Gente que no respeta el dolor, ni las víctimas

Hay que estar muy vacío por dentro para acudir a un mensaje de duelo con el único objetivo de escupir desprecio. Hay que haber perdido cualquier referencia ética para convertir la muerte de personas inocentes en una excusa para reafirmar el propio rencor.

Por Isabel Ginés | 23/01/2026

Hay tragedias que deberían imponernos silencio, respeto y una pausa ética. El reciente accidente ferroviario, con decenas de personas fallecidas, es una de ellas. No hablamos de números ni de titulares. Hablamos de vidas arrancadas de golpe. De hijas e hijos que han quedado huérfanos. De madres y padres que no volverán a abrazar a los suyos. De parejas separadas para siempre. De familias devastadas en plural, sin retórica posible que amortigüe la pérdida.

Entre las víctimas se encontraba una pareja de periodistas. Ella, fotoperiodista, con una trayectoria profesional marcada por un trabajo serio, comprometido y profundamente respetuoso con la memoria histórica. Un trabajo que no buscaba provocación, sino justicia. Que no se construía desde el ruido, sino desde la responsabilidad de mirar de frente lo que otros prefieren borrar.

Cuando supe de su muerte, escribí un tuit sencillo. Un mensaje de pésame. Un gesto mínimo de reconocimiento hacia su trabajo y de respeto hacia su memoria. Compartí un enlace a su obra porque me parecía justo recordarla así: como una profesional valiosa. Nada más. No había provocación, no había debate, no había consigna. Solo duelo.

Y, sin embargo, los insultos llegaron.

Llegaron personas que no conocían a la víctima, que no conocían su trabajo y que no mostraron el menor respeto por el dolor ajeno. Personas que aprovecharon un mensaje de condolencia para burlarse, para insultar, para destilar odio. No les importó la tragedia. No les importaron los muertos. No les importó una hija huérfana ni una familia rota. Lo único que les importó fue odiar.

Eso es lo verdaderamente inquietante. No el desacuerdo, sino la ausencia total de moral. No la crítica, sino la crueldad. Hay que estar muy vacío por dentro para acudir a un mensaje de duelo con el único objetivo de escupir desprecio. Hay que haber perdido cualquier referencia ética para convertir la muerte de personas inocentes en una excusa para reafirmar el propio rencor.

Estas conductas no son anecdóticas. Forman parte de una lógica perversa en la que el odio se ha convertido en identidad. Personas que no saben hacer otra cosa que odiar. Que necesitan señalar, humillar y deshumanizar para sentirse algo. Que no construyen, no argumentan y no dialogan. Solo erosionan.

Resulta especialmente significativo que estas personas se oculten. No dan la cara. No muestran su nombre ni su rostro. Se parapetan tras perfiles anónimos porque saben perfectamente que lo que dicen no resistiría la luz. Se esconden por vergüenza, por cobardía y por conciencia, aunque sea mínima, de su propia bajeza moral. Saben que, si quienes les rodean vieran ese comportamiento, el rechazo sería inmediato.

Porque insultar en un contexto de duelo no es valentía. Es ruindad. Es la demostración más clara de una escala de valores completamente degradada. Es la prueba de una falta absoluta de dignidad. No es ideología. No es libertad de expresión. Es maldad desnuda.

Vivimos en una sociedad que ha normalizado demasiado el insulto, la amenaza y la violencia verbal. Muchas personas que trabajamos en el ámbito público estamos acostumbradas a recibir odio como parte del “oficio”, aunque no deberíamos aceptarlo nunca. Pero hay un límite que no puede cruzarse sin consecuencias morales: el respeto a los muertos y a quienes los lloran.

Cuando alguien es capaz de ir a un mensaje de pésame para mostrar su desprecio, no está ejerciendo ningún derecho. Está exhibiendo su miseria ética. Está diciendo, sin saberlo, que no tiene nada dentro salvo resentimiento. Que su vida es tan pobre que necesita contaminar incluso el dolor ajeno.

Da asco, sí. Produce vergüenza ajena. Pero, sobre todo, obliga a una reflexión incómoda sobre qué tipo de sociedad estamos tolerando. Una sociedad en la que algunos han renunciado por completo a la empatía, a la decencia mínima, al silencio respetuoso cuando el otro sufre.

Frente a esa chusma moral, solo queda reafirmarse en lo contrario. En la memoria. En la dignidad. En la convicción de que no todo vale y de que hay líneas que definen quién es humano y quién ha decidido dejar de serlo. Porque el odio podrá hacer ruido, pero nunca tendrá razón. Y mucho menos, nunca tendrá dignidad.

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