Los sueños palestinos detrás del muro

Mientras seguimos las horas de Shada y Ahmed, la directora nos muestra las carencias de casi todo en Palestina, la fragilidad del sistema de salud, la falta de agua potable y los cortes de suministro eléctrico, el desempleo

Por Angelo Nero

La periodista Elena Herreros, que ha recorrido las redacciones de RTVE, CNN, Cuatro y La Sexta, y ha colaborado con Diario.es, Huffington Post, El Plural y Nueva Tribuna, dirigió en 2015, el documental “Dreams Behind the Wall”, donde siguió los pasos de la vida cotidiana de Shada y Ahmed, dos niños palestinos, de siete años, que viven en los convulsos escenarios de Gaza y Cisjordania, rodeados por muros de silencio e incomprensión, por parte de la comunidad internacional, pero también por enormes muros de hormigón, que dividen la tierra de sus ancestros, a lo largo de 700 kilómetros, muros defendidos por políticos que defienden el apartheid, y por soldados que no dudan en emplear las armas para defenderlo, disparando incluso a los niños. Sólo en 2021 han sido asesinados 86 menores en Palestina, el año más mortífero para niños y adolescentes desde 2014, cuando se produjo la Operación Margen Protector israelí sobre Gaza, en la que mataron a 551 menores de edad.

Shada y Ahmed no son ajenos al conflicto, ni a los muros, como comprobamos a través de la mirada de Elena Herreros, que sigue un día de su vida, desde que se levantan para acudir a la escuela de la UNRWA, la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Próximo, donde conocemos a sus compañeros, a sus educadoras, a las psicólogas que tienen que atender los traumas infantiles derivados de vivir en un escenario de guerra, a los médicos sin recursos para atender a una población que vive, desde 1948, como refugiada dentro de su propio país. A la corta edad de los protagonistas de esta historia ya son muchas las incursiones del ejército israelí que han visto, muchos los enfrentamientos, los bombardeos, las detenciones, la destrucción de las casas y las muertes de sus vecinos, mientras sus profesoras les hablan de derechos humanos, y tratan de crear para ellos la ilusión de un lugar seguro.

Mientras seguimos las horas de Shada y Ahmed, la directora nos muestra las carencias de casi todo en Palestina, la fragilidad del sistema de salud, la falta de agua potable y los cortes de suministro eléctrico, el desempleo, casi un 40% entre los jóvenes y las mujeres, y un 25% en los hombres, los graves problemas de movilidad, ya que los territorios ocupados, además del muro y de los numerosos checkpoints, está plagado de colonias judías y de carreteras que no puede utilizar la población árabe, y muchas veces tiene que esperar varias horas en los puestos de control del ejército para ir a trabajar o para vender sus productos agrícolas. En Gaza también los pescadores tienen restringida la zona en la que pueden faenar, exponiéndose a que si salen de ella puedan perder su barco y su vida, negando así una de las pocas fuentes de subsistencia de los gazatís.

Un autentico drama humano es el que relata la periodista española, que alcanza su cenit en las escenas aéreas de una Gaza completamente devastada por los bombardeos israelís, sin que nadie hable de condenas y sanciones, de atender las necesidades de los refugiados, de perseguir en los tribunales internacionales a los culpables de este genocidio continuado. Pero si la devastación es visible desde el cielo, no lo es tanto en los pequeños que sufren esta larga ocupación, como Tuka que nos dice “Tengo nueve años y he vivido tres guerras”, escuchar los relatos de estos niños, hablando con tanta naturalidad de bombas, enfrentamientos y muertes, es realmente sobrecogedor.

Con la violencia siempre a punto de desatarse a la vuelta de la esquina, o de irrumpir por una ventana, los padres y los educadores hacen todo lo posible por alejarles del conflicto: “La educación tiene que ser nuestra resistencia”, aunque saben que las detenciones, los asesinatos a manos de la policía y el ejército sionistas suelen ser arbitrarios, y mantener a los niños fuera de la calle no siempre es fácil, más aún en un campo de refugiados, donde poco hay que hacer. Aún así, Shada, Ahmed, Tuka y miles de niños palestinos se levantan cada mañana dispuestos a perseguir sus sueños, a burlar los muros, a esquivar a los soldados, a dibujar un país que se resiste a desaparecer de los mapas.

 

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