El descrédito de la Europa Ilustrada: imperialismo y colonialismo

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Por Susana Gómez Nuño

A finales del siglo XIX, en la década de 1870, aprovechando las circunstancias económicas y con el pretexto de extender la cultura del hombre blanco, se inicia el imperialismo. Los países europeos más desarrollados (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, España, Portugal e Italia) se disputan el control de los territorios de África, Oceanía y Asia.

El colonialismo existente hasta el momento, perpetrado por los primeros colonizadores del continente americano, era mercantilista. Sin embargo, la independencia de Estados Unidos y de algunos países de América del Sur, así como la extensión del capitalismo, promueven un crecimiento de la riqueza basado en el librecambismo. Esto no significa que el colonialismo llegara a su fin, más bien al contrario, las potencias europeas entraron en competencia para incorporar y dominar territorios estratégicos fuera de sus fronteras.

Una confluencia de factores fueron los causantes del imperialismo. Entre ellos destacan los factores económicos, políticos, ideológicos, culturales y de motivación estratégica. El hecho de poseer colonias en determinados territorios era algo que dotaba de prestigio a las naciones y favorecía su orgullo patriótico.

Los grandes viajes de los exploradores abrieron nuevas rutas y descubrieron la geografía, la abundancia de recursos y las riquezas que escondía el continente africano. Se produjo, entonces, una expansión colonialista desde las costas africanas hacia el interior, para desgracia de los nativos, que vieron como su sistema de vida era aniquilado mediante la implantación de las nuevas estructuras coloniales europeas. Se inició, así, el expolio de las riquezas y la masacre de la población africana en aras de la expansión imperialista y el “loable” propósito de “civilizar” a los “salvajes africanos”.

Causas del imperialismo

Los empresarios europeos, que mediante la industrialización, habían obtenido abundantes beneficios, no podían invertir en su país, puesto que el carácter monopolista de sus empresas les impedía abaratar los precios. Por otro lado, los bajos salarios y la desigual distribución de la riqueza minaron el poder adquisitivo de las clases trabajadoras, lo que no favorecía la economía. Como salida a esta situación, la colocación del excedente de capital en las nuevas colonias y la apertura de nuevos mercados, allá donde casi no había competencia y la mano de obra y las materias primas eran de bajo coste, se consideraba una lucrativa solución. A riesgo de caer en la decadencia, el imperialismo se alzaba, así, como una necesidad acuciante para el progreso y la economía de las naciones.

Autores marxistas, como Lenin, opinaban que el imperialismo y el colonialismo eran el resultado del capitalismo monopolista y financiero, estableciendo una relación entre el imperialismo y la Primera Guerra Mundial. Conclusión contraria a la expuesta por los autores no marxistas que negaban las rivalidades entre las potencias imperialistas. 

Para los neomarxistas, el imperialismo refleja la crisis creciente del capitalismo que solo podía sobrevivir absorbiendo y explotando las regiones menos desarrolladas del mundo.

Las causas ideológicas y culturales, entre las que destacan el nacionalismo, que conllevó el reforzamiento de los Estados-nación y el surgimiento de un patriotismo conservador; los descubrimientos geográficos en el mundo; la expansión del cristianismo en las colonias; la superioridad del hombre blanco argumentada científicamente; el crecimiento demográfico europeo, que daba salida a un exceso de población y relajaba las tensiones sociales, y el factor tecnológico, que establecía, por una parte, la superioridad armamentística de los colonizadores, y, por otra, los nuevos transportes como el ferrocarril y el barco de vapor, que se hacían imprescindibles para transportar las riquezas extraídas en el continente africano, se consideran las principales causas del imperialismo. Por otro lado, la depresión económica de la década de 1870, dio lugar a nuevas políticas como el proteccionismo, la salvaguardia de riquezas y el carácter defensor del estado frente a otras naciones. Todo ello favoreció la expansión y el dominio de nuevos territorios y contribuyó a crear tensiones internacionales.

Las costas africanas descubiertas por los portugueses en el siglo XVI, servían como puntos de escala en el comercio con Asia y con América. Durante el siglo XVIII África se consideraba de interés por sus reservas de oro, marfil y esclavos. Cuando la esclavitud fue abolida, el interés de los europeos se dirigió hacia el interior del continente. Los grandes viajes de exploración y los descubrimientos realizados por personajes como el Dr. Livingstone o Henry Morton Stanley —este último con una reputación sanguinaria respecto a su trato con los nativos— fomentaron la expansión imperialista.

El reparto del pastel colonial por parte de Europa

El continente africano se convirtió así en un gran territorio lleno de riquezas por explotar, que originó tensiones entre las potencias europeas que se lo disputaban. Los dos núcleos de la parte mediterránea de África eran el Magreb bajo el dominio turco, y Egipto, bajo dominio inglés. Francia ocupó Argelia y Túnez, mientras que Italia ejercía su dominio sobre Libia. Alemania se estableció en el territorio de Tanganyka. Sudáfrica, con sus yacimientos de oro y diamantes, y poblada por nativos y bóers (descendientes de colonos holandeses) fue reclamada por Gran Bretaña, lo que provocó la guerra anglo-bóer de 1899-1902, que acabó con la paz de Vereeniging. Los bóers perdieron la guerra y fueron anexionados al Imperio británico. Aun así, parecían satisfechos con su nueva “Constitución liberal y con el hecho de haberse creado un frente común de blancos británicos y bóers contra la mayoría de color”2. Finalmente, Gran Bretaña logró consolidar el eje El Cairo-El Cabo que unía África de norte a sur, erigiéndose como la primera potencia imperial y colonial.

El Congo, recién descubierto, fue objeto de tensiones entre franceses y belgas que, finalmente, se lo repartieron. Justamente, el conflicto originado por la colonización del Congo provocó la celebración del Congreso de Berlín de 1884-1885, en el que se establecieron los acuerdos y las normas para el reparto del pastel colonial de África por parte de las principales potencias europeas. La iniciativa para la celebración de este congreso fue tomada por el rey Leopoldo II de Bélgica, con el canciller alemán Bismarck como anfitrión. Durante este congreso se determinó que los territorios pertenecerían a quien los ocupara de forma real y práctica, sin tener en cuenta razones históricas o quién los hubiera descubierto. Por otro lado, el Congreso reconoció el Estado Independiente del Congo como colonia personal del rey Leopoldo de Bélgica, la libertad comercial para todos en la cuenca del Congo y la libre navegación por este río y por el Níger.

Toda potencia que en lo sucesivo tome posesión de un territorio situado en la costa del continente africano, pero fuera de sus posesiones actuales, o que no poseyendo ninguno hasta entonces, llegase a adquirirlo, así como toda potencia que se haga cargo en aquélla de un protectorado, acompañará el Acta respectiva de una notificación dirigida a las restantes potencias firmantes de la presente Acta, con objeto de ponerlas en condiciones de hace valer sus reclamaciones, si hubiese lugar a ellas. Fragmento del Acta General del Congreso de Berlín.

Los enclaves estratégicos como puntos de control marítimo o puntos clave para entrar al interior de un territorio (Ciudad del Cabo); las colonias de explotación gestionadas directamente por la metrópoli, sin autonomía política y cuyo objetivo era el suministro de materias primas (Congo); las colonias de poblamiento con autogobierno y muchos inmigrantes europeos, y los protectorados, con políticas internas indígenas pero con el ejército y la política exterior controlada por la metrópoli (Egipto), fueron los diversos modelos de intervención colonial utilizados por el imperialismo.

Justificaciones del Imperialismo

Existía un factor de prestigio que otorgaba a las naciones poseedoras de territorios coloniales un papel importante como potencia, reconocido por las demás naciones. El factor cultural iba ligado al carácter de la grandeza nacional y justificaba la imposición de la lengua, las costumbres, las religión, los ideales y las leyes del país colonizador frente a las culturas africanas sometidas al desprecio más absoluto por considerarlas inferiores. De la mano del imperialismo iba también la expansión de la religión cristiana, que desplazó las creencias africanas. Irónicamente, el lado oscuro del imperialismo se hacía patente cuando las grandes naciones europeas sacaban a colación el lado “humanitario y civilizador” de la colonización respecto a los nativos africanos, considerando tan meritorio afán como un deber de la raza superior para con la inferior. Se justificaba la política intervencionista mediante el racismo imperante en la época, lo cual fue motivo de conflicto entre diferentes políticos. Mientras unos asumían la jerarquización de las razas y estaban realmente convencidos de que procuraban un bien a los pueblos “retrasados”, otros, lo veían como un abuso de poder en el nombre de un pretendido fin humanitario.

Cierto: el afán de llevar a los pueblos atrasados los adelantos de Occidente, su cultura, su religión generosa, su medicina, […] no explica por sí solo el hecho colonial […] Pero que el afán existió es indudable, y los Estados y las empresas se apresuraron a esgrimirlo como argumento […] El principio del sagrado deber de civilizar, hasta de la pesada carga del hombre blanco, que se ha impuesto a sí mismo, ese deber fue en casos un ideal, en otros un tópico del que el colonizador no pudo desligarse nunca del todo. José Luis Comellas. Los grandes imperios coloniales.

Se hace necesario destacar en este punto, las visiones opuestas entre colonizados y colonizadores. Mientras que para los primeros la opresión y los métodos violentos y extremadamente crueles de los colonizadores les despojaron de su modo de vida. Para los segundos, todo estaba justificado por el beneficio económico obtenido y legitimado por los gobiernos de las metrópolis, aun a coste de un elevado número de vidas de la llamada raza “inferior”, idealizándose, hipócritamente, la supremacía del hombre blanco como la mano que traía el progreso y la felicidad a los nativos africanos.

Consecuencias del imperialismo en Europa y África

Para las metrópolis europeas, las consecuencias económicas se tradujeron en la obtención de materias primas y mano de obra barata, el establecimiento de nuevos mercados y un impulso a la industrialización. También se alivió la presión demográfica y con ello, las tensiones sociales. En la vertiente política, los conflictos y tensiones territoriales entre los países europeos a causa del control de las colonias sentaron las bases para el inicio de la Primera Guerra Mundial. En el aspecto cultural, a pesar de que en apariencia las colonias no eran motivo de preocupación ni de gran interés para la población europea, sí que se aprecia una cierta fascinación por lo exótico y la aventura, que se vio reflejada en la decoración, el arte y la literatura de la época.

Los desequilibrios entre población y recursos, las fronteras artificiales que agrupaban en un mismo territorio a tribus enemigas o con diferentes culturas, el sentimiento antiimperialista que generaba una población nativa diezmada, sometida, explotada y marginada por los colonizadores, la pérdida de su lengua, costumbres y creencias, en definitiva, de su identidad cultural, las transformaciones sociales que desplazaban las estructuras tribales mientras se imponían las nuevas clases sociales, la alteración del medio ambiente y los cambios en el paisaje provocados por la deforestación y el cultivo de nuevas plantaciones, la construcción de las infraestructuras necesarias para mejorar el transporte de las mercancías y otras instalaciones, así como la llegada de bienes manufacturados fueron las consecuencias principales del imperialismo para los nativos africanos.


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