El silencio de la izquierda andaluza ante las preguntas sobre feminismo

Existe una creciente dificultad para debatir sobre feminismo desde posiciones críticas con determinados dogmas ideológicos.

Por Isabel Durán Báez | 14/05/2026

En los últimos días trasladé a distintos representantes y candidaturas de la izquierda una serie de preguntas relacionadas con el feminismo y la llamada agenda feminista. Preguntas claras, directas y centradas en cuestiones que afectan a las mujeres: prostitución, pornografía, vientres de alquiler, violencia sexual, borrado jurídico de la categoría mujer o las consecuencias de determinadas políticas identitarias sobre los derechos conquistados por el feminismo.

Sin embargo, la respuesta general no ha sido el debate, ni la argumentación, ni siquiera la discrepancia abierta. La respuesta ha sido, en la mayoría de los casos, el silencio.

Un silencio especialmente llamativo porque buena parte de la izquierda ha convertido el feminismo en una de sus principales banderas políticas y discursivas. Resulta difícil entender que, cuando se plantean preguntas concretas sobre asuntos fundamentales, muchos representantes públicos opten por evitar responder.

No se trataba de preguntas personales ni de ataques partidistas. Eran cuestiones políticas sobre políticas públicas. Preguntas legítimas que cualquier sociedad democrática debería poder discutir sin miedo y sin evasivas.

La única candidatura que respondió fue Nación Andaluza, a través de su candidata. No obstante, las respuestas ofrecidas tampoco abordaron de forma concreta las cuestiones planteadas inicialmente. Se respondió de manera general, derivando hacia otros asuntos y evitando entrar en el fondo de las preguntas formuladas.

Y eso, precisamente, es parte del problema actual.

Existe una creciente dificultad para debatir sobre feminismo desde posiciones críticas con determinados dogmas ideológicos. En demasiadas ocasiones, cualquier cuestionamiento de la agenda dominante es interpretado como una provocación o directamente silenciado. Se sustituye el debate por consignas, y la reflexión por respuestas prefabricadas.

Mientras tanto, cuestiones extremadamente graves siguen avanzando sin apenas discusión pública real: la normalización de la explotación sexual bajo discursos de “libre elección”, la expansión de la pornografía como modelo cultural para menores, los conflictos entre la autodeterminación de género y los espacios y derechos basados en el sexo, o la mercantilización reproductiva a través de los vientres de alquiler.

El feminismo no debería convertirse en un espacio donde determinadas preguntas estén prohibidas. Al contrario: un movimiento político y social fuerte debería poder responder, argumentar y confrontar ideas sin recurrir al silencio.

Porque cuando quienes hacen del feminismo su principal discurso público evitan responder preguntas incómodas sobre él, la sensación que queda es preocupante: que existe más interés en proteger un relato que en defender realmente los derechos de las mujeres.

Y quizá ahí reside una de las grandes contradicciones de parte de la izquierda actual: hablar constantemente en nombre del feminismo, pero mostrarse incapaz de debatir abiertamente sobre sus consecuencias, sus límites o sus incoherencias.

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