![]()
Los implicados pagaban sumas de entre 80.000-100.000 euros por ‘paquetes’ que incluían transporte en avión, armas y guías.
Por Víctor Siles | 12/11/2025
En los últimos días, Italia se ha visto sacudida por un escándalo que remueve las cenizas de uno de los capítulos más oscuros del siglo XX: la guerra de Bosnia (1992-1996). La Fiscalía de Milán ha abierto una investigación por homicidio voluntario agravado por motivos abyectos y crueldad, tras la denuncia presentada por el escritor y periodista Ezio Gavazzeni. Según las acusaciones, durante el asedio de Sarajevo —el más largo de la historia moderna, con más de 11.000 civiles muertos, entre ellos 1.601 niños— grupos de empresarios adinerados, incluidos italianos, pagaban sumas elevadas para unirse a las milicias serbobosnias y disparar contra la población civil como si se tratara de un safari de fin de semana.
El origen de la investigación: la denuncia de Ezio Gavazzeni
Ezio Gavazzeni, autor de libros sobre mafia y terrorismo, presentó en enero de 2025 un expediente de 17 páginas a la Procuraduría de Milán, asistido por los abogados Nicola Brigida y Guido Salvini (exmagistrado). El documento incluye testimonios, correos electrónicos y referencias a documentos de inteligencia bosnia. Gavazzeni se interesó en el tema tras leer artículos de los años 90 sobre “cecchini turistici” y, especialmente, tras ver en 2023 el documental Sarajevo Safari del esloveno Miran Zupanič, que recopila testimonios anónimos sobre extranjeros que pagaban por disparar a civiles.
“Son cientos”, afirma Gavazzeni, refiriéndose a los posibles implicados. “Gente respetable, con reputación, empresarios, que pagaban para matar civiles indefensos y luego volvían a su vida normal”. El periodista ha entregado al fiscal Alessandro Gobbis credenciales para acceder a la versión reservada del documental, destinada a magistrados.
Los ‘safaris humanos’: cómo funcionaban
Entre 1993 y 1995, en el pico del asedio, ricos aficionados a las armas —muchos vinculados a la extrema derecha y a la caza mayor— viajaban desde Italia (principalmente del norte: Milán, Turín, Trieste) hasta los Balcanes. Se reunían en Trieste, punto de partida hacia Belgrado, y desde allí eran trasladados a las colinas alrededor de Sarajevo controladas por las fuerzas serbobosnias de Radovan Karadžić.
Pagaban sumas equivalentes a 80.000-100.000 euros actuales por “paquetes” que incluían transporte (incluso con la extinta aerolínea serbia Aviogenex), armas y guías. Existía un “tarifario del horror”: los niños costaban más (hasta 100.000 euros), seguidos de hombres armados, mujeres y ancianos (estos últimos, “gratis”). Usaban rifles de caza y ropa civil, no uniformes militares, lo que los hacía reconocibles para testigos.
Una fuente clave es Edin Subašić, exagente de inteligencia bosnia, quien en correos de 2024 relata que en 1993 interrogó a un voluntario serbio capturado que confesó haber acompañado a cinco extranjeros, al menos tres italianos (uno de Milán, propietario de una clínica estética; otro de Turín y uno de Trieste). Los servicios bosnios alertaron al SISMI (antiguo servicio secreto militar italiano), que en 1994 respondió: “Hemos descubierto que el safari parte de Trieste. Lo hemos interrumpido”.
Perfil de los implicados: empresarios y ‘amantes de la adrenalina’
No eran mercenarios ni combatientes ideológicos, sino “cazadores apasionados que, tras probar todos los safaris legales, buscaban la cabeza humana como trofeo”, según Subašić. Psicópatas, exmilitares o simples ricos aburridos, muchos usaban la cobertura de viajes de caza en Hungría, Croacia o Serbia. Detrás de la organización estaría Jovica Stanišić, exjefe de seguridad serbia condenado por crímenes de guerra.
La exalcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karić, ha enviado un informe a Milán calificándolos como “ricos extranjeros amantes de empresas inhumanas” y se ha ofrecido a testificar.
Rumores antiguos que ahora son investigación
El fenómeno no es nuevo: en 1995, el Corriere della Sera publicó “Vacanze in Bosnia, tiro all’uomo compreso”. En 2007, durante el juicio a Ratko Mladić en La Haya, un bombero estadounidense voluntario en Sarajevo describió “tiradores turísticos” con ropa y armas de caza. En Italia se habló en el Tribunal de los Pueblos de Trento y en libros como I bastardi di Sarajevo de Luca Leone.
La Fiscalía milanesa ha solicitado actos del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y prepara interrogatorios.
Un horror que no prescribe
Treinta años después, este escándalo revela una faceta monstruosa de la guerra: no solo el genocidio sistemático, sino un sadismo pagado como ocio. “Es la indiferencia del mal”, dice Gavazzeni. Italia, por primera vez, investiga a sus propios “cazadores de hombres”. La verdad, aunque tardía, podría romper el silencio sobre uno de los crímenes más aberrantes del conflicto balcánico.
Que hdp!!
Por cierto, quería decir cultura pop, no cultura popular. He pecado de esa confusión de términos tan habitual términos, pero es un error confundir la cultura creada, transmitida y modificada por los pueblos a lo largo de siglos o milenios con la cultura pop creada por empresas de entretenimiento, casi siempre estadounidenses, como otro producto de usar y tirar más.
No soy partidaria de la pena de muerte porque niega la posibilidad de reeducación del criminal, y si delinquimos es por necesidad (no es este el caso, obviamente) o por alienación.
En el primer caso, hay que proteger a los inocentes, para eso existen la policía y las cárceles (o así debería ser); y acto seguido, hacer que la sociedad garantice que nadie va a pasar necesidad, imposible en un modelo capitalista cuya supervivencia depende precisamente de eso, de que haya gente con necesidad que tenga que vender su fuerza de trabajo a un precio claramente poco ventajoso para ella pero mucho para el empleador.
En el caso del delincuente alienado que roba no para pagar el alquiler o la luz o el supermercado sino para comprarse unas deportivas de 200 euros, o un teléfono de 1000, o pegarse «buenas fiestas», o incluso el que mata de una puñalada por una pelea banal porque ha crecido en una sociedad cuya cultura popular eso es lo que promueve a través de series, cine, etc, donde el conflicto no queda resuelto hasta que «el bueno» mata «al malo». Obviamente el culpable es él, no voy a soltar la «progrez» típica de que es una víctima de la sociedad sin más; es producto de la sociedad, y puede que también víctima, pero de lo que no hay duda es de que a la vez es verdugo: el neonazi, el maltratador, el rentista, el ladrón violento y el pandillero, son igual de productos, probablemente víctimas y verdugos de la sociedad. Pero tal vez en una sociedad con modelos culturales diferentes, con una cultura basada en la cooperación, en ver al otro no como un potencial enemigo sino como un compañero y potencial amigo, un camarada, esta violencia y este abuso hacia el prójimo no sé si se acabarían del todo pero se reducirían enormemente.
Acabar con la vida de esos casos criminales es negar la posibilidad de revertir el daño causado por el capitalismo, negar la superioridad moral y educativa socialista. Cierto es que en una sociedad capitalista es imposible terminar con la violencia «fascista» (¿no es acaso toda imposición de nuestra voluntad por medio de la fuerza con el objetivo de mejorar nuestra situación económica, aumentar nuestro placer, nuestra sensación de poder, etc, a expensas de la opresión y sufrimiento ajenos, una forma de fascismo a pequeña escala?), pero debemos seguir intentándolo.
Por lo recién argumentado soy contraria a la pena capital. PERO, ¿qué pasa cuando hay una tercera causa para el comportamiento criminal: la psicopatía? Estamos hablando de empresarios adinerados que no cometían delitos contra la propiedad sino contra la vida, y no era por un odio alienado por la sociedad tras una trifulca o una afrenta «terrible» ni nada parecido. Esta gente mataba humanos por diversión; ni siquiera se los comían, como se hace con los animales de caza; no hay «justificación» posible: simplemente disfrutaban quitando la vida a seres humanos, como los soldados israelíes.
Aquí ya no tengo tan claro que el mundo no fuera un lugar mejor eliminando a estas alimañas. Se los puede condenar a perpetua, pero ¿para qué? Spn psicópatas, no hay reeducación posible porque no son enfermos, son gente cuyo cerebro «es así» y para ellos «divertirse» matando es como divertirse jugando a los bolos. No tienen la capacidad fisiólogca de sentir empatía, y «educarlos» no les va a hacer crecer neuronas espejo. Entonces ¿para qué mantenerlos con vida en una institución a cargo del bolsillo del contribuyente?
Luego pienso en el segundo motivo por el que me opongo a la pena de muerte, que es la irreversibilidad en caso de error, y dudo. Hay cientos de casos de gente que ha sido condenada en juicio y años después han aparecido pruebas nuevas que la exculpaban. Los años en la cárcel no se los va a devolver nadie, ni siquiera una indemnización, pero al menos siguen con vida y las indemnizaciones les permiten tener los años que les quedan una vida un poco mejor, pero si los hubieran matado, no habría compensación posible.
En fin, algo me dice que la mayoría de los italianos estos estará ya muerta y la que no, muchos serán muy viejos para entrar en prisión y otros entrarán un tiempo pero al poco serán indultados algo así. El capital siempre acaba saliendo impune.
¡Qué macabro y qué barbaridad! La misma burguesía apestosa se cree siempre que está por encima de la ley. Ojalá tengan una dura condena estos asesinos.