Los santos inocentes

Por Daniel Seijo

Todo lo que hoy disfruto se lo debo a mis padres: mi educación, mi ocio, mi cultura, mi conciencia social, mi moral, mi espíritu de lucha. No vivo en una gran mansión, ni tampoco conduzco coches de lujo, pero no puedo quejarme, tengo la inmensa suerte de tener un techo, un plato de comida caliente cada día encima de la mesa y ciertos lujos propios de una clase obrera que a duras penas ha logrado ceder a sus hijos los privilegios por los que ha luchado toda una vida. Mis padres son agricultores, pero también han sido obreros, mariscadores, cuidadores y migrantes. Quizás por esta particularidad de proceder de una familia que ha trabajado el mar y la tierra para labrarse un futuro, soy hoy plenamente consciente del deber y la deuda que mantengo con ellos, pero también con mi clase social: con el proletariado.

Desde muy pequeño, y como buen gallego, he sido consciente de que la pobreza es una maleta siempre lista en la puerta, un recuerdo de Caracas, una leyenda de Nueva York o una breve visita de Amsterdam. Por la experiencia de los míos, las largas jornadas de trabajo nunca han logrado transportar al trabajador a otros mundos alejados del constante esfuerzo diario, sino que vaya donde vaya, por mucho que apriete los dientes, el jornal siempre debe ser administrado con sumo cuidado, nunca un obrero ha logrado escapar lo suficiente de las largas jornadas de trabajo, las hipotecas, los números, los esfuerzos… Hoy escribo sobre la lucha social y el compromiso de clase pensando en mi abuela, quién pese al paso de los años, siempre recordó la vida en Venezuela, en donde era “la señora Antonia“, el peso de las palabras dibuja en mi mente el ejemplo claro y vivo, pese a su fugacidad, de mi abuelo Pedro, un español que como tantos otros dejó su tierra para buscar un futuro lejos de la dictadura, una España a la que volvería años después dispuesto a trabajar, a cambiar su país pese a las dificultades. A él le debo tanto, nos debe tanto la próxima vida a ambos, todavía conservo aquel libro suyo de Azaña que hace tiempo rescaté perdido entre cajas de mercancía lista para vender y herramientas agrícolas. Nunca debemos olvidar que siempre el obrero fue el destino final  de todo esto, de cada palabra. De nada sirven, ni han servido nunca, los ríos de tinta cuando no terminan desbordados en las calles, en las fábricas, en el campo.

Somos una generación de sujetos pasivos conformándose con heredar un reino de consumo rápido y miseria temprana, una clase sin espíritu, un colectivo sin unión

Cuando la pasada semana contemplé a los pensionistas y a las pensionistas de España, manifestándose en multitud frente a un gobierno que los ha despreciado y engañado, tan solo pude sentir en mi interior orgullo por la generación de los últimos maquis, por quienes todavía sintieron el miedo de la guerra pero nunca se dejaron paralizar. Una generación que nada sabía de derechos laborales, pero que a golpe de martillo y piquetes se doctoraron en la más crucial lección que nos puede otorgar la vida, la de la dignidad de clase. Las protestas de marzo no son una manifestación egoísta contra unas pensiones empobrecidas, sino que suponen la última batalla de una generación que ve como la dignidad del obrero amenaza firmemente con desaparecer con ellos.

Defender un sistema público de pensiones “fuerte y sostenible”, es defender a quienes plantaron cara al capital durante la Huelgona, a los compañeros que con Huelga de la Canadiense consiguierón que España fuese el primer país europeo donde se instauraba la jornada laboral de ocho horas, el 14-D, a los estibadores, los trabajadores del metro, los funcionarios de los juzgados…. Salir a la calle para evitar que nos arrebaten unos derechos conseguidos a sangre y fuego, es en definitiva nuestro deber con quienes nos han legado unos derechos que hoy sin apenas oposición obrera y sindical nos pretenden arrebatar gobierno y patronal. Sé que no está de moda hablar de lucha de clases, obreros y patrones, capitalistas y proletarios… en nuestra sociedad el trabajador precario al que le alcanza el sueldo para comprarse unos tenis Nike y comer en un McDonald’s se siente superior a sus mayores, aunque estos tengan que cuidar a sus nietos porque sus padres no tienen tiempo para ello, y no se pueda pensar en una guardería, aunque la pensión del abuelo siga suponiendo un complemento vital a una paga que cada día mengua más según se vacían las centrales sindicales. El trabajador hoy es en su inmensa mayoría un siervo adormecido, un ignorante político, un desagradecido histórico. Me incluyo en mayor o en menor medida en cada una de las categorías, no se trata de expiar culpas, sino de despertar conciencias.

La ley mordaza, los atentados contra la libertad de expresión, la represión política, la precariedad laboral, el rescate a los bancos, la corrupción política, la sumisión sindical, la descomposición de la izquierda parlamentaria, la ofensiva neoliberal, el machismo imperante, la tragedia migratoria, la estafa eléctrica, el oligopolio empresarial, la desigualdad social, la pobreza infantil, el desmantelamiento de la sanidad y la educación pública, la desvergüenza de la distribución impositiva, la arrogancia de la corona…Hoy al ver la rabia y la desesperanza frente a la pasividad de la juventud reflejada en los ojos de quienes han luchado tanto antes, tan solo puedo preguntarme en que nos hemos convertido, en que nos estamos convirtiendo. Somos una generación de sujetos pasivos conformándose con heredar un reino de consumo rápido y miseria temprana, una clase sin espíritu, un colectivo sin unión. Tan solo puedo confiar en que finalmente despertemos y quienes hoy están cerca del final, no sean la última generación que plantó cara a la injusticia.

Tan solo espero que pronto nos unamos a ellos en las calles.

4 thoughts on “Los santos inocentes

  • 05/03/2018 at 6:57 am
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    Totalmente de acuerdo con el artículo!!
    Sólo comentar que hace años que tengo la sensación de una sociedad casi muerta a nivel reivindicativo y a la única conclusión a la que he llegado, es que a los nacidos en democracia nos inculcaron que ya no hacía falta violencia porque todo se podía hablar, te podías manifestar… Etc… Y ahora que sabemos que no es cierto estamos en shock! sin saber cómo abordar la situación. Los medios son tremendamente críticos con cualquier mini alboroto que pueda haber en cualquier movimiento y la gente se asusta. Mi visión es más pesimista que la tuya, en este país no se consigue nada por las buenas… Si no eres una gran bolsa de votos, claro!

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