![]()
Estas lecciones de filosofía política las imparte un aprendiz de déspota muy aventajado. Acercarse en lo posible al árbol que da sombra es la preocupación máxima de todo bicho viviente en la Feliz Gobernación
Por Antonio Monterrubio | 22/05/2026
El Eremita, quijotesco personaje incómodo con la época que le ha tocado vivir, a la que no consigue acostumbrarse a pesar de sus casi dos millones de años de vida, sale al camino. Emprende una peregrinación a través de La Feliz Gobernación, el Estado sin principio ni fin en el espacio y el tiempo que habita. No tarda en ser atrapado por los perros guardianes del poder, que pretenden llevarlo ante los Mandarines. Estos detentan la interpretación de la ortodoxia y sancionan severamente todo anhelo de desviación.
El largo deambular del protagonista convierte el relato en un cuaderno de bitácora por el que desfilan multitud de gentes e historias. Enseguida se da cuenta de que solo la cercanía al poder, que ya es poder, otorga seguridad. La sociedad está dividida en seis castas, estrategia que garantiza a las élites mantenerse a perpetuidad en lo alto de la pirámide. El gurú supremo es el Gran Padre Mandarín, dignidad que ocupa a la sazón el Cara Pocha. En su caso se puede contar con un Conciliador, especie de dictador de ocasión, para que escriba al dictado de los que dictan de verdad. En esa civilización tan lejana de nosotros y de nuestra realidad cotidiana, únicamente el Poder es real. En él reside la sustancia. El pueblo es un ente virtual, al igual que los eventuales rebeldes. Sin la aprobación del Poder, nada sigue en pie. «Los mandarines gobiernan y el pueblo obedece, esto se llama lo ineludible». Todo intento de cambiar el Sistema imperante o de reformarlo está condenado a la frustración y el fracaso, porque «la cualidad política son tres cosas: rebaño que mandar, estómagos con interés y tiempo que acumular».
Estas lecciones de filosofía política las imparte un aprendiz de déspota muy aventajado. Acercarse en lo posible al árbol que da sombra es la preocupación máxima de todo bicho viviente en la Feliz Gobernación. Eso encandila a los ambiciosos, ya que acarrea prebendas y sinecuras, las golosinas que deslumbran a los mediocres. En este mundo tan imaginario la meritocracia existe, solo que el único mérito que cotiza es la sumisa y obsequiosa obediencia a los poderes que manejan el Tinglado. De ahí que en los más diversos círculos y cargos señoreen sin discusión la incompetencia y el semianalfabetismo. Donde en tiempos arcaicos podía esperarse la presencia de individuos cualificados, cultos y bien hablados, se encuentran ahora zafios cantamañanas que apenas son capaces de hacer la O con un canuto. El triunfo de los lameculos supone la derrota de la inteligencia.
Menos mal que ese reino distópico no se parece a ninguno que conozcamos. Allí nada queda a salvo de la infección del Auténtico Poder. Donde no llegan sus pseudópodos disemina sus toxinas. La Autoridad prefiere encumbrar letrados de tercera división, pancistas agradecidos y fácilmente controlables, dado su escaso cacumen, cuyo cometido es tener hipnotizadas a las castas medias e inferiores. Pero a no dudar, si para conservar el statu quo los Supremos Dominadores necesitan resucitar el mundo jurásico, no se lo pensarán dos veces. Y pasarán un mal rato quienes no estén en el lado bueno de la historia, aquel en el que los papanatas se tuestan cara al sol, impasible el ademán. Al pobre Eremita solo el recuerdo de su amada Azenaia lo reconcilia con la bondad, la belleza y la verdad. Huelga señalar la semejanza del nombre con el de Atenea, la diosa de la sabiduría cuya lechuza levanta su vuelo en el crepúsculo, conforme nos enseñó Hegel (Filosofía del Derecho).
Estamos en Escuela de Mandarines, la novela de 1974 firmada por Miguel Espinosa. Libro de múltiples lecturas, es ante todo una demoledora serie de andanadas contra la dictadura española y su anacrónico régimen nacionalcatólico que, al parecer, subsiste vivo y coleando en buen número de compatriotas, nostálgicos de la Feliz Gobernación. Y más allá de las circunstancias locales, es una denuncia de cualquier sociedad que separa en castas a la ciudadanía, o sea, de todas las históricas y muchas prehistóricas.
Por supuesto, la sombra que cobija tiene un precio: la corrupción. Según el aspirante a mandarín Teopompo, ella «doma, determina la verdad». De ahí la urgencia del bálsamo ideológico, de engatusar a la población con baños de falsa conciencia que faciliten la alienación de los individuos. Como el experto sabe, «la más alta forma de corrupción consiste en pudrir el Entendimiento, a fin de que solo pretenda dar o defender intereses». La sapiencia de Teo se resume en una frase lapidaria y letal: «Aprended a corromper y poseeréis la Tierra». Más modestos, nuestros mandarines se conforman con dominar a una mayoría suficiente de sufridos pobladores de la piel de toro para seguir siendo la casta gozante. Los que pagan sus caprichos aplaudirán entusiasmados.
De lo mucho que la Feliz Gobernación se parece a ese gran país publicitado por Atresmedia y Mediaset da una idea el destino de Miguel Espinosa. Siendo uno de los más notables novelistas del siglo XX, apenas es conocido fuera de un reducido círculo. Su obra no figura en los programas académicos. ¿Cómo vas a ofrecerles a indefensas mentes juveniles algo que pueda llevarlas a pensar? Vivimos en un lugar donde quienes realmente mandan y sus leales vasallos, cuando oyen cultura, sacan la pistola. Y añadiendo el insulto a la injuria, cuando oyen inteligencia, echan mano al lanzallamas.
Se el primero en comentar