Sonambulismo deformativo

Por Jesús Ausín

Es noche cerrada. La luna extiende la fría escarcha sobre unas calles de barro helado que brilla como si estuvieran extendiendo azúcar sobre el permafrost ocasional.

Como casi todas las noches, la familia de Eduvigis deambula por la casa fruto del sonambulismo que padecen. Todos salvo ella, (su padre, su madre y sus dos hermanos), en un caso poco corriente, se pasan alrededor de media hora del sueño profundo, en la mitad de la noche, de allá para acá de la casa, haciendo cosas como zurcir calcetines, afilar cuchillos o jugar con la peonza. Su padre llegó en una ocasión a uncir los bueyes y enganchar el carro. Se despertó camino de la vega sobresaltado y sin saber como había llegado allí en mitad de una noche oscura de verano.

La pobre Eduvigis no gana para sobresaltos. Algunos días ni se entera de lo que hace su familia en la oscuridad de la noche. Otros, sus hermanos se ponen a rodar el aro sobre el cemento del portal o tiran la peonza. Entonces escucha los ruidos y no puede hacer otra cosa que levantarse y esperar a que vuelvan a la cama mientras les vigila por si se les ocurriera hacer alguna barrabasada. La mayor parte de los días solo son los pequeños los que padecen este trastorno. Los días en los que ha habido fiesta, su padre suele acompañar a los hijos en la “juerga” nocturna. En su madre es más raro el trastorno y es la única que se levanta y hace cosas en silencio.

Hoy los ruidos han empezado sobre las dos de la mañana. Ayer tarde hubo celebración. Se casa una prima y tanto su padre como su madre estuvieron celebrándolo con todos sus tíos y primos. Eduvigis se ha levantado sobresaltada. A su padre y a su madre les ha dado por mover el aparador donde guardan los platos en la cocina. Sus hermanos, sin embargo, hoy se han quedado incorporados en la cama, sin moverse ni hacer ningún ruido. Al subir de nuevo a la habitación, un resplandor extraño que iluminaba la oscuridad le ha llamado la atención. Ha pegado la cara al cristal y ha visto una fuerte luminosidad amarillenta que sale del otro lado de la calle. El humo que asciende desde las tejas deja claro que la cuadra está ardiendo. Baja corriendo al portal a buscar la llave de casa. Y la de la cuadra. Pero ninguna de las dos están en su sitio. Su padre o su madre deben de haberlas cogido. Se acerca a ellos. Ahora están sentados en el poyete del hogar. A la luz de las ascuas del lar, su madre cose un botón a una camisa y su padre repasa la navaja sobre un trozo de cuero estirado. No ve las llaves encima de la mesa y tampoco sobre el aparador que acaban de arrastrar apenas unos centímetros. Por las ventanas de la casa no puede salir porque tienen rejas. Si vuelve a subir y se descuelga por el balcón de la habitación de sus padres, llegará a la calle sin dificultad. Pero sin llave para entrar en la cuadra, ¿cómo entrar para apagar el fuego que ahora ya despunta entre las tejas?

La impotencia se apodera de Eduvigis. Llora desconsoladamente. Se les está quemando la cuadra, con los animales dentro y no solo no puede hacer nada para evitarlo sino que sus padres ni siquiera se están enterando. Aunque siempre le han dicho que no debe despertarlos, no le queda otra opción. De lo contrario, el fuego puede acabar con toda la manzana. Se le ocurre mojar el paño de la cocina en agua fría de la tinaja de la despensa y frotarle con ella la sien de su padre. Quizá el cambio brusco de temperatura, le despierte. Le acerca el trapo frío y su padre se revuelve con violencia. Se despierta pero no sabe dónde está. Ahora despierta a su madre de la misma forma. También se revuelve contra ella. Ambos están confundidos. Pasados unos eternos tres minutos, parece que han vuelto a la realidad. Eduvigis les cuenta agitada y entre lágrimas y sollozos que se está quemando la cuadra y que no encuentra la llave para poder salir de casa. Su padre se dirige al clavo donde debería estar colgada pero allí no hay ninguna llave. Desconoce que ha hecho con ellas. Solo se les ocurre abrir las ventanas y gritar socorro en espera de que alguno de los vecinos se despierte y acuda en su ayuda.

A la mañana siguiente, aún humean los rescoldos de las vigas de la cuadra. Los vecinos han logrado contener el fuego y salvar a casi todos los animales. Solo dos cabras resultaron muertas. En casa de Eduvigis la desolación se ha apoderado de la familia. La imagen del portillo superior reventado por una maza, es el paradigma de lo sufrido. La impotencia de ver como el fuego iba consumiendo poco a poco la boyera sin que sus padres se enterasen de nada, es algo que Eduvigis tardará en olvidar.

 


Sonambulismo deformativo

“Si miras cualquier tipo de organización moderna y piensas ‘¿Cuál es el instrumento de poder más potente?’, verás que es la información”.
Ricardo Semler, empresario brasileño.

“Si puedes controlar la información, puede controlar a la gente”.
Tom Clancy, escritor.

Hace algún tiempo que no veo noticiarios en televisión. Todos los profesionales hablan del peligro de las Fake News en las redes sociales, pero casi ninguno levanta la voz contra la manipulación sistemática que de la actualidad hacen las televisiones, la radio, toda la prensa de papel y la mayor parte de los diarios que ahora llaman digitales.

Manipular no solo consiste en dar noticias falsas. Manipular es silenciar aquello que no conviene a los intereses de dios sabe quién y centrar en foco en aquello otro que sí interesa. Manipular es sesgar la información ocultado alguno de los hechos sucedidos y darles “forma” a los que sí se cuentan. Decir que uno está informando cuando en realidad lo que está haciendo es contar la feria conforme le interesa, es decir, añadiendo opiniones subjetivas a lo que se quiere contar como sucedido, es la forma más rastrera de manipular.

Si fuéramos un pelín inteligentes, nos daríamos cuenta de lo que de verdad nos influye en el día a día de nuestras vidas. Nos daríamos cuenta de que ni Maduro, ni Puigdemont forman parte de nuestro problema.

No es lo mismo decir que “Anoche, un intenso fuego destruyó la cuadra de los Vázquez, mientras dormían” que contar “Anoche, mientras Estanislao Vázquez y su mujer dormían la borrachera de la celebración de la boda de su sobrina, dejaron que la cuadra sucumbiera bajo el pasto de las llamas”.

No es lo mismo decir “En Colombia, mientras los convoyes aparcados junto a la frontera de Venezuela esperaban para ser repartidos entre la población venezolana, uno de ellos, ha ardido” que contar que “En Venezuela, el ejército de Maduro le prende fuego a la ayuda humanitaria para evitar su reparto entre los ciudadanos venezolanos que se mueren de hambre”. Porque ni podemos estar seguros de que lo que esperaba en la frontera entre Colombia y Venezuela fuera ayuda humanitaria, ni tampoco sabemos quién es el autor del incendio (y tal y como están las cosas, me cuesta creer que militares venezolanos deambulen por Colombia como Pedro por su casa) y por supuesto si los convoyes están en territorio colombiano, no es Venezuela donde arden sino en Colombia.

Mientras nos cuentan las maldades de Maduro, hay un silencio informativo sobre lo que está sucediendo en Haití, un estado fallido en el que el hambre, los saqueos y la violencia ha llegado a un grado de degeneración que debería ser portada de todos los noticiarios y titular en todos los periódicos. Uno puede pensar que en Haití, donde militares y comisionistas de los Estados Unidos hicieron fortuna con la ayuda humanitaria enviada después del terrible terremoto, el gobierno títere que no controla ni la policía, ni las instituciones del Estado, no es un peligro para el imperio y de ahí el silencio informativo que la prensa, sobre todo española, está ejerciendo. O que Haití tampoco tiene petróleo ni cualquier otro recurso natural considerable con el que se pueda especular. Pero cualquiera de estas dos aseveraciones solo serían consideraciones subjetivas que carecen de la veracidad contrastada para ser considerada información.

De igual forma, mientras los medios criminalizan Venezuela, olvidan que el 26,9 % de los colombianos están en lo que ellos llaman pobreza monetaria. Colombia es un país con un índice de corrupción extremadamente alto. La corrupción le cuesta a Colombia un Billón de pesos a la semana. El 30 % de las autoridades colombianas están manchadas por la necrosis del dinero negro, así como el 23 % de los miembros de corporaciones y/o empresas privadas. Colombia sigue siendo el principal proveedor de droga en los Estados Unidos. Ahora los traficantes no son como Pablo Escobar. Ahora ya no se comportan ni viven como mafiosos, pero siguen comportándose como mafiosos. ¿Por qué estando Colombia en el mismo sitio geográfico que Venezuela, con una situación de extremada pobreza, los medios no cuentan las condiciones de vida del país de la coca y si se centran exclusivamente en las de Venezuela? ¿Tiene algo que ver que en Colombia el gobierno siga las mismas recetas que han empobrecido a Europa y sobre todo que es un fiel servidor del los Estados Unidos y que en Venezuela, el gobierno se haya declarado enemigo del hijoputismo especulativo?

Comunidades indígenas de La Guajira (Colombia) padecen crisis humanitaria por falta de agua y alimentos.

El pasado mes de diciembre una jovencísima mujer de apenas 16 años Greta Thumberg, con un discurso memorable en la Cumbre Climática de Katowice, consiguió crear un movimiento estudiantil en toda Europa que, en España al no tratarse de Venezuela o Cataluña, ha pasado desapercibido a los medios. El movimiento estudiantil plantea una seria necesidad de replantearse el futuro que se resume en la siguiente premisa, ¿para qué estudiar si en un futuro cercano, no va a haber tierra habitable? En los próximos días, quizá en algún noticiario le dediquen diez segundos entre el tiempo y los deportes. Ahora que parece que el movimiento llega a España, igual el periódico global le dedica un cuadrado de cinco por cinco entre los anuncios del BBVA o del Santander.

Quizá penséis, queridos lectores, que estos casos solo son anecdóticos. Pero el silencio informativo y la manipulación constante es un serio problema en nuestro país. Es más, para darse cuenta de la envergadura de lo que supone, la cadena de noticias RT, (Televisión Rusa en castellano) que informa de forma diferente a lo que estamos acostumbrados, ha sido vetada por la compañía Orange, que desde hace unas semanas ha dejado de emitir dicho canal. Seguramente aducirán falta de audiencia, pero me temo que tienen canales como el de flamenco o Arte TV, que tienen bastante menos seguidores que la televisión rusa. El problema está en la forma “diferente” de contar las cosas. Y no olvidemos que al igual que Bolsonaro o Trump deben su triunfo a la manipulación informativa a través de las redes sociales, en España, VOX está siendo aupado a base de estar constantemente blanqueado en la televisión.

Porque de lo que se trata con este silencio informativo selectivo, con esa forma de tratar la información de lo que sucede en España y en el mundo, es de uniformar la opinión de la calle. Que nadie pueda ser crítico con la coyuntura que nos ha tocado vivir. Mientras se reparten minutos de TV y páginas y páginas de periódicos subvencionados centrando la actualidad en Venezuela o en Cataluña, nos olvidamos que Venezuela se encuentra a 7000 kilómetros, que sus problemas nos pueden afectar humanamente pero que carecen de entidad para ser un problema doméstico y condicionar nuestras vidas. Mientras centramos el pensamiento en la ya eterna lucha entre el nacionalismo español y los que creemos que votar es la única solución, dejamos de tener en mente que la fecha que nos han dado para hacernos la resonancia en la rodilla es para dentro de ocho meses y que, o te vas de pago, o estarás un año sin poder andar. O quizá te quedes cojo para siempre. Mientras nos entretenemos con las eternas disputas de los programas del orto en el que nunca hay gente que piense diferente sino el mismo pensamiento con matices, en los que, en lugar de silenciar el fascismo se les invita para que puedan soltar sus soflamas, te olvidas que ayer estuviste en el hospital de zona desde las doce la mañana hasta las nueve de la noche esperando a que la ambulancia que pagas con tus impuestos te devolviera a casa. Mientras centran el discurso en el fascismo y dan voz y luz a indeseables como Arcadi, Abascal o Smith, te olvidas que tienes cuarenta y cinco años, que estás parado y que no vas a encontrar trabajo en lo que te queda de vida.

La desinformación que padecemos en una coyuntura en lo que todo es inmediato, es el mejor arma de destrucción que han inventado contra el asociacionismo, la reivindicación y la lucha por los servicios públicos.

Si fuéramos un pelín inteligentes, nos daríamos cuenta de lo que de verdad nos influye en el día a día de nuestras vidas. Nos daríamos cuenta de que ni Maduro, ni Puigdemont forman parte de nuestro problema. Que nuestros problemas son las esperas interminables para que te vea el especialista, las esperas interminables para que te operen, las horas que le tienes que meter al trabajo para poder llevar al día 20 de cada mes. La imposibilidad de poner la calefacción tanto como necesites porque no puedes pagar el recibo de la luz o el gas. Que no puedes comer lo que quieras, o peor, lo que debas para no estar enfermo, porque no te lo puedes permitir. Que tienes dos hijos que podrían estar en la universidad y no lo están porque no dispones de los cinco mil euros anuales que cuestan las matrículas. O que tienes que desembolsar dieciocho mil euros al año para que tu hijo estudie lo que quiere porque en la pública no hay plazas. Que tienes cuarenta años y ya no vas a volver a trabajar en tu vida porque el trabajo se ha vuelto inestable, ocasional y solo para aprendices. Que estás pagando una deuda pública del estado que en sus 2/3 ha sido contraída por unos sinvergüenzas que están acorralados por la corrupción pero con el riñón bien cubierto en Suiza, Panamá o Gibraltar.

Nos daríamos cuenta que el fascismo no supone ninguna ruptura del sistema actual porque sus métodos son los mismos que los de este hijoputismo especulativo y porque detrás están los mismos que hasta ahora apostaban por el azucarillo y la brida bien sujeta. Que ningún cantamañanas de VOX va a mejorarte nada en tu día a día. Al contrario. El miedo se apoderará de ti, como ya ocurrió en la Alemania de los años treinta (aquí lo cuenta estupendamente Alberto Vila) y que esta gentuza solo empeorará tu día a día. Que incluso tu vida corre peligro.

Apaga los deformativos televisivos y despertarás del sonambulismo en el que te encuentras. Entonces, quizá puedas ver la realidad de lo que te rodea.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.


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