Gallegos en el Gulag

soldados españoles durante el viaje de regreso en el Semíramis

Por Fernando Salgado

“Estimada amiga: Deseo que la presente le sorprenda disfrutando de la más completa salud en compañía de los seres más queridos. Aprovecho la oportunidad para decirle que su esposo y su cuñado continúan en Rusia, si bien confiamos en que pronto les arrancaremos de aquel infierno”.

Una postal con las fotografías de los marineros del Cabo San Agustín y una carta enviada desde Toulouse (Francia), por M. Vázquez Valiño, un miembro de la División Azul, llegó a una casa de Catoira en febrero de 1949. Su destinataria, Dolores Figueira Lema, pudo saber que su esposo, José Castañeda Ochoa, y el hermano de éste, Ángel, estaban vivos.

Habían pasado más de siete años desde de la última carta, y trece desde el día en que José, de la UGT, y Ángel, de la CNT, subieron a un barco cuyo destino era un puerto de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Y tuvo que esperar hasta 1954 para verlos llegar a Catoira entre los vítores del vecindario, convertidos por el régimen franquista en héroes de la División Azul.

La odisea de ambos comenzó en Cartagena el 25 de octubre de 1936. El Cabo San Agustín era un barco de la Compañía Ibarra, de 12.500 toneladas, cuya ruta habitual era Valencia-Buenos Aires y fue requisado por el Gobierno de la República para transportar a la URSS, junto con otros tres, oro en monedas y lingotes del Banco de España y regresar con material de guerra.

Atracaron en Odessa, el principal puerto del Mar Negro, y el cargamento llegó a Moscú el 6 de noviembre. El recuento de la carga se hizo con la habitual y exasperante parsimonia. Las autoridades soviéticas provocaron que esta operación se prolongase durante varios meses con la finalidad de retrasar el regreso de los marineros a España y, con ellos, la noticia de la operación (oro a cambio de armamento) en la que habían participado.

Esta táctica dio lugar a que en los muelles soviéticos permaneciesen amarradas varias embarcaciones mientras en España los franquistas combatían contra la II República, y allí se encontraban cuando finalizó la contienda: el Cabo Quilates (Compañía Ibarra) y Marzo (Bilbao), en Murmansk, en el Mar Blanco; el Ciudad de Tarragona, el Ciudad de Ibiza, el Isla Gran Canaria (Transmediterránea), el Mar Blanco (Marítima Nervión)  y el Inocencio Figaredo (Gijón), en Odessa.

No sucedió los mismo con el Cabo San Agustín, que antes de ser hundido por el torpedo de un barco alemán, en agosto de 1937, había participado en el envío a España de un cargamento de 50.000 fusiles, 1.007 ametralladoras, 2.000 fusiles ametralladores, 62 aviones y 50 tanques, además de cuatro cañones y ocho ametralladoras destinados a la Marina de Guerra.

Parte de la tripulación del Cabo San Agustín fue repatriada, pero en el grupo no figuraban Ángel ni José. Ambos tuvieron que permanecer en Odessa con otros compañeros, habitando casas de alquiler mientras esperaban el permiso para retornar a Catoira.

Su vida diaria resultaba relativamente cómoda, aunque condicionada por las dudas y la inquietud. La censura era implacable y las autoridades supervisaban las cartas que escribían a sus familias, escuetas y con una finalidad prioritaria: hacerles saber que estaban vivos y poco más.

Ángel Castañeda, acompañado por Moncho do Campo, en una foto de 1926

Pero todo cambió en enero del año 1941, a raíz de un confuso incidente por el que fueron detenidos varios marineros del Cabo San Agustín, acusados de preparar su huida a Rumanía.

Desde ese momento su libertad estuvo estrechamente vigilada, y poco después comenzó una odisea que los llevaría hasta la ciudad de Dodinca, situada 300 kilómetros al norte del Círculo Blanco, en el paralelo 70.

Primero fueron expulsados de las casas que habitaban y concentrados en el Hotel Francia, y durante una madrugada los trasladaron en unos vagones de uso mixto, que igual eran usados para el transporte de viajeros como de ganado, a la cárcel de Harkov, donde los encerraron en celdas de veinte metros cuadrados sin darles ninguna explicación. Su capacidad estaba especificada en un cartel: ‘Para cuarenta hombres u ocho caballos’.

De nada valieron sus insistentes preguntas al director del presidio, y tampoco que le recordasen que muchos de ellos tenían esposa e hijos en España. Su invariable respuesta fue que no sabía nada y les recomendó paciencia, asegurándoles que todo se iba a resolver pronto. Y pronto descubrieron que les había mentido.

De Harkov los llevaron hasta Krasnoyar, en el norte de Siberia, situado en los márgenes del río Yenisei. El viaje duró 21 días, y 20 jornadas después cruzaron el río. Los encarcelaron de nuevo y la espera finalizó cuando les ordenaron subir el vapor Stalin, con un rumbo desconocido.

Europa estaba en guerra y en el barco coincidieron con un centenar de niños polacos y su profesor, que tampoco sabían hacía dónde se dirigían. Transcurridas varias semanas, cruzaron el Círculo Polar Ártico, y en noviembre del año 1941 desembarcaron en Dodinca.

El día 21 comenzaron a trabajar en la construcción de una carretera entre esta ciudad y la Norilskaya. Quedaron aislados del resto del mundo por una gigantesca pared de hielo.

Tuvieron que soportar temperaturas de 40 grados bajo cero. Durante los tres primeros meses, ocho murieron víctimas del frío, en los años siguientes fallecieron otros once, cinco fueron secuestrados, y nada se supo de ellos, mientras que seis firmaron los documentos que les permitieron quedar en la URSS y convertirse en ciudadanos soviéticos. Uno fue trasladado y los restantes fueron sustituidos por otros más jóvenes y fuertes.

Ángel y José figuraban entre los 19 supervivientes. No tuvieron que declarar ante un tribunal, civil o militar, ni tampoco lo hicieron sus compañeros del barco Cabo San Agustín, no fueron condenados por delitos políticos o comunes y tampoco eran refugiados o delincuentes.

Otro giro de los acontecimientos, tan incomprensible para ellos como habían sido los anteriores, los llevó hasta Turkestán, y cabe imaginarse su sorpresa cuando compartiendo el campo de detención de Karaganda con los miembros de la División Azul enviada por Franco desde España para participar en la fallida invasión a la URSS al lado del ejército de Adolf Hitler.

Fue así como el anarcosindicalista Ángel y el socialista José comenzaron a convivir con voluntarios movidos por sus principios ideológicos, republicanos que querían borrar su pasado y mercenarios atraídos por unos salarios similares a los de los soldados alemanes.

En el relato que los descendientes de los hermanos Castañeda Ochoa hicieron a Pepe Castaño Dios, en cuyo libro Aquela xente de Catoira (Teófilo Edicións, 2012) está documentado este trabajo, se produce un vacío. El hilo de sus vivencias se retoma en 1953, el año en el que falleció Iósif Vissariónovich Stalin, en una casa de campo situada a 15 kilómetros de Krylatsskoye.

Con la muerte del dictador, Georgy Maximilianovich Malenkov puso fin al régimen de terror sistemático del que había sido cómplice. La amnistía aprobada por su Gobierno permitió a millones de prisioneros retornar a sus hogares, y los extranjeros vieron próxima la hora del regreso.

La máquina de la propaganda seguía funcionando, y para que causasen una buena impresión ante sus familiares, conocidos y amigos, primero pasaron por un campo de reposo, en el que recuperaron fuerzas y ganaron algunos kilos, aunque su fortaleza ya había quedado sobradamente acreditada al haber superado las penurias a las que se vieron sometidos.

Primero fueron repatriados los italianos, austríacos, franceses y alemanes. Y después les llegó el turno a los españoles. En el mes de marzo, Ángel y José Castañeda Ochoa subieron a un tren en Vorochilograd, en el que cruzaron un río Nieper salpicado de icebergs e islotes de hielo.

El tren entró lentamente en la estación de Odessa. Un barco con la bandera de Cruz Roja, el Semíramis, los estaba esperando. Fue entonces cuando asimilaron que su pesadilla estaba finalizando, aunque todavía se encontraban a miles de kilómetros de Catoira.

Cabo San Agustín

Los soldados soviéticos mandaron formar a quienes habían sido sus prisioneros. Fueron llamados uno a uno. Unos temblaban, otros rompieron a llorar, y todos estaban pálidos. Y se hizo un silencio que estalló en mil pedazos cuando el barco levantó las anclas y arrojaron al mar sus gorras.

Niños de la guerra, soldados de la División Azul y republicanos componían una tripulación que escuchó emocionada Radio París cuando comenzaban a divisarse en la lejanía los minaretes de las mezquitas de Estambul. Desde este puerto partió una lancha a su encuentro en la que viajaban el embajador de España y varios periodistas de la prensa amarilla. Hora y media después se reanudó el viaje.

El Semíramis bordeó Grecia y Sicilia. Sonó en el barco el nuevo himno a España impuesto por los vencedores. Radio Barcelona retransmitió en directo la llegada y varios tripulantes pudieron hablar con sus familias a través de las ondas. Eran las 17.35 horas del día 2 de abril de 1954. El cielo estaba claro y luminoso.

Decenas de pequeñas embarcaciones escoltaron su entrada en el puerto, donde les dieron la bienvenida el ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, y el secretario general del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta. Después tuvieron que asistir a una misa de acción de gracias en la basílica de la Merçé.

Madrid fue el siguiente destino de una parte de la expedición, en la que figuraban José y Ángel. La noticia estaba en la portada de los principales periódicos y varios catoireses que vivían en la capital sabían que en el grupo se encontraban dos vecinos.

Jesús Dios, conserje del Instituto Nacional de Previsión, envió a un subordinado suyo, y catoirés como él, Pepe Campaña, a recibirlos a la Estación del Norte. En este lugar tuvieron que formar por última vez, mientras un mando pronunciaba sus nombres. Quedó asombrado al ver sus rostros asustados y sus caras consumidas.

En la estación, un locutor daba la bienvenida a los exprisioneros a través de la megafonía como si se tratase de héroes que regresaban a la patria después de haber conseguido una gran victoria, cuando unos y otros, republicanos y franquistas, volvían derrotados.

El día siguiente se celebró una comida en su honor en El Mesón de Fuencarral. Ricardo Dios, propietario del establecimiento, fue el anfitrión.

También había una pancarta dando la bienvenida a los repatriados en la estación del tren de Catoira, y cientos de vecinos acudieron a su encuentro.

Recepción a los hermanos Castañeda en Catoira

Un grupo de gaiteros los acompañaron hasta sus casas. El Gobierno les dio un empleo a los dos, ambos evitaron hablar de su epopeya, y José vivió el resto de sus días con el recuerdo del hambre royéndole y la obsesión de que en su casa no se desperdiciase ni el más pequeño trozo de pan.

“Na casa xa non se estragaban as cousas, pois non estaban os tempos para iso, pero aínda así o avó sempre nos estivo ensinando a valoralas”, comenta Olga, una nieta de José cuyo nombre es de origen ruso y escandinavo.

Del Gulag también retornaron Domingo García Mieites, Juan Antonio Castro López, Vicente García Martínez, José García Gómez, José Piñeiro Pazos, Manuel Dávila Eiras y José Pérez Pérez, de A Pobra do Caramiñal (A Coruña), José Aparicio Pérez (Vigo), Pedro Armesto Saco (A Pobra de Brollón, Lugo), Jorge Fernández (O Carballiño, Ourense), Domingo Blanco Piñeiro, Francisco Chenlo Vidal, José Fernández Serrano, José García Gómez, José García Santamaría y Juan Gómez Mariño (Ribeira, A Coruña), Miguel Iglesias Leira (Pontedeume, A Coruña), José Núñez Edreira, Antonio Leira Carpente, Joaquín Trigo Sayáns, Juan del Río García, Manuel Rial Formoso, José Antonio Mauricio García y Ricardo Rodríguez Chávez (Pontevedra), José Rodríguez Casanova (Lugo), Francisco Rubianes Serantes y Joaquín Martínez Buceta (Vilagarcía de Arousa, Pontevedra), José López González, Melchor García Rodríguez, Ramón Silva González, Gustavo Pérez Bonet, Antonio Friáns Brión y José Gabín Villamarín (A Coruña), José Romero Carreira (Allariz, Ourense), Avelino Acebal Pérez (Xove, Lugo), Eduardo Bahamonde Romualde y Manuel Rodeiro Pereira (Ferrol), Genaro Beiro Amadeo (Pontecesures, Pontevedra), Manuel Gómez Esperón (Poio, Pontevedra), Domingo Pérez Fernández (Muros, A Coruña) y Francisco Ruiz García, de Viveiro (Lugo).

Otros fallecieron en la URSS: José Conde Galiñanes (Pontevedra, 1905-Moscú, 1986), José Abuín Somoza (Pontevedra, 1905-Simferópol, 1971), José Diz Rivas (Vilagarcía de Arousa, 1904-Odessa, 1948), Ezequiel Fernández Moreira (Lugo, 1909-Moscú 1970), Manuel Rodríguez Teijeiro (Ferrol, 1910- Alupta 1954), José Trigo Rey (Vilagarcía, 1897-Sinferópol, 1967), José García Pérez (Pontevedra, 1894-Aktiubinsk, 1943), Manuel Dopico Fernández (Ferrol, en en el campo de Karagandá), Ricardo Pérez Fernández (A Pobra do Caramiñal, 1893-Odessa, 1949), José Plata Loira (Marín, Pontevedra 1904-Campo de Norilsk, 1941), Rosendo Martínez Ermo (A Coruña 1909- Campo de Norilsk, 1941), José Conde Galiñanes (Pontevedra 1905-Moscú, posiblemente en el año 1986), Manuel Ríos Amigo (Vigo, 1910), Francisco Fungairiño Jove (A Coruña, 1904-1983), Ramón Silva González (A Coruña, 1898-1963) y José López González, nacido en A Coruña el año 1916.

Esta relación figura en el libro titulado En el Gulag (Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin), escrito por Luzia Iordache Cârstea (profesora de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Internacional de Catalunya y docente en el Instituto de Ciencias Políticas y Sociales por la Universitat Autónoma de Barcelona, además de licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad de Bucarest.

En este trabajo, publicado en el año 2014 por RBA Editora y prologado por Ángel Viñas, figura la siguiente afirmación, realizada en una reunión celebrada en el año 1947, según el comunista italiano Ettore Vanni, que la incluye en sus memorias: “Particularmente despiadado fue uno de los dirigentes, Santiago Carrillo, llegado entonces desde Francia. Esos traidores –dijo- que dejan el país socialista para vivir entre los capitalistas. Hubo aplausos generales, se comprende. Alguien gritó: Hay que darles un tiro por la espalda. Más aplausos”.

(Fotos cedidas por Pepe Castaño Dios)

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