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En el libro hay un laberinto de pasiones, rencores, conflictos internos, vergüenzas, ambiciones desmedidas, derrotas, mientras en el pequeño microcosmos de Son Baulo una galería de personajes nos van ofreciendo una estampa en blanco y negro retazos de vida que alimentan una hoguera colectiva.
Por Angelo Nero | 26/08/2025
“Reeditar a Concha Alós no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad cultural. Sus novelas ofrecen una visión de la España franquista que complementa y a veces contradice la versión oficial. Son textos que hablan de libertad, deseo, dignidad y resistencia, con un realismo que sigue resultando incómodo y actual.” Hace unas semanas la compañera Isabel Ginés publicaba un artículo sobre esta olvidada escritora valenciana en nuestras páginas, y este fragmento me empujó a buscarla en mi biblioteca, donde guardo una de esas antiguas colecciones que mi padre (gracias también a ti, Papá) compraba para alimentar mi voracidad de lector adolescente. Allí encontré Las hogueras, el libro con el que Concha Alós guardó en 1964, en una reedicción, ahora ya amarillenta, de 1982. Todavía no salgo de mi asombro que, precisamente este libro, haya permanecido sin abrir, en el seno de mi particular Babelia durante cuarenta años.
En sus primeras páginas ya nos sorprende con párrafos tan geniales como este: “Era domingo. El reloj de la mesita marcaba las once. El tictac, la luz, una nube alargada allá en el cielo, encima del montículo de la Punta de los Fenicios, el pueblo… Todo era triste, miserable y feo. Sibila se sentía como un perro al que un coche a toda velocidad ha abandonado en una carretera desconocida. Un perro que hubiera seguido locamente el olor de sus dueño -sentados, tranquilos y sonrientes, uno al lado del otro, junto al volante- y que ahora, agotado, con la almohadillas de las patas sangrantes, hubiera perdido el rastro y vagaran vencido, lentamente, no sabía por dónde. Su mundo, el mundo que él amaba, estaba muy lejos y no podía alcanzarlo. Lo demás no tenía interés.”
La novela gira entorno a dos personajes centrales, dos mujeres muy diferentes, o quizás no tanto, que habitan en un pueblo de la costa malloquina: Sibila, una bella joven que añora su pasado como modelo en la cosmopolita París, donde sufrió la explotación de un contrabandista llamado Rosso, y que ahora está casada con el adinerado Archibald, y Asunción Molino, una maestra sin cobertura emocional y profundamente decepcionada con la vida que le ha tocado. A estos dos personajes femeninos se le suman otros dos masculinos, secundarios, pero también importantes para la evolución de la novela, el propio Archibald, que tras hacer fortuna con la empresa familiar, dedicada a la venta de la chatarra originada por la guerra civil, se convierte en una suerte de intelectual, y Daniel, el Monegro, un pobre trabajador, violento y primitivo, que ve en Sibila una salida fácil a su miseria. En realidad son cuatro viajes al lado más oscuro de sus corazones, a los deseos más primarios, que la narradora va desnudando sin pudor, sorprendiendo a los lectores que la leían en aquellos años sesenta de la dictadura, pero también a los que la descubrimos ahora.
Los protagonistas parecen como los peces que describe Concha Alós en otro fragmento de la novela: “Las primeras veces que Archibald salió a pescar sintió una compasión obsesionante y desgarradora por los peces que quedaron enganchados en el volantín. Estaban vivos aún, más vivos si cabe que dentro del agua, con la excitación del peligro y de la próxima e inevitable agonía. Luchando contra algo que no comprendían, con las aletas extendidas a los lados, membranosas y brillantes, marcando con la boca una O anhelante. Tal vez suplicando desde el fondo de cada una de sus células al ser que los precipitaba a la muerte. No queriendo morir.”
En el libro hay un laberinto de pasiones, rencores, conflictos internos, vergüenzas, ambiciones desmedidas, derrotas, mientras en el pequeño microcosmos de Son Baulo, la pequeña localidad costera de Mallorca, una galería de personajes nos van ofreciendo una estampa en blanco y negro retazos de vida que alimentan una hoguera colectiva, la de un franquismo muy alejado de las imágenes de una apertura que solo sucedió en la propaganda oficial, llena de frustración, de soledades compartidas, como la de un cardumen cuyo destino es finalmente un volantín, en el que van cayendo, uno tras otro, fuera de su espacio vital, como los cuatro personajes, foráneos en un ambiente que se les antoja hostil.
La autora consiguió eludir la censura, plasmando incluso la represión franquista, en la figura del marido de Raimunda, la criada: “Su marido levantaba el puño, sonriente, un poco borrscho, y decía que el mundo iba a ser mucho mejor desde aquel momento. Ni ricos ni pobres: todos iguales. La niña que era muy pequeña, no quería besarlo. Tenía miedo del fusil y del pañuelo rojo que su padre llevaba en el cuello. Lloraba abrazada a las piernas de su madre.”
En las hogueras hay otro fuego que se burla de la censura franquista: el deseo femenino, que Concha Alós se atreve a narrar con una pericia que debió de asombrar a los propios censores, y a los que convence de la única forma posible entonces, dejando que pequen, pero administrándoles una penitencia final. “Se formulaba preguntas que no tenían respuesta. ¿Por qué ella esperaba sin conseguir el sueño, ni la paz, desesperada de deseo y él continuaba viviendo tranquilo, aparentemente sin recuerdos y sin ninguna necesidad de ella?”.
Llegué al tramo final de la novela con un cielo de cenizas, con un país calcinado donde el estado -una vez más- había desaparecido, entre manifestaciones de rabia y la convicción de que el fuego podría arrasarlo todo, menos la estupidez de unos súbditos que seguirán creyendo las mentiras de sus gobernantes, aunque las llamas le lleguen a las puertas de sus casas. “Los incendios. Como hogueras en la noche. Había visto cómo quedaban los montes al apagarse el fuego. Negros, pelados, sin pájaros ni verde. Convertidos en desnudos calveros.” Así yo, abrasado por las palabras de Concha Alós, en estos tiempos en que los bárbaros siguen llamando a nuestras puertas para pedirnos, otra vez, el voto de obediencia.
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