La guerra de los jubilados

Por Víctor Chamizo

La labor que están haciendo los pensionistas jubilados de Bilbao es impagable, pero parece que a nadie le importa. Los jubilados solo interesan cuando hay que pedirles el voto, lo que va a suceder de aquí a poco. Mientras tanto, ¡qué se jodan con sus pensiones de miseria!, eso, al menos, deben pensar los dirigentes de este país, o los que aspiran a serlo.

Es indignante ser testigo de los argumentos que esgrimen algunos economistas en los medios de comunicación masiva, recomendando planes de pensiones como alternativa, y pregonando, como vendedores de Biblias, que el sistema no lo soporta. El sistema no debería soportarles a ellos, con esas recetas rancias de liberalismo económico, que se rige en dos principios fundamentales completamente imbricados: La ineficacia de lo público y la auto-regulación del mercado por la competencia. Dos mentiras descomunales que quieren convertir en verdad.

Cuando lo público desaparece, las prestaciones básicas de la sociedad quedan al alcance de la población mejor situada económicamente, condenando al resto de la sociedad a la incultura, la precariedad en la salud y a una vejez miserable. Lo que se consigue con ello es que las clases privilegiadas, que son las que tienen el acceso a todos los beneficios sociales, porque poseen capacidad económica, se conviertan en las élites que dirigen siempre el país, manteniendo contínua y continuadamente la fractura social, creando una casta, en definitiva.

Las pensiones debieran estar garantizadas por ley en nuestro país. Sin embargo, en lugar de ello se aprobó el artículo 135 que garantiza la devolución de la deuda por encima de cualquier otro gasto.

Nos dicen estos economistas de medio pelo que no hay dinero para pagar las pensiones, y que hay que rediseñar el sistema, que no se puede incrementar la presión impositiva para sostenerlo. No decían lo mismo cuando se rescató a los bancos con 60 000 millones, cuando se rescató a las autopistas con 4000, cuando se incrementó el IVA, un impuesto directo que grava de igual manera al que gana 500 al que gana 50.

Estos prestidigitadores de la economía ponen el grito en el cielo cuando se habla de impuestos progresivos – los que pretenden que contribuyan más, no los que más tienen, sino los que más pueden, no nos dejemos engañar con las palabras – cuando se habla de imponer un impuesto a la banca, que cada año aumenta sus beneficios, cuando se esgrime la necesidad de que las grandes empresas tributen más por el impuesto de sociedades, que castiga mucho más a las PYMES, cuando se aboga por modificar la legislación impositiva de las SICAV – Sociedades de inversión colectiva, donde hay uno que maneja mucho dinero y 99 que son solo figurantes –  que tributan al 1 %, y que se necesita un millón de euros como mínimo para su constitución, y se incomodan cuando se menciona la necesidad de terminar con los paraísos fiscales.

Cuando lo público desaparece, las prestaciones básicas de la sociedad quedan al alcance de la población mejor situada económicamente, condenando al resto de la sociedad a la incultura, la precariedad en la salud y a una vejez miserable.

Ahí está el dinero de los jubilados, de la Sanidad y de la Educación. Pero estos economistas pagados por las sociedades financieras, de verborrea barata y diarrea mental, lo que pretenden es convencernos de que engordemos aun más el sector bancario, comprando planes de pensiones que, incluso, jamás sabremos si los cobraremos o no.

Los jubilados están en guerra, y debemos estar todos con ellos, porque su guerra es la nuestra, y su presente nuestro futuro.

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