Este año hay una novedad: el Rey no se sienta para que no se piense que es inútil

La monarquía intenta así corregir con gesto lo que no puede corregir con hechos. La decisión tiene su lógica interna: cuando el poder no puede decir nada nuevo, cambia de postura.

Por Lucio Martínez Pereda | 26/12/2025

Este año, el rey ha hablado de pie. No es un cambio menor: es cambio medido al milímetro por asesores que saben que la legitimidad se escenifica, no se razona. De pie, el monarca pretende proyectar actividad, implicación, firmeza. Ya no es el rey que contempla la nación desde su sillón barroco, sino el hombre que se levanta para aparentar que trabaja. La monarquía intenta así corregir con gesto lo que no puede corregir con hechos. La decisión tiene su lógica interna: cuando el poder no puede decir nada nuevo, cambia de postura. Levantarse se convierte entonces en una metáfora de movilidad dentro del inmovilismo. El cuerpo sustituye al discurso.

Especialmente este año el discurso de Navidad ha sido una sopa espesa llena de lugares comunes para todos los públicos. Cada 24 de diciembre, el país se detiene un instante ante el rito de un mensaje que ya no comunica, sino que simplemente ocupa espacio. Y sin embargo – o quizás precisamente por eso- la escena funciona: su función no es decir, sino estar ahí, repitiendo un ritual cuya eficacia depende de su repetición , no del contenido. El mérito- si alguno hay- es de naturaleza teatral. En definitiva, el discurso navideño real es la expresión más esperada de la España ritual, esa que se emociona con el rito pero teme el debate. La monarquía, en su versión televisiva de Nochebuena, no necesita convencer: sólo necesita durar. Y en eso, como en casi todo lo que se perpetúa, la retórica vacía es más importante que la verdad.

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