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La lección histórica es implacable: los presidentes no pierden por derrotas militares, sino por fracasar en justificarlas ante los ciudadanos que pueden perder la vida en ellas.
Por Lucio Martínez Pereda | 3/03/2026
Soldados estadounidenses mueren -los datos oficiales afirman que son tres- en el ataque a Irán: la sombra de la guerra de Vietnam amenaza gravemente la popularidad de Trump. El Talón de Aquiles de un Imperio que es democracia son sus soldados muertos.
Trump creyó que una demostración de fuerza exterior consolidaría su autoridad interna. Pero la historia norteamericana desde la guerra de Vietnam apunta lo contrario: cada intervención en el extranjero abre un frente interno donde se libra la única batalla que los presidentes suelen perder, la de la legitimidad.
En 1968, Lyndon B. Johnson comprendió que la credibilidad de un presidente puede ser sepultada bajo los cuerpos de sus propios soldados. Hoy, Donald Trump enfrenta ese mismo problema. Irán ya no es únicamente un punto en el mapa que muchos no saben identificar ni un enemigo abstracto: es el lugar en el que la superpotencia se sabe vulnerable.
En 1965, Lyndon Johnson pensó que bombardear Hanói reafirmaría su legitimidad doméstica. En 2003, George W. Bush creyó que derrocar a Saddam reconstruiría el prestigio americano. Después Biden se encontró la misma piedra en Afganistán.
La lección histórica es implacable: los presidentes no pierden por derrotas militares, sino por fracasar en justificarlas ante los ciudadanos que pueden perder la vida en ellas.
Trump se enfrenta ante el mismo problema que Johnson, Bush y Biden: la superpotencia limitada por su propia opinión pública.
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