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La represión fría se materializó, ante todo, en la depuración sistemática de la totalidad de la función pública.
Por Lucio Martínez Pereda | 22/11/2025
Durante el franquismo existió un tipo de represión que aún hoy permanece insuficientemente conocida: la represión fría.
No se trata de las formas bien conocidas de la violencia caliente- paseos , sacas, consejos de guerra sumarísimos, y largos años de cárcel- sino de un dispositivo mucho más sutil, más duradero y, paradójicamente, más eficiente en el largo plazo- un mecanismo que actuaba mediante la exclusión social , la asfixia administrativa y económica y la condena al silencio civil.
La represión fría se materializó, ante todo, en la depuración sistemática de la totalidad de la función pública. Más de 100.000 expedientes de depuración (la cifra sigue siendo objeto de controversia) convirtieron a maestros, profesores, catedráticos, jueces, médicos, funcionarios de todos los ayuntamientos y empleados de correos en “ muertos civiles” . No se les fusilaba: se les borraba. El maestro expedientado en 1939 podía seguir vivo en 1960, pero lo hacía inhabilitado de por vida, sin pensión, sin derecho a ejercer su profesión, muchas veces sin posibilidad siquiera de obtener un carnet de identidad . Esa muerte civil era, en términos prácticos, más eficaz que la muerte física: el régimen no necesitaba seguir gastando balas ni llenando cárceles.
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A ello se sumaba la represión económica: la confiscación de bienes de sindicatos y partidos , el expolio disfrazado de “responsabilidades políticas”, el apropiamiento de todos los bienes y propiedades de los vencidos y la marginación laboral de los perdedores de la guerra y sus familiares
Y, por encima de todo, la represión fría tuvo su instrumento más eficaz y duradero en el silencio impuesto. El miedo no era ya el miedo al pelotón de ejecución sino el miedo a hablar, a recordar, a transmitir. Se instauró lo que los propios vencedores llamaron con cinismo “la paz de los cementerios”, pero que era, en realidad, el silencio de las identidades colectivas e individuales.
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Esta represión fría, al operar por sustracción – sustracción de vida social, de derechos, de trabajos y propiedades- resultó ser el más perfecto mecanismo de control social que concibió el franquismo. Y, sin embargo, sigue siendo la gran ausente en muchos relatos. Porque no dejó fotos de cadáveres ni titulares de prensa internacional. Dejó, eso sí, generaciones de españoles que aprendieron a vivir mirando al suelo, a callar en la mesa familiar, a fingir que la guerra había terminado en 1939 y que nada había sucedido antes ni después.
El vecino sabía que el vecino había sido alcalde republicano; la viuda sabía que su marido estaba en la fosa común del pueblo; el hijo sabía que su padre había sido asesinado en Badajoz. Pero nadie hablaba. El régimen no necesitaba prohibir la memoria: bastaba con hacerla socialmente inviable, y ese fue el objetivo conseguido por la Represión Fría.
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