El trabajo rebelde

Por Iria Bouzas

Normalmente, ninguna generación quiere vivir como lo hicieron sus padres. Es un mecanismo social de evolución que resulta lógico y que ha demostrado ser muy efectivo.

En algún momento, los hijos de una generación de labriegos decidieron que no querían seguir viviendo atados al campo y se fueron a trabajar a las ciudades. Décadas más tarde, sus hijos, viendo la dureza de la vida obrera, quisieron estudiar, y cambiando el mono por el traje de chaqueta, dejaron atrás la fábrica para ejercer sus respectivas profesiones dentro de enormes edificios repletos de oficinas. Y como el tiempo no es patrimonio ni de dioses ni de humanos, los hijos de esos oficinistas se han hecho mayores y nos estamos encontrando que ellos ya no entienden el trabajo como lo hacemos los que ya hemos pasado la barrera de los cuarenta.

Pertenezco a una generación que se supone cualificada. Somos esos hijos de obreros a los que nos animaron a estudiar para llegar a ser profesionales socialmente respetados.

Cuando yo era niña seguía siendo un increíble motivo de orgullo familiar el que un hijo llegase a ser abogado, médico o ingeniero. Cuando entré en la universidad, me pasé una semana esquivando a vecinos y conocidos cuando salía a la calle, avergonzada de la cantidad de personas que venían a felicitarme porque en mi familia se habían encargado de comunicar a los cuatro vientos mi “gran hazaña“ académica.

La generación a la que pertenezco fue educada para formarse, pero lo hicimos asumiendo el concepto antiguo del trabajo como una obligación con la que ganarse la vida. Algo que aceptar como una necesidad económica que se va a llevar consigo, tras años de una interminable rutina, una gran parte de nuestras vidas.

Es nuestro problema si no queremos ver que, treinta años después de que nosotros fuésemos a clases de mecanografía e informática, los niños de pocos años ya saben manejar un móvil con toda la soltura del mundo. Es nuestro problema, pero también es el suyo. Somos un tapón para sus avances y a la vez, somos presos de nuestro Síndrome de Estocolmo laboral.

A nosotros nos enseñaron que teníamos que cambiar tiempo de vida por trabajo y como contraprestación solo debíamos esperar un salario que nos supusiese una cierta estabilidad económica.

Somos los herederos de los miedos de nuestros tatarabuelos que vivían en una sociedad en la que un ser humano no valía nada más allá de lo que pudiera aportar para la supervivencia y a raíz de la interiorización de esos miedos, el trabajo se convirtió en el muro que nos mantenía alejados de la necesidad y la pobreza. Pero las normas que rigen las relaciones sociales han ido cambiando con el tiempo y durante la última y brutal crisis económica se han dado un vuelco total a las reglas con las que estábamos acostumbrados a vivir.

Hace un tiempo el trabajo dejó de convertirse en un flotador que nos mantenía socialmente a salvo y económicamente seguros, para convertirse en algo precario, escaso e inestable.

Parece como si la curva del trabajo hubiese ido creciendo progresivamente en derechos y en nivel de autorealización desde la Revolución Industrial, cuando los trabajadores eran poco más que esclavos asalariados, y que justo antes de la última crisis haya tocado su punto más alto para comenzar un vertiginoso descenso que aún no sabemos a dónde nos quiere llevar.

Y dentro de este desalentador panorama, nos encontramos a unos jóvenes que no entienden el trabajo como sus mayores pretendemos que lo hagan. Y tienen razón en cuestionar la validez del concepto de trabajo como un sacrificio personal en alma y tiempo si ni siquiera podemos a cambio, recibir de él el miserable pago de una vida más o menos cómoda y segura.

Los jóvenes se forman y quieren más. El trabajo, en lugar de aplastar capacidades como un rodillo gigante lleno de procedimientos estándar, debe ser un lugar donde puedan desarrollar todo el potencial individual que portan dentro.

Las jornadas estándar, con días de trabajo estándar, calentando modelos estándar de sillas de oficinas estándar son un anacronismo insoportable que hacen pensar en lugares oscuros llenos de señores que fuman mientras teclean furiosamente sobre las máquinas de escribir. Programar, diseñar, componer, comunicar, vender, crear, hacer… son tareas que no tiene absolutamente ningún sentido que vivan encerradas entre cuatro paredes de lunes a domingo de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Viejos de espíritu que se hacen cruces al ver a jóvenes ganando muchísimo más dinero que ellos subiendo videos sobre videojuegos a Youtube. Padres angustiados porque el “niño” ha decidido utilizar su pasión por el dibujo para ganarse la vida como diseñador freelance en vez de hacer algo sensato como preparar una oposición.

Como ya he dicho, somos herederos de los miedos de nuestros antepasados y parece que estamos empeñados en hacer depositarios de los mismos a los miembros de las siguientes generaciones.

Pertenezco a una generación que se supone cualificada. Somos esos hijos de obreros a los que nos animaron a estudiar para llegar a ser profesionales socialmente respetados.

Es nuestro problema si no queremos ver que, treinta años después de que nosotros fuésemos a clases de mecanografía e informática, los niños de pocos años ya saben manejar un móvil con toda la soltura del mundo. Es nuestro problema, pero también es el suyo. Somos un tapón para sus avances y a la vez, somos presos de nuestro Síndrome de Estocolmo laboral.

¿Cuántos de nosotros no tenemos unas enormes facetas creativas que sentimos que se ahogan en cada día de rutinario trabajo?

¿Cuántos soñamos mientras vamos o volvemos del trabajo con escribir, componer, dibujar o crear?

¿Cuántos de nosotros nos duchamos por las mañanas contando los días que quedan para el próximo viernes?

Entonces, ¿cómo nos atrevemos a despreciar e incluso a boicotear los intentos de la siguiente generación por hacer algo diferente?

Seguro que cometerán errores y seguro que se equivocarán. Pero es su derecho y casi diría que su obligación la de probar a hacer cambios y arriesgarse con ellos.

Quizás, algunos de los de las anteriores generaciones no seamos aún tan viejos como para no poder hacer un cambio y disfrutar el tiempo que nos quede de vida de un trabajo donde podamos llegar a desarrollarnos como esa persona que tantas veces hemos soñado que podríamos llegar a ser.

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