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Multitudinarias protestas sacuden varias ciudades francesas en un movimiento iniciado por los estudiantes que se ha extendido entre la clase trabajadora.
Por Joan Balfegó | 25/10/2026
Este 24 de octubre se han registrado movilizaciones masivas en numerosas ciudades de Francia contra el alto coste de la vida, el estancamiento de los salarios y la degradación de los servicios públicos, especialmente en la educación. Las calles de París, Toulouse, Nantes, Bordeaux, Lille, Marseille y otras localidades se llenaron de manifestantes que expresaron su hartazgo con la situación actual.
Según el Ministerio del Interior, unas 410.000 personas participaron en todo el territorio. La CGT, por su parte, reivindicó cerca de 800.000. La mayoría de marchas transcurrieron con relativa calma, aunque se registraron enfrentamientos al final, cerca de 1.000 detenciones y al menos dos heridos graves (en Toulouse y Clermont-Ferrand). El dispositivo policial fue masivo, con unos 70.000 agentes desplegados.
Orígenes del movimiento
El movimiento nació a mediados de septiembre en los liceos (institutos de secundaria), especialmente en zonas de la periferia de París. Estudiantes de entre 15 y 18 años comenzaron a bloquear centros educativos para denunciar la escasez de profesores, edificios deteriorados, aulas superpobladas, horarios agotadores y el sistema de admisión universitaria Parcoursup, criticado por su opacidad y carácter selectivo. Las protestas se extendieron rápidamente a cientos de liceos y luego a universidades, atrayendo a padres, profesores y sindicatos.
Posteriormente se sumaron trabajadores, organizaciones sindicales (como la CGT), agricultores y sectores de los antiguos Chalecos Amarillos. La convergencia ha ampliado las reivindicaciones: además de mejoras en la educación (más plazas universitarias, contratación de docentes y un plan de rehabilitación de edificios), se exige un aumento del poder adquisitivo, subidas salariales (incluido el SMIC), congelación de alquileres estudiantiles y defensa de los servicios públicos frente a los recortes presupuestarios.
Contexto de ebullición social
Francia atraviesa semanas de tensión social. La inflación se situaba en torno al 3,1 % interanual en septiembre, impulsada en gran medida por la energía (subidas del orden del 21 %), en un contexto marcado por el conflicto en Oriente Medio y los efectos residuales de anteriores crisis energéticas. El poder adquisitivo de los trabajadores se ha estancado, mientras el crecimiento económico se mantiene débil (proyecciones cercanas al 0,5 % para 2026).
Al mismo tiempo, la deuda pública ronda el 119 % del PIB y el déficit se sitúa en torno al 5,4 %, lo que ha llevado al Gobierno a proponer un paquete de recortes sociales de unos 54.000 millones de euros en el presupuesto de 2027, que incluye congelaciones salariales en el sector público. Esto se produce en los últimos meses del mandato de Emmanuel Macron, con elecciones presidenciales previstas para 2027 y un clima político polarizado. Los manifestantes, especialmente los jóvenes, expresan la sensación de falta de perspectivas de futuro: precariedad laboral, dificultades de acceso a la vivienda y a una educación de calidad, y la percepción de que las desigualdades se agravan.
En las movilizaciones del 17 de octubre hubo acciones violentas y saqueos por parte de grupos lumpen en varias ciudades. El Gobierno usó estos hechos para desplegar un fuerte dispositivo policial e imponer restricciones de itinerarios en algunas ciudades (como Lyon o Marseille). Los sindicatos y las organizaciones estudiantiles criticaron que se extrapole al conjunto del movimiento la violencia ejercida por grupos delincuenciales, y consideran que Macron está usando ese pretexto para tomar una deriva represiva y restringir el derecho de manifestación.
Perspectivas
Los organizadores anuncian la continuidad de las movilizaciones: los Chalecos Amarillos hablan de un “acto III” el 31 de octubre y los sindicatos de una jornada de huelga general el 5 de noviembre. El Gobierno ha dialogado con representantes estudiantiles y ha prometido medidas en educación, pero insiste en la necesidad de imponer recortes sociales.
La situación refleja tensiones estructurales: un estudiantado y una clase trabajadora que demanda mejoras materiales y más recursos públicos. Las semanas de ebullición social ponen de manifiesto el malestar acumulado y la falta de expectativas de futuro bajo el capitalismo: alto coste de la vida, deterioro de servicios y ansiedad de una juventud que tiene por delante un horizonte económico y político muy incierto.
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