se convenzan de que todavía cuentan.

¿Os encontráis con dificultades a la hora de desarrollar vuestra labor?

Sí. En ocasiones, los abuelos se muestran desconfiados, ya que no creen que pueda haber gente que les dé cariño y atención de forma desinteresada.

También debemos enfrentarnos a la burocracia y a los negocios millonarios que hay detrás del cuidado de los ancianos.

Por eso registramos nuestra asociación en el Ministerio del Interior y evitamos recibir subvenciones del Estado. Para que todos los que quieran formar parte de las Yayas hagan su trabajo con empatía y desde lo más hondo del corazón, sin buscar beneficios materiales.

¿Necesitáis algún tipo de formación para llevar a cabo vuestros planes?

Por supuesto. Todos los voluntarios tenemos como mínimo una titulación que acredita nuestra capacidad para atender a las personas mayores. De hecho, nuestro equipo cuenta con auxiliares de enfermería, gerocultores y otros profesionales que dedican algo de su escaso tiempo libre a promover su bienestar.

«Vivimos en una sociedad tan acelerada y exigente que no nos deja compartir tiempo de calidad con nuestros mayores»

¿Los abuelos son los únicos que sufren al verse abandonados y maltratados?

Desde luego que no. No creo que ningún hijo o hija esté preparado para dejar a su padre o a su madre viviendo solos o en una residencia cuando ya no pueden valerse por sí mismos. Lo que ocurre es que vivimos en una sociedad tan acelerada y exigente que no nos deja compartir tiempo de calidad con nuestros mayores.

Tampoco estamos preparados para enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer. Estas afecciones no solo destruyen a quienes las padecen, sino a sus familias y cuidadores.

¿Qué relación tenéis con los ancianos a los que atendéis?

El paso del tiempo crea un vínculo emocional. Eso es bueno. La empatía y el cariño son necesarios para poder cuidarlos lo mejor posible. Y, como te contaba, cuando uno de ellos está enfermo, son aún más imprescindibles, ya que hay que hacerles una compañía y un seguimiento más exhaustivos y personales.

¿Y con sus parientes?

Me gustaría decir que somos un apoyo para ellos. Una tranquilidad. Pasamos el tiempo que haga falta con sus mayores y, además, buscamos que sea de calidad. Y eso es porque vemos este proyecto como algo que nos ha dado vida, no como un negocio.

¿Crees que la sociedad valora de manera positiva el servicio que prestáis los cuidadores de personas mayores?

Si te soy sincera, existen dos tipos de acompañadores. Por un lado está el privado, que es pagado para atender a tu padre o a tu madre. Pero, por otro, existe el familiar. Este es el que, desde mi punto de vista, necesita más ayuda.

Es una persona que sufre soledad, que se aísla del resto de su círculo para apropiarse de una responsabilidad que debería ser del Estado y de los políticos. Habrá gente que se pregunte por qué digo eso último. Bueno, la respuesta es muy sencilla: los abuelos han llenado sus cuentas con el dinero de sus impuestos durante toda su vida laboral.

Y, a pesar de las campañas de propaganda de las instituciones sobre su eficiencia en el acompañamiento, los que trabajamos en el sector sabemos que estas apenas actúan en él. Es cierto que aprueban leyes y planes. Sin embargo, o no los ejecutan o tardan demasiado en hacerlo.

«Nadie quiere ir a trabajar a las residencias de pueblos pequeños por la falta de transporte y la dureza de los turnos»

¿Cuál es la realidad física y emocional de los ancianos a los que ayudáis?

Complicada. La mayoría de las residencias donde trabajamos son las que, en nuestro oficio, se conocen como «de paso». En otras palabras, las que son más pequeñas y económicas. Allí, la principal dificultad reside en la falta de personal. Hay 3 cuidadores para 50 o 60 abuelos.

La falta de atención digna no es culpa del personal ni de la residencia. El problema es que nadie quiere ir a trabajar a esos lugares, porque solo hay autobuses que pasan cada 2 horas y los turnos son muy duros.

¿Se podría considerar la soledad como una enfermedad?

En la actualidad, es una dolencia muy grave y una de las primeras causas de suicidio en España. Aunque de esto no se habla porque, como dice el refranero español: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

Lo más peligroso de la soledad es que es invisible. A veces, los mayores ni siquiera son conscientes de que la sufren. Solo se preguntan por qué sus hijos los han llevado a una residencia y por qué no tienen tiempo para estar con ellos.

¿La soledad involuntaria de los ancianos es un problema en España?

Las estadísticas del Observatorio Demográfico de la Fundación Universitaria San Pablo CEU nos lo confirman. Uno de cada nueve españoles de entre 69 y 78 años vive solo, y no es porque no tenga hijos. Es que sus familiares tienen hipotecas que pagar, trabajos a los que ir y niños a los que cuidar.

No se puede culpar a las familias, pero sí al Estado, ya que no destina recursos a los servicios sociales para mejorar la atención a los mayores.

En cuanto al negocio de las residencias, las grandes multinacionales son empresas millonarias que cuidan a los abuelos sin dignificarlos. Sus empleados solo van a hacer su trabajo. Tienen órdenes de no detenerse a comprobar si la señora Rosa está más triste hoy que ayer. No tienen tiempo para sentarse con ella, leerle un libro, preguntarla cómo fue su vida, si amó a su marido o cuántos hijos tiene.

Y, si eso pasa en un centro con medios, imagínate lo que ocurre en uno de pueblo que solo tiene tres auxiliares, una enfermera y un médico.

¿Vuestro objetivo es suplir esas carencias?

Eso es. Nos gustaría conseguir más afiliaciones para poder prestar una mejor atención. Si alguien está interesado, solo pedimos una cantidad simbólica para poder gestionar los gastos que genera la actividad humanitaria de la asociación.

No solo animamos y acompañamos a los ancianos. Por ejemplo, activamos sus citas médicas y los llevamos a los especialistas. Incluso vigilamos, con el permiso legal de sus parientes, que no sean vejados en ningún sentido.

¿Los mayores son los que más sufren la soledad?

Así es.

¿Por qué?

Porque no pueden adaptarse a la tecnología. Tienen que estar sentados en un sofá, viendo programas que no les gustan y asumiendo que sus nietos no van a escuchar lo que les digan porque encuentran más atractivos sus móviles que sus temas de conversación. Eso les genera un sufrimiento.

«Los Estados de la Europa Central son previsores con sus ancianos y piensan en su jubilación»

¿Hay otros países en los que se gestiona mejor esta realidad?

Son muchos, sobre todo en Europa Central. Mi hermana vive en la ciudad suiza de Basilea, donde desde hace más de 15 años hay calles enteras donde viven personas mayores que tienen cuidados atencionales. Es algo que aquí todavía se está implementando.

Esos Estados son previsores con sus ancianos y piensan en su jubilación. Aquí, la gente tiene que dejar de trabajar a los 67 años porque se ve forzada a adquirir deudas y préstamos.

¿Qué puede hacer la sociedad para mejorar la situación de los mayores?

Si cada uno de nosotros pusiera un poco de su parte y prestara más atención a los mayores que tenemos alrededor, habría un gran cambio a mejor.

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