El segundo adiós de Gohar: obligado a abandonar Armenia tras perder Nagorno-Karabaj

Gohar Aleksanyan abandona Armenia.Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Tras los recortes a la ayuda de Armenia a los armenios de Nagorno-Karabaj, Gohar Aleksanyan, de 45 años, se dio cuenta de que tenía que abandonar su hogar otra vez.

Por Rima Grigoryan y Siranush Sargsyan | 24/12/2025

Cuando la primera explosión sacudió Stepanakert el 19 de septiembre de 2023, Gohar Aleksanyan salía del salón de belleza con las pestañas y las uñas recién hechas. Se preparaba para la boda de su sobrina al día siguiente. En esos frenéticos segundos, mientras corría a refugiarse, su primer pensamiento fue la vergüenza: ¿cómo podía explicar, o justificar, correr por la ciudad con maquillaje, huyendo para salvar su vida?

Aleksanyan, de 45 años, es uno de los 120.000 armenios desplazados de Nagorno-Karabaj por el asalto a gran escala de Azerbaiyán, que siguió a un bloqueo de casi diez meses de la región.

Dos años después, Aleksanyan vive ahora como madre soltera en Ereván, la capital de Armenia, en un apartamento alquilado donde viven cuatro generaciones de su familia: su abuela de 96 años, sus padres jubilados y sus dos hijas. Tras haber perdido su hogar y su patria, al menos están físicamente seguros en Ereván. Pero esta sensación de seguridad es fugaz. Incapaz de llegar a fin de mes, Aleksanyan se prepara para partir de nuevo, esta vez a Rusia. Allí, espera encontrar trabajo para mantener a su familia: «Tengo que irme», dice en voz baja.

Tras su desplazamiento, regresar a la música fue difícil. En Nagorno-Karabaj, la carrera de Aleksanyan se extendió durante décadas, un camino natural dado que creció en una familia de músicos: su padre clarinetista y su madre pianista. Incluso su abuelo enseñó y tocó el tar, el instrumento de cuerda tradicional de la región. Aleksanyan y sus dos hermanas cantaron juntas desde la infancia, y de adulta, actuó con el conjunto de la Escuela de Música Komitas.

Aleksanyan, como todos en la región, fue testigo de múltiples guerras y creció con historias de violencia. Sin embargo, la música siempre había impregnado su vida; los años alejados de los escenarios solo llegaron después del matrimonio y la maternidad. Pero su nuevo exilio lo ha cambiado todo.

Gohar Aleksanyan se prepara para abandonar Armenia. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

«Cuando pierdes tu patria y a tanta gente, es casi cruel esperar que un artista siga creando», dice. «Un pintor, quizá, podría simplemente pintar en silencio. Pero como cantante, debes actuar, incluso en el duelo. Fue demasiado. Muchos cantantes simplemente dejaron de cantar».

Pero la demanda de arte puede ser irresistible. Poco a poco, el deber la atrajo de vuelta. Invitada a los homenajes a los jóvenes soldados caídos en la última guerra, Aleksanyan no pudo negarse.

«Sabía lo que esas familias habían perdido», recuerda. «¿Cómo podía negarme? Aunque dudara de tener la fuerza suficiente para cantar, les debía intentarlo».

El regreso institucional de Aleksanyan a la música comenzó en Dizak Art, una organización cultural de Ereván creada para preservar el rico patrimonio de Nagorno-Karabaj. Fundado por Yerazik Avanesyan, el centro ofrece a los niños desplazados por la guerra un espacio para reconectar con su identidad a través de la música, el teatro, la pintura y la danza. Allí, Aleksanyan comenzó a formar a jóvenes cantantes en interpretación pop.

«Trabajar con ellos fue como volver a Artsaj [Nagorno-Karabaj]», dice. «Todos hablaban en dialecto. Nos sentíamos como una gran familia».

En su último ensayo con los niños, Aleksanyan cantó ‘Smile’, el clásico escrito por Charlie Chaplin.

Gohar Aleksanyan trabajando con un estudiante de Dizak Art. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Los años en Nagorno-Karabaj estuvieron marcados por guerras, con breves pausas entre ellas. Guerras, bloqueos, desplazamientos y las penurias que los acompañaban hicieron que Aleksanyan cantara sobre «Vida y guerra», pero el momento de cantar su música favorita nunca llegaba; siempre parecía posponerse.

Ahora, preparándose para irse de Armenia, Aleksanyan lucha con la idea de separarse de sus estudiantes. El trabajo, explica, era casi voluntario, ya que la financiación del centro nunca cubría los gastos básicos. Aceptó trabajos adicionales, incluyendo el cuidado de niños, pero como único sostén de su familia multigeneracional, ya no podía llegar a fin de mes. Cuando el gobierno armenio recortó los subsidios de alquiler para las familias desplazadas en abril, se dio cuenta de que se había quedado sin opciones y tendría que irse, una decisión forzada que muchas otras familias desplazadas también están tomando.

Hasta el 15 de noviembre, alrededor de 15.600 armenios desplazados de Nagorno-Karabaj ya habían abandonado Armenia, obligados a mudarse nuevamente por las crecientes dificultades, la disminución de los recursos y los recortes del gobierno al apoyo a la vivienda, confirmó el Servicio de Seguridad Nacional en respuesta a nuestra consulta.

Tras dejar Armenia, Aleksanyan planea unirse al estudio de música de su hermana en Kislovodsk, Rusia, donde espera seguir actuando y enseñando. Intenta consolarse pensando que la comunidad armenia allí es fuerte y acogedora, y que entre sus futuros alumnos habrá niños tanto armenios como rusos.

«También les enseñaré canciones y tradiciones armenias», dice con una leve sonrisa, como si bromeara sobre el sentimiento de culpa que le produce tener que abandonar su patria una vez más.

Gohar Aleksanyan cantando. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Para prepararse para un futuro más estable, Aleksanyan no se ha basado únicamente en la música. Antes de irse de Ereván, se formó en el arte de las cejas a través de programas benéficos.

«Es un trabajo para días difíciles», dice riendo, describiéndolo como otra forma de arte que ha llegado a amar. Pero después de perder tanto, admite, su sentido de la creatividad ahora está ligado a la supervivencia.

«Los artistas no deberían tener que pensar tanto en el dinero», dice. «Pero cuando empiezas de cero, es lo único en lo que puedes pensar».

Antes de partir, Aleksanyan se despidió de sus seres queridos y amigos. Una de las despedidas más significativas tuvo lugar en el Cementerio Militar Conmemorativo de Yerablur en Ereván, donde se reunió con su mentora y amiga, Marine Mesropyan, directora del coro Mrakats en Nagorno-Karabaj. Para Aleksanyan, la elección del lugar no es casualidad. Yerablur (que significa tres colinas), dice, es sagrado para ella y para muchos otros que perdieron a sus seres queridos en las guerras.

Gohar Aleksanyan con su amiga Marine Mesropyan en Yerablur. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Mesropyan visita el cementerio de la colina todos los días, sentándose en silencio ante la tumba de su hijo, Narek Mesropyan, un médico y músico asesinado en la Segunda Guerra de Nagorno-Karabaj en 2020.

«Me pareció bien despedirme aquí», dice Aleksanyan en voz baja. «Para agradecerle a Narek por la vida que luchó por proteger, por los tres años que aún pudimos vivir en Artsaj».

«Éramos la familia más feliz», dice Mesropyan. «Y nos convertimos en la más triste».

Fue ella quien, después de años de pausa, convenció a Aleksanyan de volver a la música.

Gohar Aleksanyan con su amiga Marine Mesropyan en Yerablur. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Antes de partir de nuevo, Aleksanyan reúne a familiares y amigos en su apartamento de Ereván, entre ellos vecinos de Stepanakert y de su pueblo ancestral, Yemishjan. La ocasión es el cumpleaños de su abuela Raya, de 96 años, pero también una despedida. Para muchos que ya han vivido un exilio, estos momentos son raras oportunidades para sentir un rastro de la comunidad que perdieron.

Recuerdan las reuniones familiares del pasado en Nagorno-Karabaj, cuando las mesas rebosaban de comida casera y la noche terminaba entre canciones y bailes. Ahora, en este apartamento alquilado, intentan recrear la calidez de aquellas tardes, imaginando por un momento que están de vuelta en casa.

La abuela de Gohar Aleksanyan, Raya, celebra su 96 cumpleaños. Foto: Rima Grigoryan/Hetq.

Aleksanyan todavía extraña Nagorno-Karabaj, la ciudad de Stepanakert, donde vivió antes.

«No encuentro el aroma de mi hogar por ningún lado», dice. «Cuando digo «Artsaj», tengo que sujetarme el pecho, como si me doliera el corazón».

Nada, dice, se compara con lo que dejó atrás.

«Nunca quise ir a ningún otro sitio. París no se comparaba con Stepanakert. El mar más hermoso era el del río Karkar, y cada verano, cuando maduraban las moras, nos reuníamos para sacudir las ramas y recoger la fruta juntos», dice.

En Artsaj, todo estaba vivo: el verde, las colinas, las piedras. No hay nada igual en ningún lugar.

Su esperanza de regresar se está desvaneciendo, hasta cierto punto.

«Quizás sea imposible», dice, «pero aun así quiero creer. Si ese día llega, caminaré descalza desde las afueras de la ciudad hasta casa. Me acostaré, abrazaré la tierra y diré: ¡He vuelto!».

Cuando cierra los ojos, dice, Stepanakert aparece a lo lejos, brillando con luces que están fuera de su alcance, un recuerdo que quiere revivir desde dentro, con o sin uñas recién hechas. Pero por ahora tiene que irse.

Mientras escribía esta historia, el padre de Aleksanyan, Serj Aleksanyan, falleció en el exilio a los 71 años.


Este artículo fue publicado originalmente en armenio por Hetq. Se ha editado para mayor concisión y claridad.

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