La sociopatía, fase superior del capitalismo

 

RAMÓN DE LA ROCHA / EFE

En medio de una catástrofe natural donde la gente sufre, hay quien decide sacar tajada e inflarse el bolsillo.

Por Carmen Romero

Con diecisiete años me fui de mi pueblo para estudiar periodismo en la Universidad de Sevilla. Gracias a las becas públicas, pude permitirme alquilar un piso sin suponerle una carga económica a mis padres. La casera al principio fue muy amable. Tras varios meses, empezó a hacer lo que se viene conociendo como “putearme” para que dejara el piso y convertirlo en un AirBnb, es decir, convertirlo en un sacaperras de guiris. Ahora, por culpa del coronavirus y la crisis del turismo tiene un anuncio colgado en Facebook en el cual alquila aquel piso por un precio incluso más barato de lo que me lo alquilaba a mí, porque ya no hay tantos guiris en Sevilla para tanto cara dura.

El término especular tiene varios significados. Entre ellos destaca el de “Comerciar, traficar”. Otro de ellos es el de “Procurar provecho o ganancia fuera del tráfico mercantil”. Pero mi favorito es el que proviene del latín, specularis; espejo, lo cual en este sentido significa: “Dicho de una cosa reflejada en un espejo”. Si colocamos paralelamente dos espejos perfectos uno frente a otro y una canica entre ambos, estos supuestamente forman lo que se conoce como reflexiones infinitas. Es decir, se produce una especie de bucle infinito de las propias imágenes de los espejos y la canica, que no es real. Se multiplica el número de figuras de la canica, cuando realmente solo hay una colocada físicamente entre los dos espejos. Esto es lo que hacen los rentistas cuando especulan con el precio de la vivienda. Lo que multiplican son los beneficios, es decir, ese reflejo de la canica en un bucle infinito de espejos. Pero, realmente, físicamente solo tenemos una canica. Realmente, la especulación de un derecho básico como el de la vivienda, no es más que un bucle infinito donde los rentistas, que actúan como espejos colocados uno frente a otro, deciden inflar esos precios para crear ese bucle de beneficios.

La erupción volcánica en La Palma que se inició el pasado domingo ha ocasionado el desalojo de miles de personas de sus hogares. Agricultores han perdido sus casas, sus lugares de trabajo, sus medios de vida. Por no hablar de los daños en carreteras e infraestructuras. Muchos de esos evacuados pasan los días en casas de amigos o familiares. En medio del caos, la tristeza y la lava, los buitres de siempre pretenden hacer dinero a través del turismo volcánico. Las carreteras se llenan de turistas que quieren acercarse a la lava. Instagram, la red social del exhibicionismo extremo, se llena de fotografías de esos turistas posando frente a las ruinas que deja la erupción del volcán. Mientras tanto, en la vida real, gente que lo ha perdido absolutamente todo. A su vez, esos rentistas especulan con el precio de la vivienda en los municipios cercanos al volcán. En medio de una catástrofe natural donde la gente sufre, hay quien decide sacar tajada e inflarse el bolsillo. Que suba el precio de la vivienda en medio de una catástrofe natural no es el mercado, aquel mantra de los liberales, sino la sociopatía, la fase superior del capitalismo.

Durante el confinamiento, los debates relacionados con lo público tomaron más peso que nunca. Sin duda alguna, la crisis del coronavirus demostró una vez más que, sin la clase trabajadora que abre cada día las calles, los sanitarios que nos cuidan y la importancia del dinero público para financiar servicios básicos e infraestructuras, las consecuencias serían aún peores. La catástrofe de La Palma lo vuelve a demostrar. Sin el trabajo de bomberos, sanitarios, protección civil y policías, todos trabajadores públicos, las consecuencias del desastre hubieran sido de película de terror.  Cansa el mismo debate de siempre. Cansa tener que recordad que, el que los ricos paguen más impuestos, no es solo una cuestión moral, sino hacer política útil para afrontar riesgos como estos. Cansa ver cómo condecoran día sí y día también a Amancio Ortega y le pintan un áurea encima de la cabeza cuando no paga los impuestos que debe en nuestro país para una mejor financiación de lo público que nos salve. Cansa que los influencers creadores de opinión pública repitan cada día que los impuestos son un robo y que por eso se marchan a Andorra. Pero ojo, cuando en Andorra, donde pagan un 10% de impuestos, ocurre una catástrofe de este tipo, Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado español son las que realizan el trabajo a través del Convenio del 2 de septiembre de 2015 en materia de lucha contra la delincuencia y seguridad, ya que Andorra carece de ningún cuerpo de seguridad de este tipo debido a la baja recaudación de impuestos con la que cuenta. 

Que las personas desalojadas de sus hogares tengan que recurrir a la ayuda de amigos y familiares porque el Estado no puede llegar a todos por igual, significa que tenemos un problema. Cuando la familia, eso que representa al Estado represor, tiene actuar como núcleo social de resistencia antineoliberal porque el Estado no te proporciona un marco de seguridad para vivir medianamente bien perteneciendo a una clase social determinada, significa que lo que hay ahí fuera es mucho peor. Y lo que hay ahí fuera es un modelo económico empeñado en hacer trizas lo público. Un sistema con una cartera adicta al dinero. Un sistema que especula en el caso de La Palma con el derecho a una vivienda digna convirtiéndolo en un bien de mercado.

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