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Las imágenes que nos llegan estos días desde las plazas son bastante más interesantes que toda esa procesión de diagnósticos de teclado afilado.
Por Dani Seixo | 1/10/2026
A estas horas, mientras algunos en Sol intentan dormir debajo de una lona, cuerda sobre cuerda, nudo sobre nudo, sostenida por el trabajo anónimo de decenas de brazos, hay otros supuestos «revolucionarios» virtuales haciendo horas extra. No están en una asamblea. Tampoco parando un desahucio u organizando un sindicato. Están en casa, con el culo bien pegado a la silla y la mirada en guerra eterna contra una pantalla. Probablemente su pulgar se encuentra echando humo mientas la batería baja peligrosamente al 63 % poniendo el riesgo su única razón de ser. Y ahí los tienes, dispuestos a explicarnos que la movilización por la vivienda es reformista, pequeñoburguesa, insuficiente, electoralista, posmoderna o cualquier otra categoría que haya conseguido rescatar del vertedero de conceptos sin sentido que siempre ha sido Twitter.
Porque una movilización tendrá contradicciones, sí. Pero las redes sociales, en cambio, jamás.
Twitter es puro. No existe el debate materialmente útil, no tiene frío, no decide quién trae mantas ni quién baja a por agua. No paga alquiler. Por eso «tiene razón», porque no tiene cuerpo, ni casero, ni camarada al que le importe. Sobre todo «tiene razón» cuando tu vida es tan jodidamente triste y estás tan falto de atención como para pagarle a un multimillonario únicamente para gritarle unos caracteres más a una pantalla.
Las imágenes que nos llegan estos días desde las plazas son bastante más interesantes que toda esa procesión de diagnósticos de teclado afilado. Miles de personas han salido a las calles de todo el Estado español para exigir algo tan revolucionario como poder vivir sin entregar media vida al propietario de turno. En Sol, alrededor de un millar de personas permanecen acampadas desde el 29 de septiembre. En A Coruña, unas mil personas salieron contra la especulación y los desahucios, Compostela ve como la juventud organizada se despliega en puntos clave de la ciudad. Vigo, Palma, Sevilla, Cádiz, Málaga, Córdoba…
Pueden no ser soviets organizados, pero suponen una oportunidad para cualquiera con dos dedos de frente y un ego mínimamente modulado.
¿Significa todo esto que esa gente confía en el Gobierno? Ni remotamente.
A fuerza de golpes, contratos temporales, alquileres que suben mientras el salario permanece clavado al suelo y promesas institucionales que llegan siempre con retraso, la mayoría de quienes hoy toman las plazas parecen haber aprendido algo bastante elemental: no confiar demasiado en la política parlamentaria. Y esto no significa que no existan oportunistas en todo esto, sino que la oportunidad de desbordar el mero reformismo de estas reivindicaciones está más viva que nunca.
Exigir que no te echen de tu casa no convierte a nadie en militante gubernamental, ni en un tertuliano en potencia. Lo convierte, de momento, en alguien que no quiere acabar en la puta calle. Pero para cierta izquierda digital eso parece una distinción demasiado sofisticada, demasiado alejada de la recolecta de ego a base de click. Han confundido la lucha de clases con un examen de acceso a la propia lucha de clases: antes de salir a la calle hay que presentar el programa completo y demostrar pureza ideológica. Como si una persona tuviera que comprender toda la estructura del capitalismo para tener derecho a defender su casa. Como si la conciencia de clase apareciera por generación espontánea en un hilo de veinte tuits y no pudiera empezar, precisamente, cuando descubres que el problema que creías tuyo es también el de otros cien vecinos. Cuando el movimiento de la protesta te hace sentir por primera vez el peso de las cadenas, ese peso que nunca se puede olvidar y na vez que se siente sobre la piel.
Mientras tanto, los números siguen dibujando la situación concreta.
El INE registró que en 2025 el 44,3 % de las personas de 26 a 34 años vivía con sus padres. Entre quienes permanecían en esa situación, el 47,3 % señalaba como principal motivo no poder permitirse comprar o alquilar una vivienda. El Banco de España calculó que entre 2021 y 2025 el 32,5 % de los hogares españoles de alquiler destinaba más del 30 % de su renta neta al alquiler. Entre los menores de 35 años, el porcentaje subía al 34,2 %. Para una pareja joven que quisiera emanciparse en 2024 con dos rentas iguales, el esfuerzo potencial medio alcanzaba el 36,5 % y se aproximaba al 50 % en algunas de las principales ciudades.
En el segundo trimestre de 2026, el precio de la vivienda aumentó un 12,2 % interanual en España. La vivienda usada lo hizo un 12,9 %. En nuestro país, Galiza, otro 12,9 %.
Pero para algunos en Twitter esto es solamente una lucha «reformista», una oportunidad para seguir colgándose medallas que nadie les ha otorgado colectivamente.
Aquí aparece la vieja contradicción que algunos prefieren esconder debajo de una montaña de memes: la vivienda es un lugar donde vivir, transformada bajo el capitalismo en una simple mercancía sobre la que hacer dinero. Valor de uso contra valor de cambio. Casa para habitar contra activo financiero. Techo contra rentabilidad.
Marx nos explicó que la fuerza de trabajo necesita reproducirse y Engels dedicó buena parte de La cuestión de la vivienda a desmontar la fantasía de que el problema habitacional pudiera separarse de las relaciones de propiedad que lo producen, mientras que Lenin entendió que una lucha parcial no deja de ser lucha porque todavía no haya tomado el Palacio de Invierno. Todos ellos contribuyeron a dotarnos de herramientas metodológicas sin dejar nunca de participar en las disputas concretas de su realidad más inmediata, sin convertir la teoría en un arma para desmontar la praxis del proletariado. Pero ellos que sabían, ni siquiera tenían check azul en redes.
Cierto es que la cuestión no es conseguir un alquiler algo más barato y marcharse después tranquilamente a casa. La cuestión es qué organización, qué conciencia y qué capacidad colectiva pueden surgir de una lucha concreta.
Y existen ya experiencias que, con todas sus contradicciones, permiten pensar fuera del estrecho marco del mercado inmobiliario. Venezuela ha desarrollado durante años la Gran Misión Vivienda, logrando superar los cinco millones de viviendas entregadas. En 2025 las autoridades chinas registraron 1,21 millones de unidades de vivienda subvencionada para venta, alquiler subvencionado y vivienda pública iniciadas o habilitadas.
Y con esto nace la pregunta realmente interesante: ¿qué sucede cuando la vivienda deja de estar sometida exclusivamente a la lógica de la rentabilidad privada y el Estado interviene directamente en su producción, financiación y distribución?
El alquiler sale del salario. El salario sale del trabajo. El trabajo produce beneficios. Los bancos cobran intereses. Los propietarios perciben rentas. Los fondos compran edificios. La vivienda turística convierte barrios enteros en mercancía. La precariedad obliga a aceptar empleos de mierda para poder seguir pagando el techo bajo el que se duerme. Todo vuelve al mismo sitio, la reproducción de la fuerza de trabajo. Un debate serio y concreto nos encamina a la firme necesidad de derribar a este sistema.
Y por eso mismo tiene sentido hablar de huelga general.
Ahí está la cuestión estratégica, en conseguir que el conflicto de la vivienda deje de ser un compartimento estanco y empiece a tocar todos los nervios del régimen de explotación. Mientras tanto, el rojipardismo tuitero puede seguir sentado en el sofá examinando si la pancarta número 47 contiene suficiente conciencia de clase o si los talleres de yoga son antirrevolucionarios. Hay gente que lleva diez años esperando la movilización perfecta, el programa perfecto, la consigna perfecta y la pureza ideológica definitiva. Pero la cosa ahora está así: mientras unos paran desahucios y crean comunidad, otros se apuran en pagar un suscripción ampliada para poder verter toda su frustración e impotencia en una red social controlada por un multimillonario fascista. Las divergencias resulta obvias, las culturas políticas y las tradiciones militantes antagónicas.
Y mientras ellos siguen esperando a la revolución perfecta, otros pierden la casa.
La revolución no necesita mejores comentaristas. Necesita organización. Y la organización, por desgracia para Twitter, empieza cuando se apaga la pantalla.
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