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Hay que construir un frente mediático para contrarrestar la narrativa dominante del imperialismo.
Por Juanlu González | 15/01/2026
El término imperialismo, en su acepción común, se refiere a las acciones de un Estado para expandir su dominio sobre otros Estados mediante el uso de la fuerza militar, la política, la economía o la cultura. En el ámbito de la politología, a principios del siglo XX, Lenin describió la naturaleza del imperialismo basándose en las tesis marxistas sobre la evolución del capitalismo a través de procesos de concentración progresiva del capital, lo que lo convirtió en un concepto con una carga marcadamente economicista.
Del contraste o la confrontación entre las visiones informales y académicas, emergen diversos malentendidos en el análisis político de la realidad. Entre ellos, se encuentra la popularización del concepto de «interimperialismos contemporáneos», que, si bien puede resultar atractivo en conversaciones de andar por casa, carece de rigor científico en el ámbito del análisis geopolítico. Aplicando la sistemática leninista, actualmente existe un solo imperio a nivel global y no hace falta decir cuál es. El mero hecho de que una nación aspire a la expansión territorial no la convierte en un imperio, de la misma manera que un Estado que busca resolver una disputa territorial histórica con un vecino no puede ser considerado imperialista. Como se ha mencionado, académicamente se trata de una cuestión más económica que política. Ya lo dijo Mayer Rothschild: «Dadme el control de la moneda de un país y no me importará quién hace las leyes».
Donde ambos enfoques coinciden es en el uso de la coacción como método para imponer el control sobre los Estados atacados por las naciones imperialistas. Sin embargo, la coacción no es monolítica, abarca desde la fuerza militar convencional hasta estrategias más sutiles y menos visibles, usadas cuando la transparencia puede resultar contraproducente para evitar reacciones populares contrarias de carácter soberanista frente a la acción imperial. Es en este contexto donde surgen los conceptos de poder blando (soft power) e incluso de poder inteligente (smart power), este último acuñado por Suzanne Nossel, asesora de Hillary Clinton en el Departamento de Estado y, posteriormente, directora de operaciones de Human Rights Watch y directora ejecutiva de Amnesty International USA en 2012 y 2013. Para que luego digan que las ONG son un «contrapoder»…
Si bien estos tipos de poder «modernos» buscan disfrazar el factor fuerza ante la población a la que se pretende someter, es innegable que el poder blando sigue siendo una forma de coacción para alcanzar un objetivo de dominación. El poder inteligente, promovido por nuestra pacifista y defensora de los derechos humanos, se presenta como una combinación del poder blando, junto con la amenaza latente del poder clásico en las relaciones internacionales, recurriendo a este último si el primero no logra sus fines de manera expeditiva.
Tácticas de dominación imperialista
1. Intervenciones militares directas
Las intervenciones militares directas han constituido un instrumento recurrente en la estrategia de Estados Unidos para consolidar su poder y control a lo largo del siglo pasado. Estas acciones implican el uso explícito de la fuerza armada para invadir y ocupar territorios, con el objetivo de asegurar el acceso a recursos, mercados o posiciones geopolíticas estratégicas. Con frecuencia, estas intervenciones se han justificado bajo pretextos como la protección de intereses nacionales, la promoción de la democracia, la protección de los derechos humanos o el combate al terrorismo, aunque sus motivaciones siempre han estado ligadas a la expansión económica y la explotación de los recursos y materias primas del país intervenido.
Ejemplos notables incluyen la invasión de Afganistán en 2001, la de Irak en 2003, o los numerosos golpes de Estado apoyados por Estados Unidos en América Latina durante el siglo XX. Estas intervenciones generan consecuencias devastadoras: conflictos prolongados, desplazamiento masivo de poblaciones, destrucción de infraestructuras y la imposición de gobiernos dependientes de potencias hegemónicas.
2. Intervenciones militares encubiertas y cooperación con élites locales corruptas.
El imperio y sus aliados han aprendido que las invasiones directas conllevan costes humanos, políticos y económicos sumamente elevados y prolongados. En consecuencia, cada vez con mayor frecuencia recurren a estrategias indirectas: organizan golpes de Estado, financian grupos rebeldes o paramilitares, entrenan fuerzas locales y, en lugar de ejércitos regulares, emplean mercenarios (denominados eufemísticamente «contratistas privados») y organizan operaciones encubiertas.
Se trata de estrategias sutiles pero eficaces de control imperialista, que evitan la ocupación abierta y optan por operaciones clandestinas. Estas acciones buscan desestabilizar gobiernos independientes, facilitando su sustitución por regímenes títeres. Un aliado fundamental en este proceso son las élites locales corruptas, que, a cambio de beneficios económicos o políticos, colaboran con potencias extranjeras para perpetuar una dependencia que asegure el acceso a recursos estratégicos o mercados.
El mecanismo de funcionamiento es bien fácil de comprender, por eso se suele revestir de propaganda y palabrería vacía. Una vez controlado el país, las multinacionales imperiales firman convenios de extracción de recursos naturales (hidrocarburos, litio, tierras raras…) a precios muy por debajo del mercado, destinando una pequeña parte de las ganancias para el estado colonizado y otra para los vende patrias colocados en el poder desde el exterior, que se mantienen de mantener el statu quo de la colonia a base de violencia y represión.
Un ejemplo paradigmático son las revoluciones de colores en el espacio postsoviético, como la Revolución de las Rosas en Georgia (2003), la Naranja en Ucrania (2004 y 2013) o la Tulipán en Kirguistán (2005). Si bien se presentaron como movimientos ciudadanos por la democracia, contaron con instrucción, dirección, apoyo financiero y logístico de organizaciones occidentales, con el objetivo de debilitar la influencia rusa y expandir la OTAN y la UE. Más recientemente, las Primaveras Árabes mostraron cómo el hegemón imperial y sus aliados organizaron protestas para impulsar cambios de régimen en países como Libia o Siria, dejando tras de sí guerra, caos, migraciones masivas, etc.
3. Las sanciones económicas como arma de guerra
Las sanciones económicas, cuando se aplican unilateralmente sin mandato de la ONU, infringen el derecho internacional y se transforman en instrumentos de guerra encubierta. Bajo las «medidas coercitivas unilaterales», potencias como Estados Unidos imponen bloqueos financieros, restricciones comerciales y congelaciones de activos con el objetivo de desestabilizar gobiernos que cuestionan su hegemonía. Actualmente, son más de 30 países los que sufren este tipo de prácticas ilegales. De acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas, únicamente el Consejo de Seguridad, puede autorizar sanciones colectivas; sin embargo, Washington y sus aliados las utilizan como herramienta de chantaje, priorizando intereses geopolíticos sobre la soberanía nacional.
Un ejemplo paradigmático es el embargo a Irak (1990-2003), que, según estudios de The Lancet (2000 y 2006), provocó más de 650.000 muertes infantiles por desnutrición y enfermedades evitables, debido al colapso de la importación de alimentos y medicinas. La ex secretaria de Estado Madeleine Albright admitió en 1996 que el costo humano «vale la pena», revelando la hipocresía de quienes justifican estas medidas como «no violentas». En la actualidad, sanciones similares afectan a Rusia, Venezuela, Irán, Cuba y Nicaragua, entre otros muchos estados. Las sanciones no solo afectan a los partidos de gobierno de los estados, sino también a la salud pública, la educación y la infraestructura, lo que las convierte en verdaderas armas de destrucción masiva no convencional.
El poder del dólar como moneda global refuerza esta táctica: al controlar sistemas financieros como SWIFT, Estados Unidos obliga a bancos y empresas neutrales a cumplir sus sanciones bajo amenaza de multas o exclusión de su mercado. Un ejemplo de ello es el caso del banco francés BNP Paribas, que en 2014 fue multado con 8,900 millones de dólares por operar con países sancionados. En consecuencia, las sanciones no solo constituyen un arma económica, sino también un mecanismo para perpetuar un orden global desigual, donde la hegemonía financiera se convierte en una herramienta de guerra silenciosa.
4. Dominación financiera y dependencia económica
Vladímir Lenin ya identificó la dominación financiera como un instrumento central del imperialismo contemporáneo. A través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, se establecen relaciones de dependencia con países del Sur Global, que acceden a préstamos bajo condiciones estrictas que suelen implicar políticas neoliberales: reducción del gasto público, privatización de servicios estratégicos y apertura comercial. Estas medidas afectan la autonomía económica de los Estados y priorizan los intereses de las potencias y corporaciones extranjeras por encima del desarrollo local.
Un ejemplo paradigmático de esta dependencia, aunque protagonizado en esta ocasión por Francia, una de las potencias imperialistas subordinadas a Estados Unidos, es el Franco CFA (actualmente Franco XOF y XAF), moneda impuesta en 14 países africanos francófonos. Controlado por el Elíseo, este sistema obligaba a estos países a depositar el 50% de sus reservas en el Tesoro francés, sin que le generase ningún interés, manteniendo así su economía subordinada de forma permanente a la metrópoli.
Otra forma de control es la imposición obligatoria de depósitos de ingresos por materias primas en bancos occidentales. Tras las sanciones impuestas a Moscú por Occidente después del inicio de la guerra de Ucrania, más de 300 mil millones de dólares en reservas rusas fueron congeladas en instituciones financieras europeas y estadounidenses, evidenciando cómo el sistema financiero internacional puede convertirse en un instrumento geopolítico. Actualmente, solo se están apropiando de los intereses de esos depósitos, pero la intención de Occidente, manifestada en múltiples ocasiones, es apropiarse de la totalidad del monto para, supuestamente, cubrir los costos de la ayuda militar a Kiev o las futuras reconstrucciones.
Asimismo, el depósito de oro de países periféricos en bancos centrales extranjeros simboliza esta dinámica. El caso del oro venezolano retenido ilegalmente por el Banco de Inglaterra, a pesar de las resoluciones judiciales internacionales, muestra cómo se viola la soberanía económica, incluso en el ámbito legal.
En conjunto, estas prácticas refuerzan una estructura global desigual, donde los países del sur son sistemáticamente marginados en el sistema financiero mundial, mientras que las potencias centrales utilizan mecanismos económicos como herramientas de dominación.
5. Guerras culturales y hegemonía ideológica
El imperialismo no solo actúa en el terreno económico o militar; también busca imponer una visión del mundo. A través de los medios de comunicación globales, redes sociales, industria del entretenimiento y sistemas educativos influenciados por ideologías occidentales, se promueve un modelo cultural homogéneo que legitima el orden existente.
Esta guerra cultural busca erosionar identidades locales, fomentar valores individualistas y consumistas, y presentar como «modernos» los modelos políticos y económicos propuestos por los centros imperiales. Las narrativas mediáticas juegan un papel central: criminalizan a líderes independientes, glorifican movimientos opositores respaldados por el exterior y justifican intervenciones bajo el disfraz de derechos humanos o democracia.
A la luz de la propaganda de Hollywood y las creencias populares, fue EE. UU. quien ganó la guerra contra el nazismo y el fascismo en la II Guerra Mundial, a pesar de que los datos del campo de batalla digan lo contrario, a pesar de que es conocido que los científicos nazis encontraran una nueva vida en los Estados Unidos o que la OTAN fuera una puerta giratoria para los mandos de Hitler.
Resulta curioso cómo cualquier país que se oponga a la dominación imperial norteamericana se convierta invariablemente en una dictadura, en un «régimen» violador de los derechos humanos. O en un Estado donde se conculcan los derechos de las mujeres a pesar de ser uno de los países más igualitarios del mundo, como sucedió con Nicaragua.
Para impulsar este tipo de imágenes, el imperio cuenta con una legión de periodistas a sueldo en todo el mundo, tal y como se demostró cuando se publicitaron algunos documentos de la USAID. Y no solo eso, además financia a una red de ONG con las que socava gobiernos independientes y las utiliza en caso de necesidad para fines violentos a modo de células durmientes, algo similar en concepto a la RED Gladio que organizó tras la Gran Guerra Patria. ¿Quién sabe, por ejemplo, que el líder que gobierna Siria ni es sirio y es un terrorista de Al Qaeda al que van a rendir pleitesía los gobiernos occidentales?
¿Quién sabe que EE. UU. creó el terrorismo islámico y lo usa a diario para lograr sus fines geopolíticos? Tras el velo de ocultación de la realidad se encuentra la guerra cultural norteamericana compartida por sus vasallos occidentales.
6. Control tecnológico y cibernético
En la era digital, el control de la tecnología se ha convertido en una nueva frontera del imperialismo. No hay guerra que no tenga una vertiente cibernética para neutralizar defensas aéreas, paralizar plantas energéticas, conocer el emplazamiento de armas y tropas, etc.
Países como Estados Unidos intentan dominar sectores estratégicos como la inteligencia artificial, el 5G, la biotecnología y el espacio cibernético e intentan evitar que otras naciones tengan acceso a esas tecnologías utilizando herramientas contrarias al libre mercado que tanto dicen preconizar. Las empresas tecnológicas vinculadas al Estado estadounidense, como Google, Facebook, Apple o Microsoft, tienen un peso desproporcionado en la economía global, facturando a veces mucho más que el PIB de la mayoría de países del Sur Global.
Además, el espionaje cibernético, el sabotaje digital y el control de datos personales permiten a las potencias imperialistas monitorear y manipular información crítica. Con herramientas como la inteligencia artificial y la explotación del Big Data es perfectamente plausible tener controlada a la población propia o a las ajenas para hacerlas diana de cualquier tipo de operaciones de ingeniería social como las que describimos en el epígrafe anterior.
De ahí vienen gran parte de las sanciones dictadas contra China, como la prohibición del despliegue del 5G en Occidente, las amenazas permanentes contra Tik-Tok, o la prohibición de exportación a Pekín de chips por debajo de 14Nm (nanómetros) y después de 7 y 5Nm, a pesar de que empresas como Huawei ya han logrado construirlos a 3Nm con tecnología propia. La carrera por la computación cuántica también se entiende dentro de este contexto, ya que permitiría modelos predictivos complejos en cuestión de segundos, un desarrollo prácticamente ilimitado de la IA con todo lo que ello conlleva y la capacidad de descifrado de cualquier clave utilizada para proteger datos críticos.
Resistencias al imperialismo en el siglo XXI
No hay acción sin reacción ni ataque sin defensa. Frente a una renovada ofensiva imperialista, surgen nuevas formas de resistencia. En estos momentos, el imperio está en franca decadencia frente al auge de las nuevas potencias regionales y globales. Estados Unidos no solo ha perdido el liderazgo tecnológico militar, sino que también lo ha hecho en el plano económico, mostrándose realmente débil en las capacidades de acceso a materias primas vitales para la industria tecnológica y de defensa, como las tierras raras.
Para colmo, muchos de los países sancionados por el Estado estadounidense se han ido organizando entre ellos para enfrentar el impacto de las medidas coercitivas unilaterales, tratando de sobrevivir sin acceso a los dólares, al crédito internacional o a los sistemas informáticos de intercambio bancarios (SWIFT) que posibilitan el comercio global. Las recientes derrotas en Afganistán y Ucrania han socavado la imagen de la superpotencia y su potencial disuasorio.
Veamos someramente algunas maneras de enfrentar al imperio que se han puesto en marcha en todo el planeta:
Gobiernos antiimperialistas
La punta de lanza tradicional en el antiimperialismo es un grupo de países que han mantenido tradicionalmente su independencia y soberanía nacional frente a las ansias depredadoras de EE. UU., a pesar de sufrir ataques directos y múltiples intentos de desestabilización. Países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Irán, Siria, Corea del Norte, Cuba… han implementado programas de nacionalización de recursos, integración regional y alianzas estratégicas fuera del ámbito occidental que le han valido el calificativo de dictaduras, de estados parias, de gobiernos a derrocar en aras de un supuesto bien universal. A ellos se unieron nuevos países del Sur Global, especialmente en África que, poco a poco, está tomando las riendas de su destino al margen del imperio y sus potencias imperialistas subordinadas, gracias al apoyo popular interno y a alianzas con otras naciones libres y en desarrollo.
Pero si las posibilidades de liberación nacional son hoy más factibles que en años pasados en países en vías de desarrollo, es gracias al poderío militar de Rusia, a sus materias primas y a la pujanza económica y tecnológica de China.
Movimientos sociales y resistencia popular
La resistencia no se limita a los gobiernos. En todo el mundo, movimientos sociales, sindicatos de clase, comunidades indígenas, grupos altermundistas, internacionalistas, antiimperialistas… están en primera línea global de la lucha contra las políticas impuestas por el imperialismo. Cada año, millones de personas en las calles exigen justicia social, soberanía y autodeterminación en sus protestas. Estos movimientos, aunque diversos y a veces contradictorios, comparten un rechazo al sistema capitalista global y a las formas de opresión asociadas al imperialismo.
Aunque enfrentan represión y criminalización, estos movimientos representan una forma crucial de resistencia desde abajo, cuestionando las estructuras de poder global y proponiendo alternativas basadas en la justicia social, la soberanía nacional y el respeto al medioambiente.
Integración regional y cooperación Sur-Sur
Un aspecto clave de la resistencia antiimperialista es la construcción de alternativas económicas y diplomáticas al orden imperialista. De entre todas ellas merecen destacarse iniciativas como los BRICS y su Banco de Desarrollo. En constante crecimiento y con largas listas de espera para su integración, camina lentamente hacia un sistema financiero propio e independiente. También son dignos de mención el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) y el Sistema de Pagos Internacionales SPFS (ruso), que ofrecen opciones fuera del control del dólar y del SWIFT occidental.
Con ellos, hoy día es posible vivir al margen del control occidental, del Banco Mundial, del FMI y del resto de los resortes económicos de dominación imperial.
Asimismo, bloques regionales como ALBA (América Latina), CELAC, ASEAN, la Unión Africana, la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización para la Cooperación de Shanghai, trabajan para fortalecer la cooperación económica y política sin la intervención de potencias imperiales.
Descolonización cultural y recuperación de identidades
Otra forma de resistencia antiimperialista es la recuperación de identidades culturales, lenguas originarias, conocimientos ancestrales y modos de vida sostenibles. Esta descolonización cultural busca contrarrestar la hegemonía ideológica del imperialismo y reconstruir subjetividades colectivas basadas en la dignidad, la comunidad y la relación armónica con la naturaleza. Este proceso implica cuestionar la visión eurocéntrica de la historia, promover sistemas educativos propios, revitalizar lenguas indígenas y proteger expresiones artísticas y espirituales tradicionales. Asimismo, se opone a la apropiación cultural y al mercantilismo que convierte las identidades en productos de consumo global.
La recuperación de identidades propias fortalece la autonomía de los pueblos y contribuye a construir sociedades más justas e incluyentes, donde la diversidad cultural sea reconocida como un valor fundamental frente al imperialismo global, homogeneizador y unidimensional.
Lucha en el terreno informativo y comunicacional
La lucha en el terreno informativo y comunicacional contra el imperialismo es clave en la era de la información. Consiste en enfrentar la manipulación, la propaganda y el control mediático ejercido por potencias imperiales y sus aliados. Esta resistencia se manifiesta como una auténtica guerrilla comunicacional, donde colectivos, medios alternativos, periodistas independientes y activistas utilizan herramientas digitales, redes sociales y plataformas propias para difundir información veraz, combatir la desinformación y visibilizar las luchas populares que los grandes medios ignoran o tergiversan.
Se trata de construir una especie de frente mediático de la resistencia antiimperialista, capaz de contrarrestar la narrativa dominante con historias, imágenes y discursos que den cuenta de la explotación, las intervenciones encubiertas y las violaciones a los derechos humanos impulsadas por el imperialismo. Este frente debe articular experiencias de comunicación comunitaria, generar contenidos en distintos formatos —audiovisuales, gráficos, radiales— y usar el humor, el arte y la creatividad como armas simbólicas. Su objetivo no es solo informar, sino formar conciencia, movilizar y construir identidad colectiva frente al poder imperial.
En este sentido, la comunicación se convierte en arma de liberación: cada video, nota o transmisión en vivo puede ser una barricada informativa contra el orden dominante. La guerra imperialista del siglo XXI no siempre se libra en campos de batalla con tanques y soldados. Sus frentes están en los parlamentos, en los mercados financieros, en las redes sociales, en los satélites espaciales y en las conciencias colectivas. Pero donde hay dominación, también hay resistencia. Y si bien los desafíos son enormes, la historia nos enseña que el imperialismo puede ser vencido cuando los pueblos se unen en torno a proyectos de liberación, justicia y solidaridad.
La lucha contra el imperialismo no es solo una cuestión de soberanía nacional, sino de supervivencia humana. En un mundo marcado por la crisis climática, la desigualdad extrema y la concentración del poder, construir alternativas genuinas es una tarea colectiva que involucra a todos los habitantes del planeta.
Este texto forma parte del número #0 de la revista Lume Vivo que puedes descargar completa en PDF o EPUB. Si prefieres una copia impresa por 6€ + envío, escribe a info@republica.gal. Es una buena forma de contribuir a la salud del proyecto.
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