Ronaldo y los derechos de las mujeres

Por María Martín


Cuando escribes, como yo en Nueva Revolución, un artículo mensual cuentas con un riesgo: en un mes pasan muchas cosas y hoy las noticias circulan a una velocidad que ríanse ustedes de Fast and Furious. Esa rapidez hace que las noticas rara vez se debatan en profundidad. Consumimos titulares, hacemos tuits, generamos unos cuantos TT. A veces leemos la noticia completa. A veces no.En ocasiones hacemos un seguimiento, o consultamos si el medio lo hace, la mayor parte de ellas ya hemos depositado nuestro interés en la siguiente noticia, el siguiente bulo, la última declaración de vete a saber quién. Y a otra cosa, mariposa.

Este mes ha sido especialmente jugoso cuando analizas la prensa con enfoque de género.

El enfoque de género es ser consciente de que lo que parece una misma realidad, es diferente según se trate de mujeres u hombres.En una sociedad patriarcal como la española, a hombres y mujeres se nos educa para responder a expectativas distintas, con sanciones si no cumplimos cada una de ellas. Y los precios a pagar también varían en función del sexo que se nos asigna al nacer.

El mes empezaba con Ronaldo y un vídeo viral de cómo jugaba con su hijo al balón mientras su hija levantaba la piernecita esperando que llegara la pelota. Nunca llegó. O no en ese vídeo. Por un momento, maldad adulta, al ver a la niña ir a buscar la fregona, aburrida de esperar un pase, tuve la esperanza de que la lanzara a la cabeza a su padre.

Es cierto que muchísimas personas han sido capaces de detectar que ahí había una forma diferenciada de educar, de socializar, que se dice en teoría de género.  Otras cuentas, menos, alcanzaban a ver que no es natural que al niño le guste el balón y a la niña la fregona, sino que a la fuerza ahorcan, que decían las abuelas. Y que eso − enseñar que hay cosas de niñas, fregonas y casitas; y de niños, balones y juegos callejeros−, es sexismo.

Hubo quien no podía creer que un millonario “se compre” una niña y un niño para después solo jugar con él ¿no? O para grabarse disfrutando de jugar “con sus hijos” sin ver a la niña y su decepción.  Yo no podía dejar de pensar en la madre, esa que fue usada como un útero con patas. ¿Vería el vídeo? ¿Qué sentiría? ¿Cómo puede seguir siendo considerado un casi héroe alguien que ha usado la maternidad como un servicio? ¿A dos criaturas como un producto? ¿Porqué es tan difícil ver dónde están las violaciones más flagrantes de los derechos de las mujeres? ¿Por qué vemos, si es que lo vemos, tan claras unas cuestiones y otras parecen escondidas tras un cristal oscuro y pasan por delante de nuestras narices sin que nos apercibamos de ellas?

A ese no ver las feministas, que llevamos varios siglos observando la realidad y nombrando lo que el machismo impide ver, lo llamamos opacidad de género.

La opacidad de género es el resultado de un proceso por el que al ordenar el mundo, al estructurarlo, al hacer leyes, al crear obras de arte y conocimiento de cualquier tipo se dejan de ver las necesidades de las mujeres. No hablo de invisibilidad que es no vernos a nosotras y nuestras creaciones. Pero ¿es que las mujeres tenemos más necesidades? ¿O más derechos? No. Tenemos necesidades distintas. Y diferentes necesidades de protección de nuestros derechos.

No es que las diferencias no existan. No es que sean invisibles. Es, simplemente, que no las vemos. Como Ronaldo, que no veía la piernecita al aire una vez, y otra y otra.

Es la opacidad de género la que hace decir «Ni feminista ni machista», como si defender los derechos de las mujeres (feminismo) y querer la desigualdad (machismo) fueran lo mismo. La que hace que haya quienes digan “yo estoy contra todas las violencias” que es como decir «estoy contra todas las enfermedades»,  como si eso fuera a curarlas. O como si tuvieran un mismo tratamiento.

 −Buenos días, vengo a la sesión de quimioterapia para el juanete.

 −Aquí tiene un paracetamol para su hepatitis C.

¿Les parece ridículo? Pues no ver las necesidades distintas ante los diferentes retos de las sociedades del siglo XXI es tan ridículo, o más. Porque no hay nada neutro respecto al género. Repito: nada. Cada una de las decisiones públicas y privadas que recaen sobre personas afectan de forma distinta sobre mujeres y hombres. Y ni qué decir si recaen sobre personas que no se identifican como uno u otra. Tratar de forma exactamente igual a quienes parten de posiciones desiguales reproduce y perpetua desigualdades.

Aunque no es esa la percepción general. ¡Ey, chicas! Si la ley dice que somos iguales, será porque somos iguales. Y punto. No hay brecha salarial, no hay desigualdades en el paro y sus prestaciones, las mujeres no ascendemos menos ni nos contratan en condiciones más precarias. No se nos impide de forma solapada el acceso a ciertas profesiones consideradas masculinas (aunque se nos reproche que no estemos una y otra vez). No contratan antes al tonto de tu clase que aprobaba raspado que a ti con sobresalientes. No ayudas más en casa ni tienes menos tiempo de ocio. No cobras pensiones más bajas. Y si te pasa, será por tu culpa, no por ser mujer porque la ley se aplica igual a todas las personas. Permitan, aquí, que me ría: ja, ja, ja.

La ley dice que todos «los españoles» somos iguales ante la ley, ¿o no te has enterado? Me dicen una y mil veces. La opacidad de género es ese espacio, supuestamente neutral, entre la igualdad formal (la ley diciendo que somos iguales) y la igualdad real (cualquier cuñao diciendo que qué más quieres). Es esa «sutil» diferencia entre tener un padre, un hermano, un balón, estar en la misma habitación, que se juegue a hacer pases y jugar al fútbol con papá.


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