La resaca

Sharlet describe a un país que despierta tras una larga borrachera de excepcionalismo, poderío militar y dinero fácil, para descubrir que la resaca no pasa. Que la fiesta acabó hace tiempo, pero nadie avisó.

Por Dani Seixo | 2/05/2026

Si lo pensamos detenidamente, Estados Unidos siempre ha tenido una relación rara con Dios. Bizarra incluso. Lo sabemos. Pero Jeff Sharlet, en La resaca, sostiene algo más perturbador, que el país no está solo al borde del abismo, sino que lleva décadas bailando en el filo de lo imposible, borracho de gasolina, sangre y promesas de salvación. Un pueblo elegido sentado en el porche de sus dominios con un AR-15 en el regazo.

El libro que nos ocupa, publicado por Capitán Swing, es un viaje. Un mal viaje, cierto. Sharlet recorre una nación que se desangra en slow motion. No es una guerra civil con trincheras y uniformes, pero se parece. En realidad se trata de una guerra parsimoniosa. Una guerra de micrófonos en megaiglesias, himnos que suenan a arengas, amas de casa armadas hasta los dientes y predicadores que bendicen el caos mientras sueñan con la tormenta de fuego.

Y aquí está la genialidad, Sharlet no se limita a describir a los fanáticos, se mete dentro de su ensoñación y nos la muestra sin cortapisas. Habla con ellos, Les escucha y escribe desde dentro del delirio, no desde la torre de marfil del intelectual que todo lo sabe. Y lo que encuentra es peor de lo que imaginábamos. Y recordad que la imaginación vuela.

Porque el problema no es solo Trump. Trump es el vehículo, el icono, la cara visible de una enfermedad mucho más profunda. El autor lo explica con una claridad que duele: el presidente y posible futuro santo de la ultraderecha estadounidense, no es la causa, sino el síntoma. El síntoma de una nación que ha convertido el miedo en doctrina, la paranoia en fe y el odio en liturgia.

El libro se titula La resaca. Y es un título perfecto. Porque Sharlet describe a un país que despierta tras una larga borrachera de excepcionalismo, poderío militar y dinero fácil, para descubrir que la resaca no pasa. Que la fiesta acabó hace tiempo, pero nadie avisó. Y ahora, en lugar de aspirina y agua, los líderes espirituales de la ultraderecha ofrecen armas, teorías de la conspiración y una beatificación en caliente de los mártires de la insurrección del Capitolio.

¿Ashli Babbitt? Ahora es santa. Santa Ashli, la feminidad blanca sacrificada en el altar de la patria. Sharlet lo cuenta con una frialdad que asusta, porque él no inventa nada, simplemente recoge lo que ya está ahí, en los sermones, en los memes, en los medios reaccionarios que inundan el país en las misas patrióticas donde se mezcla la cruz con la bandera y el Evangelio con la Segunda Enmienda.

La resaca es un libro necesario, incómodo y a ratos terrorífico. Porque no nos habla de monstruos lejanos, nos habla de vecinos. De pastores con buena oratoria, abuelas que creen que la vacuna es el marcador de la bestia, jóvenes que crecieron en videojuegos de guerra y ahora sueñan con la guerra de verdad, la suya, la que purificará la nación con sangre.

Lo más inteligente del libro es que Sharlet no cae en la trampa de la simple denuncia. No es «mira qué malos son estos». También busca y a duras penas encuentra las resistencias. La gente que dice no, los movimientos que construyen comunidad frente a la paranoia. Esos espacios son pocos y frágiles, pero existen. Y merecen que hablemos de ellos.

Porque si no, ¿de qué sirve pensar en todo esto si no existiese una salida?

Y por ello, Capitán Swing lo publica con su habitual buen ojo para los temas que duelen.

La resaca se lee como se mira un incendio forestal en cámara lenta. Sabes cómo va a terminar, pero no puedes apartar la mirada. Porque lo que está ardiendo no es solo Estados Unidos, sino la idea misma de que el mundo tiene un orden. Y que ese orden, por violento que sea, no se va a romper.

Este libro nos muestra que ya se rompió. Y que la resaca, por ahora, no ha hecho más que comenzar.

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