El genocidio armenio no tuvo su juicio a las juntas ni sus juicios de Núremberg. La creación de la Turquía moderna, fundada sobre la sangre de armenios, griegos, asirios y otras minorías con absoluta impunidad, sentó las bases de nuevos crímenes.
Los líderes de las comunidades cristianas del norte de Siria describen con frecuencia los ataques tanto del ISIS como de las fuerzas turcas como una repetición de las masacres otomanas llevadas a cabo por motivos religiosos y nacionalistas, dirigidas contra armenios, griegos y asirios.
“Que el imperialismo y sus colaboradores en todo el mundo sepan que sus instituciones son blanco de nuestros héroes y serán destruidos. Mataremos y destruiremos porque ese es el único idioma entendido por los imperialistas”, pregonan en uno de sus comunicados el ASALA.
Mires donde mires, hay alguien que destruye al otro, creyéndose superior y con más derechos. Hay personas que son aniquiladas porque alguien piensa que deben serlo.
No tardamos en perdernos en aquel bosque de piedra, dando vueltas en torno a las lápidas de distintas etapas de la historia contemporánea, hasta que, de pronto, nos vemos rodeados por jachkars labrados en la edad media.
El cementerio de Khor Virap se me antojó un buen lugar para iniciarme en el singular culto a los muertos de los armenios, comenzando por pisar las lápidas, para que, según la tradición, puedan descansar en paz.
Armenia se encuentra entre la necesidad de estabilidad, la presión de actores internacionales y la persistencia de heridas abiertas. Este punto enfrenta al país a un dilema complejo en torno a cómo construir un futuro sin renegociar (o silenciar) su pasado.