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La ultraderecha no necesita que exista un problema. Primero se inventa el peligro, después exagera propagandísticamente su magnitud.
Por Lucio Martínez Pereda | 20/02/2026
La ultraderecha para llegar al poder necesita crear sociedades trastornadas por una combinación de odios, miedos imaginarios y confusionismo ideológico.
La ultraderecha sólo prospera en terreno abonado por el trastorno colectivo: sociedades desorientadas, desesperanzadas por la incertidumbre y manipuladas por una maquinaria discursiva que sustituye la complejidad por la simplificación demagógica. Ningún proyecto autoritario nació de la estabilidad. De ahí su empeño en fabricar enemigos imaginarios: amenazas que no existen pero que logran resultar más reales que los hechos.
La ultraderecha no necesita que exista un problema. Primero se inventa el peligro, después exagera propagandísticamente su magnitud. Cuando los demás partidos acuden a desmentir, matizar o rectificar, ya es tarde: han aceptado el terreno sobre el que se libra la batalla. Las redes y los medios, necesitados de polémica continua, funcionan como altavoces involuntarios de la ficción. Cada réplica, cada comentario indignado, es una confirmación del guion. Y en el centro del escenario, los inventores del problema contemplan cómo el resto de actores giran en torno a su creación. La ultraderecha ha logrado colonizar el espacio de lo decible.
La historia europea del último siglo ofrece un catálogo inagotable de estas operaciones del miedo. Allí donde la desigualdad o el descrédito institucional -el fin de todas las instituciones siempre es eliminar la incertidumbre- abren una grieta, la ultraderecha introduce su oferta de falsarías certezas consoladoras mezcladas con una nostalgia por un pasado que nunca existió. Y lo hace con un lenguaje de guerra cultural que niega toda racionalidad.
En España, como en otros lugares, esta ubiquitaria operación propagandística se manifiesta como confusión ideológica deliberada y se acompaña con una apropiación del léxico democrático para fines reaccionarios. Se hace mediante la inversión de significados básicos: llamar libertad a la explotación, patriotismo a la intolerancia, y sentido común al odio sistemático.
La ultraderecha prescinde de convencer -saben que no pueden- : quieren introducir estos ingredientes de trastorno social hasta que la democracia pierda su sentido.
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