Libertad y sexo

Por Iria Bouzas

Si existe un espacio donde los seres humanos deberíamos poder acercarnos al ideal de libertad, ese es el espacio del sexo y de la afectividad.

Cuando dos, tres o las personas que libremente decidan juntarse para entregar y recibir placer lo hacen, es sin ningún tipo de asideros. En la intimidad no existen elementos externos que nos protejan o nos limiten más allá de las personas que se encuentren con nosotros en esos instantes y de lo que nosotros mismos decidamos.

Si solo consiguiéramos hacer una reflexión. Si pudiésemos detectar toda la basura que han dejado metida, generación tras generación, dentro de nuestras cabezas y si nos decidiésemos de una vez por todas a limpiarla, entonces seríamos más libres y mucho más felices.

La intimidad es un lugar de vulnerabilidad total frente a aquellos con los que decidimos compartirla.

Es precisamente por eso por lo que el sexo debería ser el lugar donde las personas nos sintamos más seguras y por ende más libres.

Los seres humanos somos creativos y curiosos por naturaleza. El sexo tiene una gran vertiente de exploración y de conocimiento.

Por un lado, está la de la exploración de nosotros mismos. Cuando sentimos por primera vez la necesidad de masturbarnos, empezamos a conocer una parte de nosotros que hasta entonces nos era desconocida. Nos abrimos para descubrir aquello que nos provoca, que nos excita o que simplemente nos tranquiliza. Establecemos una relación con nuestro cuerpo que va a ir evolucionando a lo largo de nuestras vidas, pero también una relación con nuestras mentes que nos va a enseñar cosas sobre nuestra personalidad que nos van a resultar útiles en muchas facetas de nuestras existencias más allá de la puramente sensual.

Cuando decidimos abrir nuestra sexualidad para compartirla con terceros ponemos en juego muchísimas más cosas de nosotros mismos.

Mantener relaciones sexuales con otras personas implica una desnudez que va mucho más allá de lo meramente físico.

Desnudamos nuestras inseguridades, desnudamos nuestros secretos, desnudamos nuestras necesidades y desnudamos nuestra vulnerabilidad.

El sexo es una de las experiencias más maravillosas que podemos tener durante el tiempo que nos permiten estar pisando este planeta. Por minutos rozamos una libertad que es muy difícil de conseguir de otras maneras. El sexo es expresión y creación. Aunque sea una creación muy efímera y muy volátil.

El sexo permite sacar lo mejor de nosotros mismos. La empatía ante las necesidades de los demás. El humor y la risa. La alegría momentánea. La solidaridad. La capacidad de acogimiento y el deseo de entrega.

No creo que sea casual el hecho de que la naturaleza nos permita crear vida a través del sexo porque en sí mismo, el sexo ya es pura vida. Es más incluso, es una gran celebración de la vida.

Por eso me parece tan horrible la suciedad mental que nos han ido metido dentro de las cabezas desde el principio de los tiempos.

La culpabilidad católica, la perversión de aquellos que encuentran en el daño y el sometimiento enfermizos el placer. El miedo, la ansiedad o la vergüenza.

Todas ideas retorcidas que nos han intentado inculcar como buenas y decentes para entrometerse en un lugar al que nunca han estado invitados a entrar y en el que jamás deberían haber estado presentes.

Sostengo la teoría de que hay algo de premeditado en todo esto:

Si el sexo es libertad, habría que plantearse a quien no le interesa que todos los seres humanos podamos ser libres.

Si el sexo es felicidad, tendremos que pensar si hay quienes hacen negocio o adquieren poder con nuestra infelicidad.

Si el sexo es entrega y solidaridad, resulta evidente que hay estamentos para los que tradicionalmente los lazos de unión entre las personas han sido un peligro al que debían hacer frente con todas sus fuerzas.

Han ensuciado el sexo. Lo han demonizado y lo han cargado de culpabilidad y miedo. Lo han retorcido y lo han empaquetado en películas cutres para comercializarlo barato. Han puesto una pistola de hambre y supervivencia en las sienes de personas vulnerables y les han obligado a venderlo. Han intentado corromper y destrozar nuestra sexualidad con todas las herramientas que han encontrado y lo han hecho con todas sus fuerzas y, además, han puesto en ello todo su empeño.

Si solo consiguiéramos hacer una reflexión. Si pudiésemos detectar toda la basura que han dejado metida, generación tras generación, dentro de nuestras cabezas y si nos decidiésemos de una vez por todas a limpiarla, entonces seríamos más libres y mucho más felices.

A mí me cuesta mucho pensar cómo podrían existir tantas injusticias en un mundo lleno de personas libres y felices.

Solo tenemos una vida, deberíamos exprimirla y salir de ella cargados de cosas buenas y positivas. Deberíamos luchar también por vivir una sexualidad sana y placentera. Deberíamos reivindicar nuestra libertad y nuestro placer como un derecho fundamental que nadie pueda robarnos.

No hay Manadas, no hay agresiones y no hay mierda en un sexo sano de personas que tienen las mentes sanas. Solo hay placer, libertad y vida.

¡Mucha vida!


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