La casa de La Navata

Por Daniel Seijo

No me gusta que la agenda mediática la marque la paranoia de la derecha, ni tampoco perder el tiempo con artículos insulsos un domingo de madrugada, pero he de reconocer que cuando Podemos se empreña, uno no puede hacer otra cosa que apagar su reloj. En ese momento, toca dejar cualquier otro artículo pendiente sobre el escritorio y comenzar el castizo ritual consistente en mirar con lupa desmedida a la izquierda. Algunos enfrentaran semejante empresa bajo los efectos de desconocidas y embelesantes sustancias psicotrópicas, que los dotarán de la extraña capacidad para lograr transformar una auténtica gilipollez en su particular cobertura de la  Mint 400. Mientras tanto, el común de los mortales que nos dedicamos a narrar la crónica política en España, simplemente escribiremos líneas sobre el dichoso tema de una forma desdichada. Aburridos y hastiados de un país que entre censuras, financiaciones y torpezas políticas, ha terminado transformando al periodismo político en una suerte de surrealismo posfranquista.

Y bien, al lío.

Al parecer, gran parte de los ciudadanos de este país permanecen algo irritados tras conocerse que Pablo Iglesias e Irene Montero han adquirido una casa valorada en algo más de 600.000 euros, en un lugar próximo a la sierra norte de Madrid. Una humilde morada de 300 metros cuadrados, ubicada en una parcela de cerca de 2.300, con piscina, amplio jardín y casita para invitados.  En definitiva, el sueño de muchos ciudadanos de nuestro país al alcance de una pareja de jóvenes políticos de izquierda, que hasta no hace mucho tiempo eran ridiculizados y caricaturizados en las cadenas de la ultraderecha católica española, como meros antisistema andrajosos. Un curioso sueño español condensado en una pareja patria que en apenas siete años ha logrado pasar de fumar porros  en las plazas del #15M,  a convertirse en orgullosos propietarios de un chalet en la sierra. Todo ello sin renunciar a seguir representando la punta de lanza de la izquierda española antisistema en España. Si lo piensan bien, esto de algún modo debería de suponer en si mismo el lema de las generales para la derecha. Después de todo, que mejor ejemplo de que pase lo que pase en nuestro país, al final todo nos retrotrae al ladrillo.

Sinceramente, hasta este punto sigo sin ver ningún delito. Mientras Pablo e Irene no hayan robado o explotado a nadie, me parece totalmente legítimo que tengan una buena casa, un buen coche, buenos trajes, buen sexo, una carrera profesional brillante e incluso un perro que cada mañana les traiga el periódico a la cama. Aunque tampoco es que la prensa escrita últimamente vaya a dar muchas alegrías a la izquierda. No termino de entender esa manía siempre presente en los medios de comunicación de señalar y juzgar a todo aquel que desde una ideología política próxima a la izquierda, logre progresar en la vida. Da igual que hablemos de los pisos del Gran Wyoming, el iphone de Antonio Maestre o la reciente luna de miel de Alberto Garzón, los periodistas y políticos que hoy desde sus puestos de trabajo echan pestes contra ellos mientras aprueban y aplauden el fastuoso yate de Felipe González, siempre van a funcionar con la misma mecánica: castigando por norma más severamente al pobre que crece con su trabajo que al rico que directamente roba del esfuerzo de todos. Pablo e Irene pueden hacer con todo aquello logrado gracias al sudor de su frente lo que les venga en gana, al igual que es totalmente legitimo que tengamos una u otra opinión respecto a la coherencia entre su discurso y sus actos, pero de ahí a que muchos medios pretendan enturbiar el debate para crucificarlos mientras perdonan y olvidan a la generación de ladrones más descarada y miserable de una historia política y económica española –no falta nunca de grandes ejemplos– eso es directamente tomar al lector/espectador por gilipollas. Pretender retrotraernos a los peores tiempos de la política nacionalsocialista de comunicación y profundizar en un mensaje de nosotros y ellos, para criminalizar a una opción política manipulando sistemáticamente el mensaje en su contra.

No me gusta que la agenda mediática la marque la paranoia derecha, ni tampoco perder el tiempo con artículos insulsos un domingo de madrugada, pero he de reconocer que cuando Podemos se empreña, uno no puede hacer otra cosa que apagar su reloj

Para construir un pequeño marco entorno a este asunto, tomemos desde ahora en cuenta que mis referentes de honestidad y coherencia política se sitúan entre otros en Julio Anguita, José Mujica o Fidel Castro, pero metidos ya en la arena del caso que nos ocupa, tajantemente me jode bastante menos el asunto de la vivienda entre los políticos de Podemos, que el hecho de que gran parte de los políticos y empresarios de este país nos hayan estado robando y engañando durante gran parte de nuestra historia democrática. Aún así, comprendo la indignación de gran parte de los votantes de Podemos y de la izquierda en general. Para explicarme mejor, por supuesto que me jode que le paguemos entre todos los maratones de Kurosawa  a la Princesa Leonor –hasta que tengamos narices de echar a los borbones es lo que nos toca– pero me jodería infinitamente más que Pablo Iglesias e Irene Montero se dedicasen a dar brunchs con ex alumnos de ICADE en su casa o que las futuras fiestas de sus hijos hablando de Marx borrachos en la piscina las fuésemos a terminar pagando todos los españoles. Lo que ha hecho esta feliz pareja para terminar de cabrearnos en realidad no tiene nada que ver con la casa, al menos no de forma directa.

El problema nunca ha estado en la casa, sino la coherencia del discurso de Pablo Iglesias e Irene Montero hasta la fecha, con su imagen de anfitriones en su chalet en las barbacoas con Monedero, Pablo Echenique, Alberto Garzón e Iñigo Errejón, en el caso de que alguien invite finalmente a este último claro. El marxismo siempre ha sido muy agradecido a la política en el sentido de que pone su foco en los medios de producción, la dicotomía política es clara y evidente y por ello la construcción del mundo político que nos rodea no deja grandes espacios para peligrosas desviaciones basadas en los gustos, las costumbres o incluso la raza o la religión. Por el contrario, cuando uno pretende evitar la confrontación directa y frontal por el control de los medios de producción y se niega a identificar las injusticias que de ella se derivan como una disputa de clase, puede terminar construyendo un discurso alternativo basado en un difuso arriba y abajo que suponga en última instancia una cárcel moral y electoral para quienes se atengan a este marco. Digamos que de forma metafórica es exactamente lo que les ha sucedido a Pablo Iglesias e Irene Montero con la compra de su vivienda, que ni la Moncloa se va a trasladar finalmente a Vallecas, ni los chalets son ahora tan pijos, ni tener cierto nivel económico es motivo para obligatoriamente alejarse de los problemas de la gente. En definitiva, que yo no pagaría nunca una hipoteca por algo que no tenga vistas al mar, que los comunistas también compramos en el Fnac y que al final cada uno hace con su dinero lo que quiere, pero que intentemos todos tenerlo claro en nuestras futuras teorías sociales y políticas. Por aquello de la honestidad especialmente.

Pero ni en los barrios, ni en la izquierda, se tiene nada contra aquellos hijos que terminan progresando desde una familia obrera. En realidad puede que sí, pero no por no por razones políticas, ni de lejos vamos. Simplemente por esa maldad intrínseca al ser humano, esa que en un entorno capitalista nos hace desear acapararlo todo antes de siquiera poder llegar a disfrutar por un segundo de las alegrías del resto de nuestros congéneres. Es la gente de barrio y especialmente la gente de izquierda, la que mayoritariamente se ha pasado media vida reclamando derechos y mejoras materiales para los trabajadores, por ello en pocos sitios se puede disfrutar más de un caso en el que hijos de obreros ven materialmente colmadas grandes mejoras. Cualquier currante de bien quiere lo mejor para sus hijos, por ello se debería alegrar de que todavía exista la posibilidad de triunfar en la vida honradamente, de que todavía exista esperanza para su clase social. Si no es así, entonces ya no hablamos de política, sino de maldad, aunque no lo parezca son cosas distintas. Una buena casa no debería separar a nadie de la izquierda, ni tampoco llegar a suponer un estigma moral, pero cuando uno ha basado todo su discurso en la austeridad y ha exigido a los poderosos que recaten su gasto en lugar de repartir más equitativamente sus beneficios, una casa de 600.000 euros puede terminar apartándote definitivamente de la carrera por liderar el discurso de la clase obrera. Especialmente, tras haber dejado uno mismo el listón muy claro con joyas como aquella en la que el propio Pablo Iglesias dejaba entrever que los políticos que vivían en un chalet no eran de fiar.

El problema nunca ha estado en la casa, sino la coherencia del discurso de Pablo Iglesias e Irene Montero hasta la fecha, con su imagen de anfitriones en su chalet en las barbacoas con Monedero, Pablo Echenique, Alberto Garzón e Iñigo Errejón, en el caso de que alguien invite finalmente a este último claro

Y para concluir, a modo de moraleja, podríamos argumentar que la enfermedad es el capitalismo queridos lectores. En mayor o en menor medida todos permanecemos enfermos de capitalismo, supurantes de ansias de consumo únicamente aliviadas con el parche momentáneo de un billete más como forma de retribución por el esfuerzo de nuestro cuerpo, de nuestra mente o alma. Víctimas reales de una ficción monetaria, única llave a la transformación total de nuestra realidad social, personajes de un videojuego popular en los noventa diseñado para comprar cosas, monigotes adormecidos, politicuchos criados tras el fin del Politburó. Una masa de ciudadanos adormecidos a la espera de la siguiente revolución pendiente. Somos la hipocresía y su respuesta, las eternas medias tintas en la izquierda española, la resaca del horror fascista y el inmenso dolor del bando republicano. En el fondo, Podemos es otro parche que no funciona, un sueño que se desinfla, no solo por Pablo Iglesias o Errejón, sino también por todos nosotros, por los que tenemos miedo a perder cada vez menos, por la izquierda adormecida, por quienes quieren cambiarlo todo sin arriesgar nada. Que en definitiva no han matado a nadie comprando una casa, que los españoles no vamos a ser más pobres con cada letra de la hipoteca de Pablo Iglesias e Irene Montero y que deberían ustedes preocuparse por lo que pasa tras el telón de ese gran teatro que para la derecha suponen los mass media. Allí donde el PP se escabulle del saqueo sin consecuencias, Ciudadanos se acerca al poder haciendo rápidamente realidad la ficción de falangito y la figura de Franco se puede ver todavía presente entre quienes manejan los hilos económicos de España.

Pero yo que sé, Tom Wolfe se acaba de morir hace poco, el nuevo periodismo en España ha sido secuestrado por Eduardo Inda y Ok Diario y lo más valioso que atesoro en mi casa es con toda probabilidad mi biblioteca. Migajas para unos, un auténtico lujo al menos para otros cuantos y bajo mi punto de vista, un derecho irrenunciable, un primer paso de cara a poder conseguir todo lo que nos propongamos. La mejor estrategia para llegar a tener una buena vida, una vida decente sin por ello tener que maquillar o renunciar a tus principios, se dibuja tras el conocimiento y el esfuerzo. Algo en lo que sin duda Pablo Iglesias e Irene Montero son un ejemplo sin grandes matices, estudiantes modelo y personas comprometidas con diversas luchas sociales y políticas a lo largo de su joven vida. Pero que en el fondo tan solo son humanas, aunque premeditadamente no pareciese así en alguno de sus discursos. Después de todo, en caso de pretender seguir fijando límites ideológicos según nuestro consumo o consultando a las bases políticas el encaje ético de nuestras pertenencias ¿Terminaremos estableciendo el  límite en un chalet o bastará simplemente con ser el orgulloso dueño de un Iphone?

* Espero que nunca tenga que hablar de la biblioteca de Pablo Iglesias, os advierto que todo aquel que tenga una biblioteca mayor a la mía corre serio riesgo de ser ipso facto catalogado como cucaracha burguesa contrarrevolucionaria. Aunque reconozco por otra parte que intento poner el listón cada vez más alto, hábitos de consumo, esas cosas que tenemos todos.

One thought on “La casa de La Navata

  • 02/06/2018 at 6:56 pm
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    Pues si se pensaba comprar el caleraco que no hable hable tanto y critique a los demás que por la boca muere el pez, así que he leído todo lo antes escrito y sigo con lo mismo igual que todo es crítica la no dar ejemplo.

    Reply

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