«El nacimiento de Venus» de Sandro Botticelli: análisis de la obra

Por Susana Gómez Nuño

El nacimiento de Venus es una de las obras más conocidas de Botticelli. Se desconoce la fecha exacta en la que se pintó, aunque se cree que fue alrededor de 1485, utilizando la técnica de temple sobre lienzo. También se cree que fue un encargo de uno de los miembros de la familia Médici para decorar uno de sus palacios, aunque esta información no se ha llegado a confirmar. En la actualidad, la obra del maestro florentino se encuentra en la Galería de los Uffizi en la ciudad de Florencia, en Italia. 

Análisis formal de la obra

El esquema compositivo de esta pintura nos muestra, en el centro, a la diosa Venus desnuda sobre una concha en un mar con tonalidades verdosas. Su postura es la de la Venus púdica, con una mano sobre el pecho y otra sobre el sexo, que cubre, también, con su larga cabellera, dispuesta como ornamento erótico y que Boticcelli pinta con largos arabescos que rozan delicadamente el cuerpo curvilíneo de la diosa. Su pie derecho está algo más atrasado y levantado, y se apoya en su pierna izquierda, en una elegante pose inspirada en las antiguas estatuas helénicas, llamada contrapposto. Si observamos con detenimiento, podemos ver el tamaño antinatural de su cuello y la extraña forma en la que le cae el brazo izquierdo. Esto se debe al intento de Botticelli de realzar la silueta, la belleza y la armonía de Venus. Las tonalidades perladas de su piel nos recuerdan, también, al mármol de una escultura.

A la derecha, en la recortada y boscosa costa, podemos observar una figura femenina ataviada con una túnica floreada que representa a una de las Horas o Ninfas que simbolizan la primavera, la estación del renacer. Su vestimenta consiste en un traje blanco bordado de acianos, un cinturón de rosas en la cintura y una guirnalda de mirto en el cuello. Los ropajes tienen muchos pliegues que el autor pinta con estructuras llenas de líneas para otorgarles sensación de movimiento. Espera a la diosa en la orilla para cubrirla con un manto rojo floreado, que también ondea debido al viento. 

A la izquierda, aparecen Céfiro, el dios del viento del oeste, y Cloris, ninfa de la brisa y esposa de Céfiro, fundidos en un abrazo y rodeados de rosas blancas, la flores sagradas de Venus, creadas al mismo tiempo que la diosa. De acuerdo con la mitología, Céfiro secuestró a la ninfa Cloris, se enamoró de ella, y ella consintió en ser su esposa, así subió al rango de diosa. Ambos tienen alas, no por ser ángeles, sino porque viven en el cielo. Botticelli establece la diferencia entre la fortaleza de los dos tipos de viento, pintando en líneas blancas más marcadas el soplo de aire más fuerte de Céfiro. De esta forma, Venus puede desplazarse hacia la orilla, a la vez que el viento eleva  su cabello y hace ondular la túnica roja que la Hora de la Primavera tiene entre sus manos para cubrir la desnudez de la diosa.

El paisaje no recibe especial interés por parte de Botticelli, aunque se puede observar un pequeño bosque de naranjos en flor, que representaría al sagrado jardín de las Hespérides de la mitología griega. Tanto los naranjos como el laurel, también presente en la obra, están, a su vez, relacionados con la familia Médici. Botticelli representó las olas creando un patrón en forma de V, consiguiendo que se redujesen de tamaño en la distancia y se dispusieran más arremolinadas al acercarse a la concha.

Respecto a la iconografía de Venus, es probable que derivara de la clásica Venus Púdica. Los Médici estaban en posesión de una escultura del mismo tema: la Venus de Médici. Aparte de la interpretación clásica de El nacimiento de Venus, es evidente ver reflejado en la obra un homenaje a los Médici, que jugaron un importante papel en el arte italiano renacentista.

Una mirada general al conjunto de la obra nos indica que la pintura está bañada por un resplandor dorado en un mundo transformado por la belleza de Venus. El uso de colores claros y suaves, discretos y recatados como la propia diosa, contrastan con los fríos verdes y azules. La parte derecha del cuadro es algo oscura y sugiere, en cierto modo, que la presencia de la diosa llenará de luz esas zonas más sombrías.

Respecto a los valores plásticos predominantes, encontramos el uso de una perspectiva geométrica que da sensación de profundidad. Su análisis nos permite comprobar la adecuada dirección de Venus respecto a la línea central, siguiendo el aliento de los dioses, que transmite impresión de movimiento. El poder definidor y expresivo de la línea aparece con toda su fuerza dejando al color en un segundo plano. Los contornos del desnudo femenino, que se alza como protagonista de la obra, están trazados delicadamente y se animan con tonos nacarados. El efecto expresivo radica en la relación dialéctica que existe entre el dinamismo de las figuras secundarias y la inmovilidad de Venus, navegando majestuosamente hacia tierra.

En definitiva, nos encontramos con una obra de clara temática mitológica, cuya inspiración proviene de fuentes clásicas. En este caso, el tema deriva de la literatura homérica, concretamente de la obra La Metamorfosis de Ovidio. El pintor intenta recrear una pintura del pintor ateniense Apeles, descrita en una poesía de Angelo Poliziano. Sin embargo, Botticelli imprime su sello y le otorga a la diosa una expresión melancólica, impropia de la antigüedad y que también observamos en sus Madonnas, en un ejercicio neoplatónico de unificar elementos clásicos con el cristianismo, lo cual conforma un signo de identidad inequívoco del Renacimiento italiano.

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