En el siglo XXI el fútbol es el opio del pueblo

Si Karl Marx hubiera viviendo en nuestros tiempos hubiera señalado el fútbol como el opio de la sociedad, pues adormece a la clase trabajadora y acoge a grupos violentos y fascistas

Por Manuel del Valle

El pasado 15 de enero estaba disfrutando de un derbi sevillano más. Quiero recalcar lo de disfrutar, pues soy seguidor del Betis y parecía que después de algunos años el partido pintaba en verde y blanco. Tras un 0-1 sorprendente a favor del Sevilla, en el minuto 38 el Betis empataba con un gol olímpico de Fekir, pero no transcurrió ni un solo minuto cuando un energúmeno con escasa capacidad cognitiva lanzó un palo al campo con la desgraciada puntería que golpeó a Joan Jordán en la cabeza. Del sujeto en cuestión se supo más tarde que tiene un historial delictivo más grande que el de Lupin, con diversos cargos de violencia preocupante. El resto ya lo conocerán nuestros lectores. Inmediatamente pensé en dedicar mi espacio de opinión a la violencia que existe en el fútbol, pues un deporte de masas se ha convertido en el lugar donde grupos de fascistas hacen y deshacen a su voluntad.

En el fútbol español, la violencia comienza a ser un fenómeno recurrente e incluso se ha cobrado alguna vida, como la de Aitor Zabaleta y Javier Romero Taboada “Jimmy”. Los grupos violentos tienen el denominador común de tener una mentalidad fascista, como el caso de los Supporters (aficionados del Betis). No obstante, el mayor problema de esto es que dichas personas se encuentran organizadas y cuentan con el beneplácito y el visto bueno de los clubes, solo por el simple hecho de animar durante 90 minutos. Otro problema es que las Juntas directivas de los diferentes equipos solo se desmarcan de estos sujetos cuando ocurre una tragedia, pero normalmente lo hacen a nivel individual, no aprovechando las circunstancias para castigar a estos individuos. Solo Real Madrid y F. C. Barcelona se atrevieron a actuar contra ellos y sacar a estos grupos de los estadios.

Hay que ser conscientes que es difícil impedir la entrada de estas personas a los campos de fútbol, ya que no basta con tener en cuenta los antecedentes penales para que alguien pueda ser abonado de un club, puesto que existen otros medios con los que pueden conseguir el acceso. Aunque la mayor crítica que se puede realizar es que no existen medidas efectivas contra estos grupos organizados, que promueven la violencia, propinan palizas e incluso han quitado la vida a otros. Hoy en día, el fútbol es un aspecto más de la cultura occidental, cuyo peso en la sociedad es cada vez mayor, así que permitir que grupos de energúmenos acudan a un recinto deportivo es como si dejamos que un grupo de neonazis, con simbología propia, acudan a una obra de teatro o a un musical. Bajo las circunstancias dominantes, cuando sucede algún problema grave ponemos el foco en las consecuencias del mismo sin haber hecho nada para prevenirlas. Normalmente, quien juega con fuego se quema.

Esta sociedad, en la que vivimos, tiene muchísimos defectos, pero uno de los más preocupantes es la impunidad con la que fascistas, nazis y gente de extrema derecha actúan en numerosos ámbitos. Un caso práctico de ello se produce cuando varios imbéciles deciden quedar con aficionados del equipo contrario para pegarse antes de un partido. En la vida hay ciertas cosas por las que pondría en juego mi integridad física, pero el fútbol no es una de ellas.

De sobra sé que hay quien está deseando decir que si no voy a hablar de los “grupos violentos de extrema izquierda que también están organizados”. Que a todo el mundo le quede claro que un comunista no va a un partido de fútbol para pegarse con nadie, un comunista defiende a aquellos que sufren o tienen dificultades en cualquier registro de su vida. Si seguimos reflexionando sobre ello, no es concebible que las leyes sancionen igual a una persona que desea la eliminación física de alguien por razones raciales, sexuales o políticas, que a otra que defiende precisamente lo opuesto. Además, las leyes deberían tener un sentido preventivo para con quienes se muestran tan intolerantes.

Tampoco es igual el comportamiento de los Supporters (a quienes cito tanto por ser aficionados del equipo del que soy seguidor) que de los del Rayo Vallecano, que rechazan el fichaje de un jugador por sus relaciones con la extrema derecha y el fascismo ucraniano, los del San Paoli o el Unión Berlín. Curiosamente, estos dos últimos ejemplos son perfectos para poder analizar cómo evolucionó la sociedad española con respecto a la alemana en el siglo XX.

España vivió la década de los años 30 de una manera muy turbulenta, al igual que Alemania. El triunfo de los franquistas y sublevados desembocó en una dictadura que llegó hasta 1975, con una falsa Transición en la que poco cambió y las estructuras de poder solo tuvieron que modificar su fachada, ya que no hubo cambios estructurales ni depuraciones en la administración estatal. Justo lo contrario ocurrió en Alemania, al menos en los años inmediatos a 1945 y en la Alemania Oriental. Pero quizás la mayor diferencia es que cualquier manifestación en favor de la ideología nazi está prohibida en Alemania, mientras que en España han optado por cerrar los ojos en este aspecto.

Otro aspecto bastante negativo del fútbol es cómo a través de él se consigue desviar la atención de asuntos que son primordiales. Muchas personas acuden a manifestarse de forma más multitudinaria para protestar contra la dirección deportiva de su equipo, que para reclamar nuevos derechos laborales o para salvar la sanidad. Desde el Imperio Romano se ha empleado la máxima “pan y circo”, eso es lo que constituye el fútbol moderno. No quiere decir esto que aquella persona que consuma este deporte deba abandonarlo, seguramente si el Betis gana un título me alegre como el que más y probablemente vaya a celebrarlo, pero sí debe haber prioridades y creo que es más necesario acudir a manifestaciones en defensa de derechos sociales. De hecho, siento mucha impotencia cuando observo cómo las manifestaciones del 28 de febrero en Andalucía, el 8 de marzo o el 1 de mayo son menos multitudinarias que los festejos de eventos deportivos.

No me gustaría terminar este artículo sin hacer referencia a Marx. Este en 1844 escribió Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, donde se refería a la religión en los siguientes términos:

“La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo. Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real. La exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones. La crítica a la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas, cuyo halo lo constituye la religión”

Con estas palabras, Marx critica la religión como un producto social que desvía la atención de las clases trabajadoras, pues prometía una vida en el más allá que compensaría las penurias sufridas en la vida terrenal. Si viviera en nuestros días, haría una crítica muy parecida con respecto al fútbol y los deportes de masas, como son la NBA o la NFL en Estados Unidos. No es una crítica individualista a lo que cada cual decida hacer con su tiempo libre, es un llamamiento a recuperar comportamientos sociales que nos permitan seguir avanzando en la conquista de derechos, teniendo en cuenta el actual punto de partida, así como alejar de nuestro ocio a las masas indeseadas de fascistas con el fin disfrutar de nuestro tiempo libre sin temor a la violencia, un aspecto que también tuvieron que conquistar los trabajadores y trabajadoras con la reducción del número de horas laborales y las subidas salariales.

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