Entrevista a Isabel Chapela: «Nunca fuímos normales»

Por Angelo Nero

Salvando las distancias, el escaso metro y medio que le separa del suelo, le da una perspectiva diferente. En su adolescencia comprende que lo más valioso que tiene es su propia visión del mundo. Comienza a escribir micro relatos que presenta a diversos concursos. Desde 2016 publica en antologías como “El Búnquer Z”,“Sensaciones y sentidos III” y “Pluma, tinta y papel V, VII y IX”, de Diversidad Literaria. También participa en “Cartas en el agua” y “Cartas quemadas” de Ojos Verdes Ediciones.
Su experiencia laboral, como bióloga a bordo, resulta ser el medio de cultivo idóneo para contar su experiencia en primera persona de ese mundo que descubre, vive y crece con ella misma.

 

“Nunca fuimos normales”. Un título realmente sugerente en estos tiempos tan inciertos en los que nos han intentado vender una “nueva normalidad” que parece que nunca llega. ¿Cómo surgió el título de tu primer libro?

Yo recuerdo, de pequeña, preguntarle siempre a mi madre si nosotros, nuestra familia, éramos normales. Y ella me decía que sí, que por qué le preguntaba eso. Yo veía que las cosas que hacía no eran las mismas que hacían mis compañeras de clase, en el colegio. Sobre todo por el tema de ir a trabajar al campo, coger las algas en la playa… Todo muy relacionado con eso. Aparte de que yo nunca me sentí normal del todo por diferentes cosas; por ejemplo por el pelo, por tener el pelo tan rizo. Hubo una serie de factores que influyeron para que nunca me sintiera normal, de ahí el título.

Imagino que el proceso de escritura ha sido tan movido como las mareas del Atlántico, en esos periodos en los que has estado embarcada en tu trabajo como bióloga. ¿Hay mucho tiempo para escribir a bordo o es complicado compaginar la escritura con el trabajo? ¿Qué te impulsó a pescar estos relatos? Quizás es una forma de comunicarse en un lugar donde, precisamente, la comunicación con el exterior es bastante precaria…

Sí, hay un tiempo para escribir. De hecho, para mí siempre fue como una necesidad, incluso estando en tierra. Hay veces que, para sacar lo que no consigo extraer de otra forma de mi cabeza, necesito escribirlo, soltarlo, que quede ahí, escrito. Es como una manera de vaciar la mente.

Dentro del barco era la manera de intentar hablar con alguien, porque al final entras en un ambiente desconocido. Cuando repites en un barco sí que conoces a más gente, que se convierte casi en tu familia. Pero no deja de ser un lugar en el que tus personas conocidas, las más allegadas, no están. Sobre todo en los barcos en los que no había wifi, yo lo que hacía era escribir.

Le escribía sobre todo a mi hermana melliza, le mandaba cartas para que viera un poco como me sentía. Luego ella, a veces, se lo mostraba a sus amigos. A raíz de todo esto salió el libro, que está compuesto por esos pequeños fragmentos que yo le iba enviando a la gente que se quedaba en tierra y con la que no podía tener contacto habitual.

Pero también es un poco como una terapia. Una forma de hablar conmigo misma y de decirme cosas, de conseguir perspectiva de la situación.

Parece que hay algo de sal y de letras en tus venas, pues tu padre también estuvo embarcado cuando era muy joven y tiene publicados varios libros de poesía y de relatos. ¿Fomentó él esa vocación o llegaste al mundo del mar y de la escritura desde otros puertos?

Mi padre ha escrito poesía y algún relato, pero creo que el tema de la literatura viene mucho por mi madre. En cualquier caso, el expresarme así creo que es algo mío, una voz propia. Siempre fui una persona a la que le costaba muchísimo expresarse y decir lo que pensaba. Tenía cierta timidez, a juicio de los demás. Pues bien, al escribir es como si la venciera, como si nadie pudiera hacer un juicio de valor de las cosas que estás diciendo; como si no hubiera temas tabú o nadie te mirara con cara de “eso está bien o eso está mal”. Para mi nació a raíz de eso, como un ejercicio para vencer la introversión.

También estará muy presente en “Nunca fuimos normales” el hecho de ser una mujer -creo que la única a bordo del pesquero donde trabajas- en un mundo de hombres, que nos imaginamos, cuando menos, algo rudos y poco o nada acostumbrados a trabajar con una bióloga. ¿Cómo tomaste la decisión de enrolarte en esta aventura y como resultó el encontrarte con ese universo cerrado, hasta hace poco, para las mujeres? Por tu condición de mujer, ¿has sentido que se te exige un plus a la hora demostrar tu valía profesional?

Sí, de entrada no todo el mundo da tu valía por supuesta. De hecho, hay un capítulo en el libro en el que hablo específicamente de eso. De que, de entrada, hay personas que a lo mejor presuponen o que no eres tan fuerte o incluso válida para el trabajo. Pero bueno, una vez en el mar la verdad es que siempre me centro en trabajar y en hacer las cosas lo mejor que puedo, y eso es independiente del sexo. En cualquier caso, sí es verdad que hay ambientes, entornos en los que te puedes encontrar con alguna persona que puede ser más ruda. Pero creo que, al final, todo es según cómo te lo tomes y lo que quieras que te condicione.

Hay un capítulo en el libro que se llama “Cualquier mujer” y refleja justamente eso: algunas veces te das cuenta de que sí, de que puede haber el típico comentario un poco salido de contexto. Pero al final consigues ver que no es que seas tú, sino que se lo harían a cualquier mujer. Va un poco enfocado hacia eso.

Esta es la primera primavera después de cuatro años que paso en tierra, que estoy en casa el Día de la Mujer. En el barco, la típica pregunta que oía siempre era: “¿Y por qué tiene que haber un día de la mujer? ¿Cuál es el día del hombre?” Es un poco sangrante el tema, pero siempre intento restarle importancia porque allá por donde voy intento ver personas, más que géneros, sin presuponer que una persona es más o menos válida por ello para un puesto de trabajo.

Es cierto que es un sector muy masculinizado pero también es verdad que hoy en día cuenta con muchas mujeres, ya sean oficiales o trabajen en máquinas. Yo no conozco a ninguna marinera, pero soy consciente de que hoy en día el sector ya está algo más abierto, sobre todo en la marina mercante. No tanto en la pesca, aunque sí se está abriendo.

En cuanto a la decisión de embarcarme en esta aventura, no es que fuera de rebote, pero lo cierto es que aunque estudié Ciencias del Mar, no esperaba realmente embarcarme. No entraba en mis planes. Lo veía como una especie de sueño que nunca vas a conseguir o como una utopía; algo que no crees en ningún momento que vayas a hacer. Sin embargo, por circunstancias de la vida y aunque estaba trabajando en otra cosa, mandé un currículum, me llamaron y dije: “pues venga, ¡vamos!” Fue totalmente a lo loco.

Me embarqué una vez, y la siguiente, y la siguiente… Los marineros siempre me decían que “o mar engancha”. ¡Y es verdad! Me decían: “sal cuanto antes, porque va a llegar un momento en que te veas atrapada en todo esto”. Y sí, al principio sí, pero ahora lo veo con un poco más de perspectiva y veo que tenían razón. Al final, el aislamiento, el estar sola, tiene esa parte que te ayuda a ver cosas de una forma diferente, que no lograrías de otra manera.

Todos tenemos referencias literarias y cinematográficas de la vida de los marineros, pero seguramente pocos sabemos que en que consiste la tarea de una bióloga a bordo de un pesquero. ¿En qué consiste tu día a día cuando estás embarcada?

Tengo un protocolo de muestreo de las especies principales que se pescan, según el caladero que me toque ir, y simplemente tengo que hacer esos muestreos de las especies objetivo, las más importantes. Además, debo recoger muestras, como por ejemplo de gónadas, otolitos… y tomar datos de las pescas y de los lances, así como de los avistamientos de mamíferos marinos.

También me gustaría saber a qué caladeros has viajado, cuáles son los lugares que más te han inspirado para este libro y qué es lo más sorprendente que te has encontrado.

Mi primera campaña fue en Svalbard, en Noruega. Después estuve en Canadá, en Terranova. Y también en Hatton Bank, al norte de Irlanda. Por último, hace poco estuve en la zona del Cantábrico, en barcos de bajura, y ahora vuelvo a Canadá.

¿Los lugares que más me han inspirado? Probablemente Terranova, que ocupa varios capítulos en el libro. Ir allí fue bastante impresionante y es el caladero dónde más tiempo estuve. También Tromsø, cuando fuimos a descargar bacalao en la marea de Svalbard, y Hatton Bank, que está cerca de Irlanda, encima del Gran Sol, donde hay muy mal tiempo. Estar allí viendo el temporal es increíble. Yo creo que es de las cosas que más me impactó, estar en medio de un temporal así, que tienes que capear como puedes. Allí casi no hay barcos porque son pocos los que se arriesgan, lógicamente. Pero yo, en vez de sentir miedo, sentí admiración. En un lugar así te das cuenta de lo pequeños que somos. Insignificantes. Y que el mar, al final, te barre o te puede barrer.

Has iniciado una campaña para la publicación de tu libro. ¿Qué tal ha sido la acogida de la misma y cuáles son los objetivos que te marcas?

La acogida del libro, la verdad, ha sido espectacular. No me esperaba tener tantos ejemplares vendidos en tan poco tiempo, y eso que mi objetivo inicial era simplemente llegar a 50 mecenas del proyecto de mecenazgo. Eso era lo fijado para poder publicarlo y que las personas más cercanas a mí pudieran tenerlo en papel. Sin embargo, al final sí estoy viendo que está llegando más lejos, y de hecho yo ahora me voy sin saber hasta dónde va a llegar. Como estaré incomunicada, me irán contando a cuentagotas.

Esto es todo un reto. No esperaba tanta acogida y por supuesto me alegra un montón, a la vez que me sorprende.

Por último, ¿qué es lo que más se añora en esas largas estancias a bordo del barco? Quizás la nostalgia de la familia, de la tierra… O tal vez cosas más cotidianas, como tomarte algo con los amigos o poder dormir en tu cama.

¿Lo que más añoro? Yo diría que el café con leche. El café de verdad. Eso sí que se echa muchísimo de menos. Y no sé… Los abrazos de la gente que te quiere o en la que confías, las llamadas… El poder coger el teléfono y llamar a alguien. En tierra no le damos importancia, pero en el mar tiene muchísima. Hay veces que si no tienes nada de conexión, estás deseando que llegue el día en el que haces la llamada de la semana y que te cojan el teléfono. Porque como pilles mal a alguien, te quedas sin llamada. Sin duda eso es lo más significativo. Y luego otras cosas cotidianas, como por ejemplo los yogures. Cosas muy simples como los atardeceres; allí también son espectaculares, pero no hay tierra de por medio. También escuchar la radio. Ese tipo de cosas.

diversidadliteraria.com/isabel-chapela

 

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