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Esto no va solo de inmigración, ni de protestas, ni de un contexto concreto. Va de algo más básico: qué valor tiene una vida cuando se enfrenta al Estado armado.
Por Isabel Ginés | 11/01/2026
No hace falta repetir los hechos. Ya están claros. Hay imágenes, hay audios, hay una secuencia que no admite demasiadas vueltas. Así que la cuestión no es qué pasó, sino qué estamos dispuestos a tolerar cuando pasa.
Lo ocurrido no es una tragedia accidental ni una mala decisión en un segundo de pánico. Es el resultado lógico de un aparato de poder que se ha acostumbrado a actuar sin consecuencias. Cuando un agente sabe que puede apretar el gatillo y que, pase lo que pase, alguien arriba se encargará de justificarlo, el problema deja de ser individual. Se vuelve estructural.
Aquí el núcleo no es la seguridad, ni el orden, ni la ley. Es el control. Control del cuerpo que estorba, de la voz que se interpone, de la escena que conviene cerrar rápido. Y cuando el control falla, entra en juego la violencia. Después llega la otra violencia, la más silenciosa: el relato. La versión oficial no busca convencer, busca cansar. Repetir una mentira hasta que discutirla parezca inútil.
Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que se asume que ciertas vidas pueden descartarse sin que el sistema se detenga a pensar. No hay conmoción institucional, no hay pausa, no hay autocrítica. Todo sigue funcionando como si nada. Eso es lo peligroso. No el disparo, sino la normalidad que lo rodea.
Y no, esto no va solo de inmigración, ni de protestas, ni de un contexto concreto. Va de algo más básico: qué valor tiene una vida cuando se enfrenta al Estado armado. Si basta con estorbar, con decir “no”, con ponerse delante, para que la respuesta sea letal, entonces la ley deja de ser un marco común y pasa a ser un privilegio.
La retórica que convierte a la víctima en amenaza no es nueva, pero sigue siendo eficaz. Sirve para deshumanizar, para enfriar la empatía, para que el público piense: “algo habrá hecho”. Esa frase es el cemento de la impunidad. Cuando se instala, cualquier muerte es justificable.
Lo que está en juego aquí no es un caso concreto ni un nombre propio. Es la frontera entre un Estado que se equivoca y uno que decide matar y luego protegerse a sí mismo. Cuando el poder puede mentir sin rubor, negar auxilio sin consecuencias y cerrar filas sin rendir cuentas, ya no estamos ante una democracia defectuosa, sino ante un sistema que ha normalizado la violencia como herramienta de gestión.
Aceptar esto es aceptar que la ciudadanía vale solo mientras no incomode. Que el derecho a protestar, a ayudar, a interponerse, es frágil y reversible. Que la vida, en determinadas circunstancias, se vuelve negociable.
Y cuando un país llega a ese punto, el problema no es la policía, ni un agente concreto, ni un discurso político concreto. El problema es que se ha cruzado una línea moral de la que no se vuelve sin romper algo mucho más grande que una ley: la idea misma de que el poder debe responder ante la gente y no al revés.
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