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Indy no habla, pero en su rostro podemos encontrar la angustia y el miedo que le causan esas apariciones malignas, la preocupación hacia el estado de Todd, que se va deteriorando tras entrar en la casa, la gratitud cuando le dan de comer o los abruptos despertares después de sufrir una pesadilla.
Por Angelo Nero | 25/12/2025
Si me dicen que una de las películas de terror que me iban a gustar más este año iba a estar protagonizada por un perro, no me lo hubiera creído. Pero no un perro cabrón como el de Cujo, que no era realmente protagonista, sino el instrumento con el que aterrorizar a Dee Wallace-Stone y a Danny Pintauro, la madre y su hija atrapados en el coche, y al que deseabas que alguien acabara con el de un tiro, sino un perro bonachón, desde cuya visión se cuenta esta historia, al que acosan los demonios. Esta es la apuesta del director Ben Leonberg en su película Good Boy, en la que Indy, un apacible troller retriever, se traslada con su dueño Todd (Shane Jensen) a la granja abandonada de su abuelo. Una casa, por supuesto, sobre la que ha caído una maldición, y que está plagada de peligros, sombras que acechan y amenazan, que solo parece ver el bueno de Indy.
“Indy, como personaje, no puede hacer lo que un humano haría en una película de casas encantadas, no puede coger el libro antiguo de la estantería y aprender sobre la maldición de la casa. De este modo, que su compañero humano estuviera todo el tiempo viendo viejas cintas caseras ayuda a preparar situaciones de terror y a proporcionar contexto extra. No tiene por qué tener sentido para el perro, pero como todo lo vemos y escuchamos desde su punto de vista, la televisión era una buena herramienta para explicar la historia.” Señala el creador del film, Ben Leonberg.
Indy no habla, pero en su rostro podemos encontrar la angustia y el miedo que le causan esas apariciones malignas, la preocupación hacia el estado de Todd, que se va deteriorando tras entrar en la casa, la gratitud cuando le dan de comer o los abruptos despertares después de sufrir una pesadilla. Porque, y esto es otro de los aciertos del film, no sabemos que se imagina, que sueña o que ve en realidad Indy. Tras esa atmósfera sobrenatural, claustrofóbica, está el infierno que padece Todd, la depresión, los vómitos de sangre, los desmayos, el avance inexorable de la enfermedad (en realidad sus demonios más reales), que solo soporta la compañía de su perro en su personal viaje a los infiernos.
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El acierto es poner el foco en el perro, Indy, y no en su dueño, Todd, que le da una frescura especial a la película, tal como afirma su director: “Era tanto una decisión práctica como creativa. Lo primero es que queríamos anclar la película enteramente al punto de vista de Indy. Esto implicaba que la mayor parte del tiempo la cámara solo está a medio metro del suelo y los cuerpos humanos quedan recortados en la imagen, de modo que solo se les ve de cintura para abajo. También creo que, creativamente, el no centrarse en las personas puede ayudar a que los humanos (me refiero a los que ven la película) se vean a sí mismos en Indy. Creo que las películas de terror funcionan mejor cuando el espectador se ve identificado y empatiza con los personajes. Los perros son perfectos para eso, porque son adorables y enseguida se les quiere. Si además no podemos ver detalladamente al humano, es más fácil imaginarse en esa situación.”
El director conoce muy bien al protagonista, ya que, en realidad, es su perro, al que filmo a lo largo de tres años, para conseguir ese inventario de expresiones diferentes que nos puede ofrecer a través de todas las escena de Good Boy, que lo convierten en uno de los mejores interpretes del año, mucho más expresivo que muchos actores humanos que, por cierto, en esta película salen difuminados o cortados por la mitad, y solo hacia el final de la película vemos el rostro de Todd.
La película funciona muy bien, y su metraje es el preciso, unos 75 minutos -ahora es casi imposible ver films que bajen de las dos horas- tanto en su puesta en escena, como en los golpes de efecto clásicos del género, aunque el final flojea un poco en la manera de resolverla. Pero hay que reconocer que Good boy es una película honesta, realizada con más imaginación que medios, en la que, además de hacernos pasar un buen rato de miedo, nos toca la fibra hacia los animales de compañía.
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