La izquierda en Portugal

Por Ana Barradas / Bandeira Vermelha

Hay que decir claramente que dejó de existir una verdadera izquierda anti-sistema. Por lo menos desde los años 80, asistimos a un giro a la derecha, con los partidos revolucionarios y anticapitalistas a adherirse a la socialdemocracia, y los partidos socialdemócratas, así como la mayoría de los “comunistas” ortodoxos, a adherirse a los liberalismos.

Esta deriva que atajo a la izquierda institucional para la socialdemocracia comenzó a acentuarse en las últimas dos décadas y hoy se acelera con el desligamiento, más o menos acentuado, de las fuerzas organizadas en partidos de izquierda en la dirección de sumergirse totalmente en el pantano del juego institucional, parlamentario y electoral. Colocándose fuera del campo proletario y semiproletario, esto es, de los intereses de los trabajadores productivos y semiproductivos, PCP y Bloque de Esquerda conquistan para si las simpatías de las camadas inferiores, de las clases intermedias pequeño burguesas –personal de servicios públicos, pequeños patrones, agricultores arruinados, profesorado, estudiantado, una parte del lumpen-proletariado y profesiones liberales.

La aproximación de esta izquierda a las camadas intermedias se hace a costa de ocuparse en primera línea de las causas que más tocan estas camadas: los jefes partidarios y los cuadros más destacados critican  a los gobiernos anunciándose como más competentes que ellos y capaces de sustituirlos, más en su propio terreno institucional y cediendo a los chantajes de sus aliados; apelan al saneamiento político y al refuerzo de la democraticidad de las fuerzas del orden; reclaman contra la corrupción sin combatirla realmente; silencian la verdadera causa de los estadios de emergencia en curso, acerca de los cuales sería más serio decir que son, de facto, impuesto a la ciudadanía debido a la incapacidad del gobierno de combatir la epidemia, en razón del persistente desinversión estatal en recursos financieros y humanos de los servicios de salud pública, en los transportes públicos y en la educación, desviados a los fondos más robustos para otras dispensas como inyecciones en el sistema bancario y en las grandes compañías, y en el perdón de deudas a los grandes deudores); pronuncian inconsecuentes profesiones de fe contra la extrema-derecha, sin combatirla seriamente; se esfuerzan por indicar soluciones, dar consejos sobre cómo actuar, llegando a tomar partido por una parte de la burguesía contra la otra (las ventajas de la salud pública sobre la privada y viceversa, por ejemplo); callan la falta de medidas que protejan a los trabajadores del empobrecimiento y del desempleo, sustituidas por el tráfico humillante de caridad y de las sopas de los pobres, cada vez más visto como una alternativa a los sistemas de protección social; abrazan causas identitarias sin relacionarlas mínimamente con la podredumbre del capitalismo, etc. Y todo esto se procesa sin un gesto o una palabra de incentivo a las dispersas luchas laborales que todavía se organizan por la presión de las bases sobre los burócratas sindicales o a los brotes de revuelta inorgánica que se encienden momentáneamente y deprisa se extinguen por falta de encuadramiento.

Competería a una izquierda digna de ese nombre denunciar que el gobierno y sus alianzas internacionales, en particular la Unión Europea y la OTAN, hacen una gestión política de la pandemia en que nos quieren hacer creer ser aceptable y justificado suspender libertades políticas, limitar derechos, reducir salarios y regalías laborales, etc., en nombre de la salvaguarda de la salud pública; además de eso, habría que denunciar que esa gestión no protege a todos por igual, ya que los trabajadores del sector productivos y otros que no pueden resguardarse con el teletrabajo, no tiene manera de defenderse del contagio porque solo les queda la alternativa de utilizar transportes públicos masificados, y resignarse a trabajar en las condiciones sanitarias que los patrones entiendan.

Una izquierda fiel a los trabajadores debía sentirse en la obligación de señalar que la intervención selectiva y dominante, en esta crisis por parte del gobierno, apoyado por el parlamento, comprueba una vez más su inmensa fidelidad al capital y a sus intereses y que, hasta cuando en apariencia está a auxiliar a las masas, en la realidad está defendiendo la reproducción del capital, por lo que la situación bárbara que vivimos hoy se debe simplemente a la crisis del capital y a la gestión de la pandemia al servicio de los intereses del capitalismo.

Sería preciso también fustigar y combatir enérgicamente la normalización del teletrabajo y de la uberización, nuevas formas cada vez más exquisitas de explotación de la mano de obra asalariada y de la liberación de los patrones de cargos con la seguridad social, indemnizaciones, gastos de producción y obligaciones contractuales, que imposibilitan o hacen muy difícil cualquier acción organizada de resistencia y revuelta de los trabajadores.

AL FINAL ¿QUE ES LA IZQUIERDA?

Una izquierda decente debería hacer la demostración de que esta nueva liberalización de los lazos podridos entre el capital y el trabajo, si continúa a ser ampliamente consentida, pasara a ser, con el pretexto de la pandemia, el estado normal de exploración capitalista, muchos grados debajo de las conquistas anteriormente conseguidas por el mundo laboral, reenviándolo casi maniatado para patrones de existencia virtualmente insoportables.

Queda así por desnudar el aprovechamiento oportunista que el gobierno, bancos y grandes empresas hacen para promoverse a sí mismos y a sus negocios, reformas y reestructuraciones a cargo de la pandemia –en la aviación, en el turismo, en la circulación internacional de personas, bienes y mercancías.

Por encima de todo esto, avanza sin freno el gran cambalache de las vacunas, el negocio del siglo, que impone que en la Unión Europea solo se comercialicen las vacunas producidas por las farmacéuticas europeas y norte-americanas, ignorándose y desacreditando las de China, Rusia, India, Cuba, etc.

Cabe aquí una mención a aquella izquierda que se alinea más a la izquierda de los partidos de la izquierda institucionalizada, esa que se va social-democratizando y encima describimos: aquella que se apellida de extrema-izquierda. Es impresionante la flaqueza numérica, ideológica e intervencionista de estos grupos dispersos, que no  consiguen congregarse en partidos con un mínimo de base social de apoyo y se resumen a tertulias extraviadas y amiguistas, sin ninguna perspectiva de acción táctica, y mucho menos de un programa de conquista del poder apuntado a abolir la propiedad privada y a socializar los medios de producción.

Y una izquierda que se niega a si misma porque subsiste actuando al temblor de los propios principios que pregona. Desligados de las masas explotadas, ese tipo de “marxistas” están más interesados en discutir críticamente, a su manera, la política burguesa y sus vueltas escabrosas. No estarán nunca a la altura de las tareas que se esperaría de ellos, a menos que un inesperado y decisivo brote de luchas populares los arrastre en su senda.

Y, mientras tanto, hace mucho tiempo que no se presentaba ante aquellos que ansían derrumbar el sistema capitalista una tempestad tan perfecta, en el mundo entero, de circunstancias objetivas favorables a agitar los cimientos corroídos del edificio de la explotación. Véase: las grandes multinacionales financieras van a recaudar fondos con las ventas mundiales de las vacunas; las empresas petrolíferas continuarán a explorar y a producir libremente, sin preocupaciones ambientales. El empresariado va a reducir puestos de trabajo y derechos laborales. Se acentúan las desigualdades, el calentamiento global continúa a agravarse. La pobreza del hemisferio sur va a alcanzar niveles absurdos, mientras las ganancias de las bolsas seguirán su curso ascendiente. Por su lado, el gobierno al servicio del capital se prepara para hacer apretar el cinto con más austeridad e impuestos, para resarcirse de los gastos en subsidios del año 2020, al mismo tiempo que distribuirán los fondos de la UE a los lobis y clientelas a su vuelta, y darán prioridad a las obras de prestigio, en vez de privilegiar a los sectores públicos como la educación, salud y vivienda, cada vez más degradados.

En el caso de que no haya reacciones conscientes y masivas de las masas explotadas y un activismo vigoroso en su seno por parte de una izquierda no reformista, queda el terreno abierto a la extrema derecha, actualmente empeñada en reforzar su base de apoyo entre los sectores más populares para apropiarse mejor de los mecanismos de gobernación. La vieja máxima “revolución o caos” nunca fue tan verdadera.

Una izquierda que se quiera auténtica tiene que autorregularse y ganar pie en el terreno de la lucha de clases, optando sin ambigüedades por ponerse sin transigencias del lado correcto de la barricada, si quiere alguna vez contribuir para derrumbar el sistema. Tendrá que asumir plenamente la lucha por la defensa de los intereses de los productores de la riqueza, los proletarios hoy están abandonados a su suerte, comenzando por formular y diseminar entre ellos un programa anticapitalista y anti-reformista que de cuerpo a una estrategia revolucionaria, separando las aguas en relación a los intereses de las restantes clases y distinguiendo a sus aliados, a sus compañeros de camino y a sus enemigos. ¿Será esto posible en los tiempos más próximos? Es que si no fuera así, solo nos esperan más desgracias.

Artículo original en portugués:

A esquerda em Portugal

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