El motín de los Gatos: tensión política y crisis de subsistencia en 1699

En el año 1699 se dio una de las periódicas crisis de subsistencias, propias de las economías preindustriales, y que se mostraban a través de la escasez de alimentos

Por Eduardo Montagut | 27/04/2026

El motín de los gatos fue un episodio acontecido en 1699 en Madrid y que unió las típicas características de un motín de subsistencias del Antiguo Régimen con otras de alto contenido político.

En la primavera de 1699, la Villa y Corte era escenario del final de un drama, de la vida y reinado de Carlos II, el último monarca de la Casa de Austria, que no tenía descendencia. Las distintas potencias maniobraban en Europa y en Madrid para organizar el futuro de la Monarquía Hispánica. En este sentido, el rey Luis XIV era el más activo. En Madrid se habían formado dos partidos o bandos, que pretendía influir en la voluntad de un rey debilitado para que nombrase sucesor. Uno de los partidos jugaba la baza borbónica, la del nieto del rey sol, el duque de Anjou. Este bando, a pesar de los conflictos y guerras con Versalles y de las abusivas formas de proceder de Luis XIV, era el más poderoso, y contaba con muchos adeptos en los entresijos del poder. En este sentido, el duque de Harcourt, a la sazón embajador en Madrid, sabía moverse perfectamente en la Corte madrileña y había conseguido el apoyo del cardenal Portocarrero, arzobispo de Toledo, de Manuel de Arias, arzobispo de Sevilla, el marqués de Mancera y al padre Matilla, confesor real, figura muy importante en todos los momentos del Antiguo Régimen por su proximidad a los reyes. También contaba con Francisco Ronquillo, una figura muy popular en las calles madrileñas.

El otro bando apostaba por la sucesión dentro de la familia de los Habsburgo. Su candidato era el archiduque Carlos, segundo hijo del emperador de Alemania. Este partido no sólo argumentaba que la sucesión debía recaer en un miembro directo de la familia sino, sobre todo, en que no se podía dar el trono de la Monarquía Hispánica a un heredero de su principal enemigo desde los tiempos de Felipe IV, y que tantos territorios había arrebatado y tantas humillaciones había provocado. Aunque eran dos argumentos muy poderosos, especialmente el segundo, e incontestable, los proimperiales no eran muy fuertes en la Corte. Esto era debido a la fama de los alemanes que habían llegado con Mariana de Neoburgo y que se habían hecho muy impopulares, especialmente Wiser, tesorero privado de la reina y la baronesa Von Berlips, camarera mayor, y que fueron apodados el Cojo y la Perdiz por el pueblo madrileño. El embajador imperial, el conde Harrach, tampoco fue muy diligente y no se significó por sus dotes diplomáticas con la propia reina a la que exigía sin miramientos que influyera en su esposo. Estas torpezas habían llegado a provocar el destierro de la Corte de importantes personajes de la causa austriaca, como el conde de Monterrey, el almirante de Castilla y el marqués de Leganés.

Esta era la situación en aquel año de 1699, es decir, dos bandos luchando por influir en el ánimo real pero con clara preponderancia del partido francés. Solamente quedaba fuera de su influencia la figura del conde de Oropesa, personaje fundamental en la Corte, ya que ostentaba el cargo de presidente del Consejo de Castilla y actuaba como valido del gobierno de la Monarquía Hispánica. Sin lugar a dudas, estaríamos hablando de uno de los gobernantes más capacitados del final del siglo XVII español a pesar de su avanzada edad. Oropesa no se inclinaba por ninguno de los dos lados. Además, había apostado por una especie de tercera vía, la del candidato bávaro, José Fernando de Baviera, pero como murió aquel proyecto se desvaneció. Entonces el bando francés intentó atraerlo pero el viejo Oropesa no se dejó seducir. Así pues había que eliminarlo. Aquí encontraremos una de las raíces del motín que intentamos estudiar en este artículo.

El bando francés encontró un punto débil para atacar a Oropesa y derribarlo del poder, y ese no era otro que el de su mujer. La condesa era un personaje que había intentado aprovechar la posición de su marido para enriquecerse. Había acaparado grandes cantidades de grano y de aceite para especular con sus precios y ganar una fortuna. En el año 1699 se dio una de las periódicas crisis de subsistencias, propias de las economías preindustriales, y que se mostraban a través de la escasez de alimentos. Madrid vio desde los inicios del año una clara disminución de ambos productos con el consiguiente aumento de los precios. Por la Villa corrió el rumor de que el desabastecimiento no era causa de la crisis económica sino del acaparamiento que algunos personajes poderosos habían hecho de los dos productos básicos. La condesa de Oropesa era una de las personas que andaban en boca de los que propagaban los rumores. Aparecieron pasquines que denunciaban al valido y a otros personajes, que se habían distinguido por la causa de los Austrias. De los rumores a los pasquines se pasó al típico grito de los motines de subsistencia: “¡Viva el rey y muera el mal gobierno!”.

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